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| 7/9/2016 12:00:00 AM

La paradoja del ‘brexit’

Mientras los líderes de la campaña por sacar al Reino Unido de la Unión Europea se baten en desbandada, en algunos países la eurofilia llega a niveles de popularidad de los que no gozaba desde hace años.

Una escena inesperada se apoderó el jueves pasado de la plaza del Parlamento en Londres. Protegiéndose con paraguas de la tradicional llovizna, miles de jóvenes se reunieron ese día para rechazar el resultado del brexit, expresar la angustia que sienten por su futuro y hacer ondear la bandera de la Unión Europea (UE) junto a la del Reino Unido.

“Te extrañaremos”, decía una pancarta en letras amarillas con fondo azul para evocar los colores de la UE. “Ningún hombre es una isla, y ningún país puede funcionar por su cuenta”, decía otro letrero favorable a mantener los lazos con Bruselas. En general, los manifestantes buscaban tres cosas. En primer lugar, repetir el referendo que desde el 23 de junio los tiene por fuera de la Unión. En segundo, denunciar a los organizadores del brexit, que le mintieron a su país para que diera un salto al vacío. Y por último, expresarle su amor a la UE, un gesto que una multitud británica no había realizado en décadas.

Las primeras dos exigencias tienen que ver sobre todo con la política interna británica, y lo cierto es que solo los votantes de ese país pueden decidir qué hacer con el referendo y con los líderes que los llevaron al atolladero en el que se encuentran. Pero la eurofilia que demostraron algunos manifestantes tiene que ver con una situación que trasciende las fronteras de Reino Unido y que constituye uno de los efectos indirectos del brexit. Pese al golpe de marca mayor que en el corto plazo significa para la UE la salida del Reino Unido, lo cierto es que el caos que trajo el referendo ha suscitado una serie de reflexiones sobre el papel de la Unión en el siglo XX y sobre la función que desempeña dentro del orden mundial actual.

En ese sentido se expresó poco después de conocerse el resultado el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, quien les recordó a los británicos que estaban abandonando una organización “que ha hecho mucho por promover la estabilidad, impulsar el crecimiento económico y fomentar la difusión de los valores e ideales democráticos tanto en Europa y fuera de ella”. Y es que pese a la burocracia de Bruselas, la mala gestión de la crisis griega y los temores que suscita el manejo de los refugiados, el brexit ha contribuido a devolverle a la UE su dimensión histórica durante la posguerra. Como recordó en un reciente foro el director ejecutivo del Institute for New Economic Thinking at Oxford, Eric Beinhocker, “tras la Segunda Guerra Mundial, la UE surgió como una fuerza de paz, prosperidad, democracia y libertad. Es uno de los grandes logros de la humanidad”.

A su vez, el resultado del 23 de junio puso en evidencia las mentiras de los políticos populistas que impulsaron el brexit, quienes argumentaban que la UE era el origen de todos los problemas. Por un lado, los principales abanderados de esa causa han desaparecido del escenario político tras desdecirse de sus principales promesas de campaña, dejando a todo el mundo con la certeza de que no quieren o simplemente no pueden hacerse cargo de sus responsabilidades. Tras la renuncia del exalcalde de Londres Boris Johnson a aspirar a ser el próximo primer ministro de su país, el líder del UKIP, Nigel Farage, renunció el lunes a su cargo para “recuperar su vida”. Poco después de su dimisión, el presidente de la Comisión Europea, Jean-Claude Juncker, dijo sobre ellos: “Son retronacionalistas, no patriotas. Los patriotas no dejan la escena cuando la situación se hace difícil”. Hoy, el puesto de primer ministro se lo están disputando Theresa May y Andrea Leadsom, dos figuras veteranas del Partido Conservador que hicieron campaña por el brexit, aunque con mucho menos fervor que Johnson o Farage.

