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| 9/27/2014 10:00:00 PM

La guerra contra la barbarie del Estado Islámico

El mundo necesitará más que ataques aéreos para detener al grupo yihadista.

El cielo ardió a medianoche del martes en el este de Siria. Estados Unidos, con la colaboración de algunos países árabes, bombardeó por primera vez en ese país las posiciones de Estado Islámico (EI) y de Khorasan, un grupo filial de Al-Qaeda. Al hacerlo, Barack Obama tomó una de las decisiones más arriesgadas de su segundo mandato, pues de hecho le declaró la guerra a los grupos más sanguinarios que han surgido en la historia del conflicto del Oriente Medio. Obama cuenta con las fuerzas armadas más poderosas del mundo, pero nada garantiza la victoria en un conflicto de esta naturaleza. 

Pese a las malas relaciones entre su Partido Demócrata y el Republicano, si en Washington existe algún consenso, es sobre la amenaza del Estado Islámico. En su intervención el miércoles ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, Obama habló con voz firme. “Ningún Dios aprueba este terror. Ningún agravio justifica estas acciones. No se puede razonar, ni negociar, con esta marca del diablo. El único lenguaje que entienden los asesinos de esta clase es el de la fuerza”. Y mientras Obama decía eso, el mundo se horrorizaba ante la decapitación del ciudadano francés Hervé Gourdel, a manos de un grupo islámico argelino que hace poco juró lealtad a E.I e hizo esto para vengar los bombardeos franceses contra las posiciones yihadistas en Irak.  

Varios países le han expresado su apoyo al presidente norteamericano en la nueva cruzada contra EI y un grupo conformado por 126 líderes religiosos musulmanes firmaron una carta contra ese grupo, al que acusaron de malinterpretar los principios del islam. Pero la coalición tiene muchos puntos por fortalecer, y la participación de Irán, la gran potencia chiíta, está en entredicho. De hecho, Hassan Rouhani, el presidente iraní, responsabilizó en la ONU a Occidente por el surgimiento de los grupos extremistas. 

La batalla para desactivar a EI será larga y nada fácil. El avance de ese grupo tomó por sorpresa al mundo, que al principio subestimó sus avances en Siria e Irak. De repente, una de las tantas filiales de Al-Qaeda se convirtió en un actor principal del inestable panorama geopolítico de Oriente Medio. EI tomó varias zonas estratégicas en pleno corazón de la región, estableciendo allí un califato que intenta imponer la sharia (ley islámica) a las buenas o a las malas. Bajo el control de ese grupo viven 8 millones de personas, y los yihadistas aspiran imponer su bandera negra en otros países vecinos como Líbano y Jordania para fortalecer aún más sus estructuras políticas y económicas. 

Según dijo a SEMANA Kawa Hassan, especialista en temas de Oriente Medio del Carnegie Middle East Center, EI se diferencia de Al-Qaeda porque “se comporta como un miniestado”. En efecto, este grupo ha sabido constituirse en algo más que una organización terrorista. Conformó una fuerte jerarquía liderada por Abu Bakr al Baghdadi y sustentada por dos suplentes, 12 gobernadores y nueve consejos. En el aspecto económico, a diferencia de otros grupos terroristas, EI no ha destruido las presas energéticas o las zonas petroleras que ha conquistado, sino que las administra para generar nuevos ingresos económicos. La BBC afirma que se trata del grupo insurgente más rico del mundo, pues sus fondos se aproximan a los 2.000 millones de dólares. Por otro lado, la CIA estima que el número de yihadistas se aproxima a 31.500, muchos de ellos europeos y norteamericanos, y un excelente manejo de redes sociales les ha permitido afirmar aún más su presencia en la región y reclutar más militantes. 

Pero el surgimiento y crecimiento de EI no es casual. Katherine Marshall, integrante del Berkley Center for Religion, Peace and World Affairs, dijo a esta revista que “EI es producto de años de inestabilidad, violencia, reacción contra la intervención de Estados Unidos y tensiones religiosas entre sunitas y chiítas”. El fenómeno va más allá de sus recientes avances, y para comprenderlo hace falta remontarse a la invasión militar de George W. Bush a Irak en 2003 y los movimientos de la primavera árabe en 2011.  

