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| 7/3/1989 12:00:00 AM

LA DESPENSA SAQUEADA

El país más fértil del Cono Sur es convulsionado por el hambre y los saqueos.

La semana pasada a muchos habitantes de Buenos Aires se les encogió el corazón cuando descubrieron que vivían en un país tercermundista que jamás habían imaginado. Las imágenes de televisión les presentaron a cientos de saqueadores de la ciudad de Rosario, la tercera del país: hombres, mujeres, jóvenes y viejos que se abalanzaban con desesperación sobre latas de comida y atacaban a la policia con todo lo que tenían a mano, sus rostros marcados por la expresión del hambre. Para mayor preocupación de los sectores acomodados --cada vez más escasos--, los saqueos se extendieron a otras zonas del país, incluso a Buenos Aires, donde los barrios populosos como el de Once y la calle Corrientes fueron testigos de escenas sin precedentes.

Sin embargo, muy pocos observadores se sorprendieron del estallido de saqueos y violencia, sobre todo en el interior del país. El proceso inflacionario incontrolable que aqueja a Argentina, cuyo indice en mayo se estima en más del 70%, ha apretado tanto el cinturón de los ciudadanos que en los sectores pobres la situación es, pura y simplemente, de hambre.
Para la muestra, el diario La Nación, de Buenos Aires, aseguró que el precio de la papa aumentó en 3.200% entre mayo de 1988 y mayo de 1989; los huevos 2.079%, la leche 1.300% y el pan 1.200%, mientras el sueldo minimo mensual sólo creció un 689%.

Como sintoma de la crisis se menciona que cuando se creó el austral en remplazo del peso, en 1985, el billete de más alta denominación era el de 100 (equivalente entonces a US$125) y siguió siendo el mayor hasta mediados de 1988, cuando apareció el de 500. Hace algunos dias se anunció que el gobierno pondria en circulación billetes de 5.000 australes, pero a mediados de esta semana se conoció que el siguiente billete será el de 50.000 australes, sin que se vea aún el final de ese proceso. Los 100 australes originales hoy sólo alcanzan a valer unos 50 centavos de dólar.

En esas condiciones, se estima que 7.600.000 personas viven por debajo del nivel de pobreza en Argentina, o sea el 30% de la población, casi uno de cada tres habitantes. Estos datos oficiales del Instituto de Estadísticas y Censos (Indec) podrían verse agravados cuando se conozcan los correspondientes a 1989, por el empobrecimiento de miles de personas, víctimas de la mayor crisis económica de la historia del país. Los primeros arrastrados hacia el nivel de pobreza absoluta han sido los obreros desempleados y los jubilados, quienes en gran número han Visto sus remuneraciones convertirse en sumas irrisorias del orden de US$10 mensuales.
El mayor índice de la gravedad de la crisis es para algunos, que ésta haya tocado las puertas de Buenos Aires, la capital caracterizada en el pasado por tener un nivel de vida muy superior al del resto del país. Se dice que en las calles de esa ciudad hay ya 1.000 niños sin hogar, mientras la deserción escolar indica que miles mas se han visto obligados a buscar el sustento para su familia.

Por todas esas circunstancias, no resulta demasiado sorprendente que en ciudades del interior, tradicionalmente más deprimidas que la capital, hayan surgido brotes de violencia instigada, según el gobierno, por grupos de agitadores izquierdistas que han aprovechado el terreno abonado. En particular la situación de Rosario, donde se produjeron los mayores brotes de violencia, tiroteos con la policía incluidos, llevó al presidente Raúl Alfonsín a decretar el estado de sitio, mientras se organizaba en esa y otras ciudades del interior una operacion de emergencia para distribuir alimentos a los sectores más necesitados.
Esas medidas no lograron evitar que en Rosario la situación fuera descrita el miércoles como de "caos generalizado" y que en cuatro puntos claves de Buenos Aires se hicieran estallar sendas bombas.

El gobierno de Alfonsín tiene aún hasta diciembre para tratar de mitigar en algo esta crisis, y para ello ha emprendido una nueva ofensiva antiinflacionaria con un "gabinete de crisis" que no entusiasma a nadie.
Entre tanto crecen los clamores, sobre todo en los sectores sindicales, para que Alfonsín renuncie y dé paso a un gobierno de transición que podria ser encabezado por el presidente del Senado, Eduardo Menem, hermano del presidente electo Carlos Saúl Menem. Esa fórmula podría permitir el manejo inmediato de la economía por parte del presidente electo, sobre quien reposan las esperanzas de muchos argentinos. Pero la falta de un programa económico concreto de Menem hace que esas esperanzas se basen más en la desesperación que en la realidad.-
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