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| 2/22/1993 12:00:00 AM

La fiesta de las dudas

La fastuosa ceremonia de posesión de Bill Clinton no ocultó que el nuevo Presidente no tendrá luna de miel.

WILLIAM JEFFERSON CLINTON SE CONVIRtió en presidente de Estados Unidos a las 11:58 de la mañana del 20 de enero de 1993. Tras hacer su juramento, se dirigió al mundo entero durante 14 minutos con un discurso no destinado a hacer planteamientos programáticos sino llamados a la solidaridad y el sacrificio. Clinton fue franco en su crítica a los problemas acumulados durante 12 años de gobierno republicano, pero reservó algunas frases para homenajear a su predecesor por su medio siglo de servicio público. Con esas palabras enfatizó veladamente lo que en otros pasajes dijo en forma abierta: que el país entraba en una época de cambio, fundamentalmente porque la generación nacida después de la Segunda Guerra Mundial tomaba las riendas de manos de sus padres.
Clinton y su esposa iniciaron entonces el tradicional camino del Capitolio a la Casa Blanca por la avenida Pennsylvania y, como muchos predecesores, en un cierto momento dejaron la limusina blindada para caminar saludando a los miles de espectadores de todas las razas y condiciones que les aclamaban desde ambos lados de la vía. El ambiente no podía ser mas festivo, con un sol radiante que pareció confabularse para entibiar la fría mañana de invierno. Desde el podio, situado en la puerta de la Casa Blanca, los Clinton presenciaron el desfile de rigor en el que, con la precisión de una superproducción de Hollywood, tomaron parte los sectores mas disimiles del país desde un congresista indígena a caballo y vestido con las ropas de gala de un jefe cheroquí hasta dobles de Elvis Presley, pasando por asociaciones de veteranos, bandas de colegios de secundaria y los infaltables activistas de los derechos de los homosexuales.
El ambiente popular era el fiel reflejo de los resultados de las encuestas a nivel nacional, en las que más de 70 por ciento de los norteamericanos expresaron un cauteloso optimismo y un deseo de darle a Clinton la oportunidad de demostrar las capacidades de la nueva generación. De hecho, Clinton, su esposa Hillary y su hija de 12 años Chelsea, junto con el vicepresidente Al Gore y su familia, no podían hacer otra cosa que proyectar una juventud desconocida en los años reaganianos. Un ambiente juvenil que estuvo presente no sólo en el número y forma de las múltiples celebraciones de la semana, sino en el ambiente descomplicado e informal hasta de las más elegantes.
Pero novedad y novatada tienen el mismo origen lingüístico, y los gritos de apoyo querían tambien superar la sensación e incertidumbre que cunde en todos los ambientes de la sociedad norteamericana. Lo cierto es que con todo y lo esplendoroso de su posesión, Clinton llega a la Casa Blanca sin el beneficio de esa "luna de miel" que los antecedentes limitan tradicionalmente a los 100 primeros días del gobierno.
En efecto, Clinton supo muy pronto, aún antes de la posesión, que una cosa es ser candidato y otra presidente, del mismo modo que ser gobernador de un estado insignificante no es lo mismo que ser el comandante en jefe del país más poderoso del mundo.
Primero se presentaron las inevitables promesas rotas, que dieron lugar a la primera crisis de un gobierno que aún no se había posesionado. Comenzó cuando al iniciarse enero Clinton pareció retractarse, luego de conocer el último informe económico del gobierno de Bush, de su ofrecimiento de reducir a la mitad el deficit presupuestal en los próximos cuatro años. Aunque sus allegados se quejaron de manipulación de cifras por los funcionarios salientes, quedó al descubierto que Clinton no podría cumplir su promesa sobre el déficit sin incumplir otras como incrementar la inversión en infraestructura y educación, crear un sistema de préstamos educativos a cambio de la participación en un "Cuerpo de Servicio Nacional", modificar el sistema de seguridad social y bajar los impuestos a la clase media.
Sin salir de ese embrollo -que le acompañará en la medida en que sus políticas económicas no den resultados rápidamente- Clinton se metió en otro tal vez más delicado cuando declaró al periódico The New York Times que no tendría inconveniente en normalizar las relaciones con Irak si Saddam Hussein cambiara "su comportamiento". Esa ligereza hizo que Clinton acusara al periódico de malinterpretarle, pero al final quedó como un mentiroso.
El desliz fue rápidamente unido al desastre de los haitianos, para conformar un panorama de falta de preparación en los asuntos internacionales. Clinton no sabía que su promesa de candidato, de suspender la detención de las embarcaciones de refugiados en alta mar, daría como resultado una ola mayor de viajeros desesperados.
A pesar de que el nuevo presidente echó para atrás esa promesa, el servicio de guardacostas, todavía bajo el gobierno de Bush, debió escenificar un verdadero bloqueo de Haití para evitar que miles de haitianos se arriesgaran a navegar hasta Florida en lanchas de madera.
