Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 1989/07/10 00:00

LA FIEBRE AMARILLA

Represión violenta a protesta pacífica en la más grave crisis de la China comunista.

LA FIEBRE AMARILLA

Todo comenzó de madrugada. No eran aún las cinco de la mañana cuando, casi sigilosamente, miles de soldados comenzaron a converger por todos los accesos a la plaza Tiananmen o "Puerta de la paz celestial". Allí, entre adormilados y despiertos, se encontraban unos cuantos miles de estudiantes y trabajadores, que habían resistido semanas de privaciones e incomodidades para mantener encendida la antorcha de las protestas contra el régimen de Deng Xiao Ping. Tal vez ninguno de ellos se había dado cuenta,entonces que la sombra de la muerte se cernía sobre un movimiento caracterizado, hasta el momento, por la prudencia y aun por la cordialidad.
Cuando la toma se hizo inminente de nuevo se oyeron los gritos en clave que hasta entonces habían sido suficientes para detener la marcha de los camiones. Al oír la voz de "¡lobo!", algunos reaccionaron instintivamente con la esperanza de que, como en los últimos días, los soldados se detuvieran ante la marejada humana que al oír ese grito, rodeaba los vehículos militares y los persuadia de continuar. Pero esta vez la cosa iba en serio. Los soldados, pertenecientes al cuerpo 27 del Ejército Popular de Liberación, con sede en Shanxi, comenzaron a disparar al azar sobre la multitud. Quienes, como antes, pusieron sus cuerpos para evitar el avance de los blindados fueron aplastados por éstos. Lo que seguiría en los días venideros sería descrito como una galería de horrores. Por fin los fusiles del ejército chino les recordaban a los estudiantes de donde pensaba Mao que provenía el poder.
En medio de la confusión, los manifestantes comenzaron a reaccionar y pronto la escena era una batalla surrealista de soldados armados con subametralladoras AK-47 contra una turba enfurecida que esgrimía palos piedras y tubos metálicos. A pesar de la desigualdad de la contienda, algunos periodistas occidentales pudieron ver cómo dos transportes blindados fueron incendiados. Uno de ellos fue alcanzado por un coctel molotov y el otro cubierto con lonas empapadas en gasolina, que luego fueron encendidas.
Algunos estudiantes trataron de organizar un contraataque y formaron un convoy de buses para bloquear la columna militar. Antes que pudieran pensar los riesgos que corrían, un tanque destruyo los vehículos sin el menor esfuerzo, con todos los ocupantes -que llevaban como artillería unas cuantas botellas de gasolina- incinerados en el interior.
A medida que avanzaba el día, la masacre adquiría caracteres aún más dramáticos. Los soldados disparaban al azar, no solo contra quienes les lanzaban ladrillos sino contra transeúntes desprevenidos. Los hospitales comenzaron a llenarse literalmente de heridos. Un médico del Hospital Tongren declaro que, a pesar de estar acostumbrado por su profesión a tener contacto con la muerte, el espectáculo era superior a lo imaginable.
"Todas las salas del hospital estan literalmente cubiertas de sangre", declaró.
El número de muertos y heridos crecio durante todo el día, en una escalada de violencia que no parecía tener fin. Pero hacia el mediodia el ejército había logrado el control absoluto de la plaza y sellado todas las vías de acceso. En el centro aún quedaban las carpas que habían albergado durante semanas a los manifestantes. Según algunas versiones, sin confirmar, los tanques arrasaron las tiendas con algunos ocupantes aún dentro, y luego los soldados encendieron un gran fuego para desaparecer un número indeterminado de cadáveres.

PRESENTIMIENTOS FATALES
Algunos habían presentido el estallido de la violencia desde el día sábado, cuando la policía usó por primera vez gas lacrimógeno y golpeó a decenas de manifestantes en Zhingnanhai, cerca de la sede del Partido Comunista, para disolver una lucha campal entre soldados y trabajadores que se atacaban con ladrillos y piedras. Esa misma noche las tensiones se elevaron extraordinariamente cuando un anuncio inusual aparecio en la televisión. Allí se ordenaba a los ciudadanos "quedarse en casa para proteger sus vidas", y en particular se refería a las calles de acceso y a la Plaza de Tiananmen.
Pero aunque pocos se imaginaron que la reacción sangrienta pudiera ser tan extrema, lo cierto es que la represión logró, al menos en los primeros días, revitalizar un movimiento que habia perdido su fervor inicial, y eliminó de un tajo la sensación de que la vida de la capital estaba regresando paulatinamente a la normalidad. Lo paradójico es que la aparente estrategia anterior del gobierno, de dejar pasar el tiempo para que los estudiantes se retiraran por cansancio, parecía hasta entonces en camino de tener éxito. Pero al escoger la vía de las armas, el líder Deng Xiao Ping parecio magnificar, sin quererlo, la dimensión histórica del episodio.