El resultado del referendo contradijo, además, la visión según la cual bastaba apretar el botón de ‘salida’ para que las dificultades desaparecieran. De hecho, la pérdida de valor de la libra esterlina, la revisión a la baja de calificación de los títulos bursátiles de Gran Bretaña y la probabilidad de que Irlanda del Norte y Escocia organicen referendos secesionistas ya no son hipótesis, ni argumentos de campaña, sino el día a día de los británicos. Como dijo a SEMANA Christian Lequesne, especialista en Europa de la Universidad Sciences Po de París, “con base en la experiencia del Reino Unido, los populistas del resto de los países de la UE se están dando cuenta de que salir de ella es muy costoso y se lo están pensando mejor antes de seguir el camino británico”.

En efecto, aunque existen temores de que el brexit produzca un efecto dominó en el resto de la Unión, hay indicios de que lo contrario está sucediendo. Comenzando por Escandinavia, una región que tradicionalmente ha sido poco favorable a la Unión. Allí, un sondeo de la encuestadora Voxmeter publicado el 4 de julio mostró que el 69 por ciento de los daneses apoya la pertenencia de su país a la UE y que solo el 32 por ciento quiere realizar un referendo como el británico. Antes del 23 de junio, menos del 60 por ciento era favorable a la UE y más del 40 por ciento quería un referendo.

En la misma dirección se expresaron los habitantes de Finlandia, donde una encuesta publicada el martes mostró que el apoyo a la Unión subió 12 puntos tras el brexit, y que el respaldo a una consulta popular sufrió una fuerte contracción. Si a principios de junio casi la mitad de los finlandeses quería separarse de Bruselas, tras la debacle británica apenas uno de tres apoya esa causa. En Suecia –que por su economía, su demografía y su capacidad industrial es la gran potencia regional– un sondeo publicado el mismo día mostró que por primera vez en varios meses el apoyo a la UE era mayor que el deseo de separarse de ella.

También en el Mediterráneo, una de las regiones más golpeadas por la crisis del euro de 2009, existen indicios de que el euroescepticismo tampoco tiene el viento a favor. En Italia, una encuesta de Ipsos publicada el martes por el diario Corriere della Sera mostró que apenas el 28 por ciento de los electores votaría por abandonar la UE. Y en las elecciones de España, donde se celebraron unos comicios generales apenas tres días después del brexit, el partido euroescéptico Podemos les está preguntando a sus propios seguidores si el resultado de la consulta británica es una de las causas de su decepcionante desempeño electoral. En efecto, el líder de esa agrupación, Pablo Iglesias, ha pasado de pedir la salida del euro, a describir el 23 de junio como “el día más triste para Europa”.

Pero eso no es todo. Tras el brexit, el gobierno holandés decidió informarles a sus ciudadanos sobre las leyes que respalda, a qué grupos van a afectar, quién va a pagar por su aplicación y qué esperan con ellas sus financiadores. Y aunque a corto plazo esa decisión tiene un impacto menor que la disminución del apoyo a los referendos secesionistas, se trata de una iniciativa que le apunta a un problema central de la UE, que es su pésima gestión de las comunicaciones. Un defecto que no solo los nacionalistas euroescépticos han sabido aprovechar. Como dijo en diálogo con SEMANA Amy Verdun, autora del libro Ruling Europe, “muchos gobiernos tienen la tendencia a atribuirle todo lo bueno a sus propias decisiones y todo lo malo a la UE, incluso cuando Bruselas no tiene nada que ver con la adopción de leyes impopulares. Durante décadas, eso ha sido muy nocivo para el proyecto de integración continental”.

En buena medida, el futuro de la UE dependerá de que los líderes europeos sepan usar la coyuntura actual para reimaginarla, reformarla y reconstruirla, pues como lo ha demostrado el brexit, las alternativas no son buenas. Como dijo recientemente el historiador Timothy Garton Ash evocando la famosa frase de Winston Churchill sobre la democracia: “La Europa que tenemos hoy es la peor de todas las Europas, con excepción de todas las otras Europas que se han ensayado”.

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