El fracaso de las intervenciones de Occidente

La intervención militar de Washington en Irak en 2003 fue desastrosa para el desarrollo posterior del conflicto en Oriente Medio. Esto reavivó las tensiones entre los minoritarios sunitas y los mayoritarios chiítas. Ante el derrocamiento del gobierno sunita de Saddam Hussein varios de sus partidarios formaron grupos de resistencia contra las tropas estadounidenses y el nuevo gobierno chiíta.  
Las tensiones entre las principales ramas del islam empeoraron en 2006 y en 2007, aunque Estados Unidos logró calmar la situación. Washington retiró sus tropas en 2011 y esto generó un vacío de poder importante. El gobierno chiíta de Nuri al Maliki se negó a satisfacer los intereses de las otras minorías, y de allí se gestó el resurgimiento de EI.

Ante los avances yihadistas a lo largo de este año, a Occidente no le quedó otra opción que involucrarse una vez más en Irak. Estados Unidos y países europeos como Alemania, Francia, Reino Unido o Italia, han ayudado a los kurdos en su resistencia contra EI. Por otro lado, Estados Unidos y su otrora archienemigo Irán impulsaron el cambio de Maliki por Haider al Abadi, con la esperanza de que este conforme un gobierno de unidad que les dé a los sunitas una cuota de poder que los aplaque y le quite piso popular a EI.

Todo lo anterior corresponde a una dinámica marcada por las fallidas intervenciones de Occidente en Medio Oriente. Carne Ross, un exdiplomático británico, escribió en The Guardian que “los dobles estándares de Occidente en la región son explotados por los extremistas alrededor del mundo”. Ross critica que históricamente Estados Unidos y Europa se han aliado con los peores tiranos y han ignorado los grandes abusos si eso resulta favorable a sus intereses. Queda por ver si la nueva coalición de Obama no repite los errores del pasado y no le echa más leña al fuego, ante lo cual otros grupos extremistas se pueden fortalecer en una batalla abierta contra Occidente. 

Hijos de la primavera árabe

El terremoto de la primavera árabe debilitó aún más las estructuras de Oriente Medio y generó varios vacíos de poder que fueron aprovechados por grupos islámicos y radicales para resurgir. Con respecto a esto, el especialista Steven Simon escribió en la revista Foreign Affairs que “el yihadismo transnacional es el movimiento político más dinámico en Medio Oriente y en el norte de África, y se puede decir, emergió de la primavera árabe”. Justamente otros países como Yemen y Libia que hicieron parte de esa tendencia según varios analistas tienen el riesgo de convertirse en estados fallidos debido al fortalecimiento de grupos filiales de Al-Qaeda.

En Siria la famosa primavera fracasó con mucha más fuerza que en los demás países. Allí las revueltas dieron paso a una sanguinaria guerra civil que ha dejado centenares de muertos y desplazados. Y en medio de la lucha que no parecía definirse entre los rebeldes y el gobierno de Bashar al Assad, las fuerzas de EI, entonces conocidas como Isis (por Estado Islámico de Irak y Siria) terciaron con su propia agenda. Ahora el grupo yihadista cuenta con una gran base en el norte del país, y justamente desde allí lanzó su ataque a Irak. 

De ese modo los grupos yihadistas tomaron un impulso inimaginable hace apenas un par de años. Según dijo a SEMANA Paul Sullivan, profesor adjunto de estudios de seguridad de la Universidad de Georgetown, “donde hay mayores vacíos de poder, allí es donde los terroristas llevarán a cabo sus acciones y se proclamarán como estados”.

Y este fenómeno no es exclusivo en Medio Oriente. En África, Somalia y Mali están amenazados por grupos que quieren imponer la sharia. En Nigeria, Boko Haram estableció un califato en la zona que permanece bajo su control. Grupos en Afganistán y Argelia juraron lealtad a EI y las filiales de Al-Qaeda en Yemen y el Magreb pidieron unidad a los yihadistas ante la ofensiva de Washington. Además, varios países asiáticos como Indonesia, Malasia, Filipinas y Singapur, temen el resurgimiento de grupos extremistas.  