Muchos comentaristas no perdieron la oportunidad de señalar la excesiva preocupación de Clinton por complacer a todo el mundo, la misma que le ganó durante la campaña el remoquete de "Slick Willie", algo así como "Willie el resbaloso". Una preocupación que, para algunos, explicaba la obsesión del presidente por estrechar la mano de todo el que se la estirara, aunque tuviera que hacer ejercicios malabarísticos para ello.
Por otra parte, no faltó quien comparara el discurso de posesión con el de John Kennedy, para encontrar evidentes similitudes. El tema recurrente de pedir mayores sacrificios por el país, el uso de juegos retóricos e incluso el énfasis en el cambio generacional fueron vistos como la incapacidad de Clinton de separarse de la imagen de su ídolo. Hubo incluso quien dijera que eso demostraba que el nuevo presidente aún estaba en busca de su propia identidad.
Eso parece ser un problema menor a nivel popular, porque los norteamericanos están dispuestos a darle su oportunidad a cualquier precio y la juventud e inexperiencia de Clinton y de muchos en su equipo de ayudantes es vista como el comienzo de una nueva era. Pero a nivel político Clinton tiene más de una espada de Damocles sobre su cabeza.
Una es la presencia renovada de Ross Perot, quien tiene a su favor haber permitido con su candidatura que Clinton ganara las elecciones con sólo el 43 por ciento de los votos populares. El nuevo presidente sabe que Perot, con su nuevo grupo de presión llamado "United We Stand, America" ("Unidos de Pie, Estados Unidos") se mantendrá, junto con 900 mil afiliados, listo a protestar por lo que consideren una afrenta a sus ideas. Tanto, que dedicó un pasaje de su discurso a cortejar ese electorado con un ataque contra los grupos de intereses y los políticos que han convertido a la capital de Estados Unidos en un centro de lucha por los privilegios personales y el poder de los grupos de presión.
Ese establecimiento político tampoco es una pera en dulce. El idolo de Clinton, John Kennedy, supo en carne propia lo que era tener un Congreso con un ritmo diferente hacia el cambio. A pesar de que pertenecen al mismo partido, los mayoritarios demócratas tienen una alianza de conveniencia con Clinton, y aunque ahora se ven arrastrados por el entusiasmo popular, sólo cuando los temas empiecen a afectar sus propios electorados se verá su verdadera capacidad de liderazgo.
Pero esas preocupaciones están por ahora en el desván de la conciencia colectiva. Puede ser inexperto, demasiado inclinado a gustar, a veces populista, pero Clinton lleva por ahora el estandarte de un país que quiere recuperar la prosperidad de los años de la infancia y la adolescencia de su nuevo líder. El presidente tiene el privilegio de haber visto sus sueños infantiles realizados, y eso en sí mismo es una demostración de que la magia esta de su parte.
Una piedra en el zapato
ZOE BAIRD HUBIERA PODIDO convertirse en la primera mujer en ocupar el cargo de Attorney General, una posición de extraordinario poder que comprende lo que en Colombia se llamaría Ministerio de Justicia, Procuraduría y Fiscalía. Pero se le atravesaron unos peruanos.
La abogada cumplía todos los requisitos del gobierno de Bill Clinton y llenaba una vieja aspiración de las organizaciones femeninas. Pero cuando menos pensaba, la abogada Baird se convirtió en una nueva amenaza a la credibilidad del presidente en su campaña por la ética. Todo comenzó cuando los funcionarios encargados de la transición y de la confirmación congresional del gabinete descubrieron que la Baird había contratado, en 1990, a una pareja de peruanos como baby sitter y conductor de automóvil, sin tener en cuenta que ninguno de ellos tenía permiso legal para trabajar en el país.
Esa actitud es ilegal según una ley de 1986, que dispone además multas para los infractores de hasta tres mil dólares. Sin embargo, aunque se trata de una práctica muy generalizada entre las clases altas, sobre todo en Washington, el Servicio de Inmigración casi nunca persigue a los infractores. Pero de ser confirmada, la señora Baird tendría a su cargo entre muchas otras esa dependencia, lo cual señala una evidente incompatibilidad.
Inicialmente se dijo que con las excusas de la señora el asunto quedaría zanjado. Pero después se supo que la empleada peruana había sido despedida sólo despues del nombramiento y que la señora Baird tampoco había pagado a tiempo la cuota de inscripción en el seguro social. Tras algunas sesiones dolorosas en el Senado, la abogada resolvió el jueves en la noche retirar su nombre.
El hecho, sin embargo, continuó gravitando contra Clinton el viernes con los periodistas acorralando al nuevo director de comunicaciones, George Stephanopoulos, para que explicara por qué el presidente seguía insistiendo en la idoneidad de la Baird a pesar de su incongruencia con las normas éticas dictadas por el mismo. Pero la explicación que hizo carrera provino de la misma candidata: "Cuando contraté a los peruanos lo hice pensando como madre, no como procuradora".
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