¿DONDE ESTAN?~
Las matanzas se prolongaron por lo menos hasta el miércoles, mientras comenzaron a circular rumores que afirmaban que Deng Xiao Ping se encontraba en coma, víctima del cáncer, y que el primer ministro Li Peng había sido herido por un policía que supuestamente habría perdido su familia en la masacre. El rumor fue recogido por el periódico Ming Pao, de Hong Kong, y tomo gran fuerza por cuanto ambos líderes habían desaparecido de la escena. Esa ausencia hizo que durante varios días la opinión publica mundial y los gobiernos se preguntaran quién estaba realmente en el poder en China. Se hablaba de un repunte de las acciones del popular Zhao Ziyang, de la marcha sobre Beijing de varias unidades militares, y que la población estudiantil se estaría preparando para atacar con miles de armas arrebatadas al ejército.
Incluso se llego a hablar de que en el seno del ejército existían divisiones profundas que apuntaban al inicio de una guerra civil. Esas versiones se vieron avivadas por cuanto el cuerpo del ejército que ejecuto la masacre provenía de una región distinta de Beijing, y su comandante es sobrino del presidente Yang Shangkun, un octogenario líder, junto a quien Deng parece un reformista liberal. Del otro lado el cuerpo 38, que se negó hace semanas a disparar contra el pueblo, tiene su sede en Beijing y fue comandado en el pasado por el actual mínistro de Defensa, Qin Jiwei, amigo cercano del líder reformista Zhao Ziyang (secretario general del PC) y, como éste, entrado en desgracia. Algunos observadores vieron en las versiones sobre enfrentamientos entre esos dos grupos, la fase armada de la lucha por el poder en la cúpula chína. Pero, a medida que avanzaba la semana, parecía demostrarse que esa tesis era motivada más por el deseo que por la realidad.

EXODO
Entre tanto, los diplomáticos y los residentes extranjeros comenzaron a abandonar precipítadamente el país, ante la expectativa de una confrontación de grandes proporciones. El pánico de los extranjeros crecio cuando las tropas cercaron el distrito diplomático de Jíanguomenwai e hicieron repetidos disparos sobre algunos edificios, con el propósito declarado de buscar francotiradores. La mayoría de los gobiernos del mundo ya había protestado formalmente por las matanzas y en el coro de las protestas se oyó especialmente la voz de Hungría, cuyo gobierno socialista no tuvo inconveniente en criticar fuertemente a Li Peng.

LA SUERTE SELLADA
Pero al avanzar la semana, luego de esporádicos brotes de violencia en ciudades como Shangai, el panorama se fue aclarando poco a poco. El primero en reaparecer fue Li Peng, vestido a lo Mao, quien salíó en la televisión en la noche del miércoles para condenar a las "bandas de contrarrevolucionarios" que habían tratado de subvertir el orden con el ataque a los soldados. Al día siguiente, como para acabar de despejar cualquier duda, el anciano patriarca Deng apareció ante las cámaras para felícitar a los militares por su "victoria en la defensa de la revolución". La suerte del movímiento de protesta parecía sellada, al menos en el corto plazo.
Pero el espectáculo de la aparición de Deng ante su pueblo no podía ser más descorazonador. A su alrededor, y recién desenterrados de su retiro, estaban los líderes más ancianos de la China, muchos de los cuales estuvieron, con Mao y el propio Deng, en la famosa Gran Marcha que llevó a los comunistas al poder en 1949. Allí estaban el ex secretario general Peng Zhen, el presidente Yang, ambos sobre los 85 años, y otros miembros del buró político que compone lo que el pueblo llama "la banda de los ancianos". Junto a ellos Li, de 65 años, y la figura ascendente Qiao Shi, de 64, parecían quinceañeros.

Y AHORA ¿QUE?
A pesar del triunfo inmediato de la línea dura, todos los observadores internacionales coincidieron en que, cualquiera que sea el beneficiario final en la lucha por el poder, se verá en grandes dificultades para manejar al país más poblado del mundo.
Para empezar, la autoridad del Partido Comunista, deteriorada en los últimos años, podria verse afectada para siempre. La masacre de Tiananmen, como la de Kwuangju en Corea en 1980, o la de Tlatelolco en México en 1968, podría convertirse en un hito histórico, un símbolo de la represión violenta contra la voluntad popular. Por otra parte, los afectados por esa represión fueron principalmente los estudiantes, que pertenecen al estrato de los intelectuales, por quienes la China ha guardado tradicionalmente un respeto y una consideración especiales, y de donde provienen, en últimas, los dirigentes que han manejado el país, al menos en este siglo.
Esas circunstancias hacen que la legitimidad del gobierno y la confianza del pueblo se hayan diluido sin remedio. Pero, además, los efectos sobre la economía del país pueden ser devastadores. No sólo el espectro de las huelgas, sino la caída casi segura del crédito externo, aunada a la disminución severa que se espera en el turismo, ponen nubarrones negros sobre el futuro de una economía que, aunque creció sin paralelo en los últimos 10 años, hoy se ve afectada por una inflación sin precedentes del 27%.
Además de todo ello, los analistas apuntan hacia una serie de dificultades estructurales que seguramente se complicarán después de la masacre. A la creciente pérdida de influencia del PC, se agrega una brecha generacional muy profunda entre los jóvenes chinos, acostumbrados a un nivel de vida y a unas expectativas nuevas, frente a las generaciones anteriores, que dedicaron sus vidas al servicio de la revolución. Si sus padres llevaron al país al caos de la revolución cultural por la sola palabra de Mao, sus hijos desencadenaron las protestas de Tiananmen por su propia motivación y, según algunos, "sorprendidos de sí mismos".
Pero si la incapacidad para acomodarse a los nuevos tiempos parece ser el germen de la destrucción del régimen de Deng, al negarse a cumplir sus ofrecimientos de mayor apertura política, resulta paradójico que haya sido el mismo Deng quien condujo al país por el camino de una prosperidad sin precedentes, de liberalización económica. Y precisamente dentro de esa idea de la prosperidad a ultranza, parece yacer la justificación de la matanza. Según la doctrina del "neoautoritarismo", preconizada por Deng, el orden y la estabilidad son la premisa básica para el progreso económico, lo que justifica cualquier medida de fuerza. Como para dar el toque irónico, los dirigentes comunistas de la China ponen como ejemplo que confirma esa tesis el éxito económico de regímenes autoritarios como los de Taiwan y Corea del Sur. Como alguien dijo en tono irónico,"cualquier comparación con la doctrina argentina de la Seguridad Nacional es pura coincidencia".

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.