Sin solución de fondo

En ese orden de ideas, ¿la coalición que lidera Washington es una verdadera solución para los problemas de Oriente Medio? Al respecto, ronda el escepticismo. Según dijo a SEMANA Jaako Hämeen-Anttila, profesor de estudios islámicos en la Universidad de Helsinki, “la coalición no es tan sólida como Estado Islámico, porque muchos enemigos harán parte de la alianza y hay diferencias que van más allá de la rivalidad común contra EI”. 

La intervención contra las posiciones de EI en Siria no evitará, por ejemplo, que  la lucha por el dominio regional entre Arabia Saudí e Irán siga vigente. Según dijo a esta revista Rainer Sollich, corresponsal de la Deutsche Welle en Oriente Medio, “Arabia Saudí apoya varios grupos de la oposición contra Assad, quien es respaldado por Irán que a su vez apoya al grupo chiíta Hezbollah. Ambos tienen interés en parar a EI, pero es probable que sus diferencias terminen debilitando la coalición contra Estado Islámico”. 
Rusia también expresó su contrariedad ante el hecho de que los bombardeos  en Siria no contaran con la autorización de Damasco. A diferencia de Estados Unidos, Vladimir Putin ha defendido la continuidad de Assad en el poder, pues su eventual caída podría tener efecto en la lucha de las repúblicas islámicas del Cáucaso contra Moscú. Por otra parte, Alemania y Francia han manifestado su escepticismo ante las nuevas operaciones aéreas de Washington, pues esto empeora la guerra civil en Siria. La idea de la coalición es atacar sin que esto termine favoreciendo. a Assad. Y la confusión podría ser aprovechada al máximo por EI para fortalecer sus posiciones en las zonas urbanas. 

Otro tema que puede afectar a la coalición es la negativa de Irán a involucrarse directamente en la lucha contra EI, pues desconfía de las intenciones de Washington en la región. Según Sollich, “entre esos dos países aún hay muchos temas sin resolver, como el programa nuclear iraní, y Teherán ha visto a Estados Unidos como un enemigo durante décadas, algo que no cambiará de la noche a la mañana”. El problema de la ausencia de Irán es que la coalición regional contra EI se convierte en un frente sunita, lo cual podría propiciar nuevos enfrentamientos entre sunitas y chiítas. 

El frente sunita tampoco está muy unido. Primero, puede expresar su descontento ante una eventual intervención de Israel en la coalición. Segundo, el tema del grupo Hermanos Musulmanes los divide. Por un lado, Egipto, Arabia Saudí y los Emiratos Árabes piden que la coalición se extienda contra la Hermandad, algo a lo que se oponen Turquía y Qatar, un país que cada vez gana más peso en la región. 
Por lo visto, la coalición contra EI no está del todo clara y la intervención de Washington en Siria puede generar nuevos vacíos de poder que serán aprovechados por grupos extremistas, tal como se ha visto en otros episodios. Justamente, esta semana Estados Unidos ha expresado su preocupación ante la presencia de Khorasan, un grupo integrado por veteranos de Al-Qaeda,  que se estaría preparando exclusivamente para atacar objetivos en Estados Unidos y Occidente. 

Si la coalición destruye a EI queda en entredicho si esto es la verdadera solución al problema. Según afirmó a esta revista Kawa Hassan, “Estado Islámico es una consecuencia y no la causa de la actual catástrofe en Medio Oriente”. Sin duda las deficiencias de la  política occidental en la región seguirán estimulando el surgimiento de  grupos radicales. Y por como van las cosas parece que una solución de fondo es una posibilidad muy lejana. 

El efecto ‘boomerang’

Miles de occidentales militan en las filas de Isis. La posibilidad  de que regresen ha encendido las alarmas en Europa, Norteamérica y Australia.

