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| 11/24/2012 12:00:00 AM

La enfermedad francesa

Francia está al borde de ser la siguiente víctima de la crisis que azota a Europa. A pesar de que necesita reformas profundas, hay pesimismo pues los ciudadanos no quieren cambiar ¿Es tarde para salvar al país?

Es la primera vez que Gaëlle recibe un extracto bancario con un saldo negativo de más de1.000 euros, la primera vez que esta parisina de 29 años, funcionaria de la empresa pública de trenes de su país, se ve en dificultades para pagar los 900 euros de la mensualidad de la casa que compró hace un año en los suburbios de la capital. Sabe que Pierre, un amigo, perdió su trabajo, y que Mélanie, una colega, no encuentra ninguna empresa que le ofrezca un contrato permanente. En los medios escucha la voz impotente del presidente François Hollande que promete luchar por un mejor futuro, una voz ahogada por los lamentos de la clase media alcanzada por la austeridad.

The Economist alimentó el tradicional pesimismo galo esta semana al dedicarle una portada a la crisis que azota al país. Con unas baguettes a manera de explosivos sujetados por la bandera tricolor, la revista británica ilustra la bomba de tiempo que es la economía gala. Su explosión significaría el hundimiento de la potencia y la estocada final a la agonizante Europa. El artículo, en parte, se convirtió en profecía esta semana: la agencia de calificación Moody's acaba de quitarle el Triple A al país, lo que ya había hecho Standard & Poor's en enero.

La publicación británica describe un sistema estatal francés rígido que regula excesivamente el sector privado y que derrocha el dinero público. Esto se refleja en una deuda del 90 por ciento del PIB, en un gasto público que corresponde al 57 por ciento de la producción nacional, en la poca creación de nuevas empresas, en un desempleo de 10 por ciento y en impuestos elevados a los ricos, lo que no sirve como incentivo a la productividad y a la inversión.

La crítica al sistema francés de no impulsar la productividad y de gastar demasiado en ayudas sociales no es nueva. Frecuentemente se le caricaturiza como una industria plagada de empleados perezosos que se quejan todo el tiempo, que se limitan a trabajar las 35 horas semanales reglamentarias, exigen beneficios exorbitantes y hacen huelga si no obtienen lo deseado. "Con la crisis me alegra ser funcionaria pública, porque estoy mucho más protegida", le dijo a SEMANA Gaëlle, quien puede viajar gratis en tren gracias a su compañía, cuenta con numerosas primas y un mes de vacaciones al año. "Eso sí, yo sé que hay muchos ineptos con trabajo. A esos deberían sacarlos para que los que sí quieren trabajar lo hagan", agrega.

Reformar una sociedad acostumbrada a ser consentida por el Estado no es fácil. Una razón para ser escéptico es que las famosas 35 horas legales que los franceses trabajan son un tabú. La derecha francesa ha acusado a la medida, establecida por el primer ministro socialista Lionel Jospin en 2000, de ser una de las razones del estancamiento de la productividad. El primer ministro Jean-Marc Ayrault, en una entrevista al periódico Le Parisien, afirmó que está abierto a revisarla, lo que provocó inmediatamente reacciones airadas de los sindicatos. El jefe de gobierno solo tardó algunas horas en retractarse. Todos saben que un intento de modificar este beneficio provocaría una ola de protestas sin precedentes. Y subrayó lo que muchos piensan: Francia es irreformable.

Las vacaciones también hacen parte de los beneficios intocables de los franceses. "Sí, otra persona dejaría de viajar con una situación económica como la mía, pero para mí es algo muy importante", dice Gaëlle, que va a pedir un préstamo para visitar San Francisco en mayo del próximo año. Ella no es la excepción, según un estudio de la firma Harris Interactive el 72 por ciento de los franceses piensa salir de vacaciones, a pesar de la crisis. Un 10 por ciento, incluso, tomará más vacaciones que el año pasado.

"Vamos a meter al dinero en su lugar, que es el de ser servidor y no amo". Con este tono izquierdista, el socialista François Hollande, en uno de sus discursos de campaña, prometió luchar contra el reino del capitalismo. Hoy, seis meses después de su victoria, el gobierno se dio cuenta que era imposible darle la espalda al sector privado, que pide a gritos la liberación de costos laborales.

Desde que Hollande tomó las riendas del país no ha pasado una semana en la que una empresa no anuncie despidos masivos, o planes sociales, como se les llama eufemísticamente. El más sonado es el de la compañía de automóviles PSA Peugeot Citroën y sus 8.000 despidos, lo que significa el cierre de una fábrica al norte de París de 3.000 empleados. La izquierda radical y la derecha acusan al gobierno de no hacer nada para detener el desangre, mientras que la popularidad del presidente cae vertiginosamente. Según los sondeos, tan solo un 40 por ciento de los franceses aprueba su gestión y la de su primer ministro. Nunca antes un presidente había caído tan rápido.

El gobierno afirma, sin embargo, que todo está en marcha para mejorar la situación. Hace poco presentó el "Pacto por la competitividad de la industria francesa", más conocido como el Informe Gallois, encargado al reconocido empresario Louis Gallois. En él se presentan 22 propuestas para impulsar la economía. La más importante es la reducción de un porcentaje de los costos laborales de las compañías, lo que sería compensado por un alza de impuestos y una reducción drástica del gasto público. Al día siguiente de la presentación del informe, Ayrault anunció beneficios fiscales para las empresas de 20.000 millones de euros y un aumento del IVA a partir de 2014. Aunque estas medidas son muy similares a las que hubiera tomado el derechista Nicolas Sarkozy si hubiera sido reelecto en mayo, Ayrault afirmó que se trata de un plan económico de izquierda, pues "el objetivo es el empleo, la recuperación con justicia".

A pesar del horizonte negro, Francia tiene varios puntos a su favor que hacen creer que podrá levantar la cabeza si  se toman las medidas pertinentes. "Ninguna fatalidad nos condena a la desindustrialización. Nuestro país tiene todas las capacidades para ser una tierra de industria si se moviliza hacia este objetivo", resalta el Informe Gallois. Este documento, e incluso The Economist, señalan los aspectos fuertes de la economía francesa. La industria cultural, del lujo, la farmacia, la industria nuclear y el turismo siguen siendo pilares reconocidos por su competitividad. A pesar de que la calificación financiera fue reducida por Standard and Poor's y Moody's, Francia puede pedir prestado a tasas históricamente bajas. Igualmente, su sistema de salud es envidiado en todo el planeta. Eso sin contar que, a pesar de las 35 horas, el país cuenta con una de las mejores tasas de productividad laboral por hora en Europa.

El gobierno habla de una "recuperación con justicia" para explicar que las medidas de austeridad no pondrán en juego el Estado de Bienestar. Sin embargo, todo parece indicar que si Francia quiere enderezar su economía, tendrá que sacrificar varios de sus logros sociales, y así salvar de la ruina al viejo continente. Porque de algo no hay duda: si se hunde Francia se hunde Europa.
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