Cada vez se escuchan más voces en Occidente preocupadas por lo que puedan hacer al volver a sus países los miles de extranjeros que hoy militan en las filas de Isis y otros grupos islamistas. Según las estadísticas del International Centre for the Study of Radicalisation and Political Violence, en Oriente Medio podría haber hasta 11.000 combatientes de 74 nacionalidades, de los cuales cerca del 25 por ciento proviene de Europa occidental, Estados Unidos, Australia y Canadá. 

“Entrenados y endurecidos por la batalla, estos combatientes podrían regresar a sus países de origen y realizar ataques suicidas”, dijo Obama en su alocución del pasado 10 de septiembre.

Las reacciones de los gobiernos afectados han sido severas. El primer ministro de Reino Unido, David Cameron, dijo a finales de agosto que estaba considerando prohibirles la entrada al país a las personas sospechosas de haber participado en actos terroristas en el extranjero. Canadá comenzó desde la semana pasada a revocar los pasaportes de sus nacionales que combaten en el extranjero. Una postura que comparte Australia, que adelanta una legislación según la cual visitar algunas regiones en guerra sería un crimen. Las propuestas no han estado exentas de polémicas, y muchos temen que aislar a los yihadistas solo sirva para radicalizarlos. 

El califa del siglo XXI 

La historia de Abu Bakr al-Baghdadi es un enigma y para muchos se trata de una figura mítica. Esto es lo que se sabe y se dice del líder del grupo yihadista que ahora amenaza a Occidente. 

Uno de los alias de Abu Bakr al-Baghdadi, el líder de Estado Islámico, es el Fantasma, y no es para menos: no dejó rastros desde su primera y última aparición en público, cuando en un video lanzado el 29 de junio se autoproclamó califa y líder de todos los musulmanes y anunció la creación de un estado islámico en las áreas que su grupo controla. Y eso que las autoridades iraquíes afirmaron que el hombre del video no era al-Baghdadi, pues el verdadero estaba herido. Esto es muy difícil de confirmar, pues la vida del califa es un completo misterio, incluso para los miembros de EI, y en internet circulan muchas biografías que no atinan a una versión oficial. Mientras tanto, su mito crece a la par de los avances militares y estratégicos de EI. 

El verdadero nombre de al-Baghdadi es Ibrahim Awwad Ibrahim al-Badri, nacido en la localidad de Samarra, al norte de Bagdad, en 1971. Varias versiones coinciden en que sus hermanos y tíos fueron predicadores en mezquitas y estudiosos del islam. Un vecino afirmó a The Telegraph que al-Baghdadi fue un talentoso futbolista y era muy cercano a las celebraciones religiosas. En efecto, enfocó sus estudios de doctorado en la sharia y se destacó como un salafista conservador, en una de las ramas más radicales del islam sunita. Otras versiones apuntan a que en esa época al-Baghdadi luchó con los talibanes en Afganistán, y Edward Snowden reveló que fue entrenado por Israel. 

Lo cierto es que Abu Bakr al-Baghdadi hizo parte de la resistencia iraquí contra la intervención militar de Estados Unidos en 2003. Dos años después fue detenido, y estuvo bajo custodia norteamericana hasta 2009, en el Camp Bucca. El encargado del centro de reclusión, el coronel Kenneth King, dijo al Daily Beast que al-Baghdadi era malo pero no era el peor de todos, y que se despidió de los estadounidenses diciéndoles “nos vemos en Nueva York”.

Desde entonces Abu Bakr al-Baghdadi ascendió posiciones en el consejo del grupo Al-Qaeda en Irak, hasta ser proclamado líder en 2010, a pesar de que no era considerado el candidato más fuerte para llegar a esa posición. A partir de ese momento la presencia del grupo creció, aprovechando en 2011 la retirada de Washington en Irak y la guerra civil en Siria.

Allí, el grupo de Abu Bakr al-Baghdadi tomó el control de varias zonas petroleras del país con el fin de conseguir mayores ingresos económicos. Además, en Siria al-Baghdadi rompió con Ayman al Zawahiri, líder de Al-Qaeda, quien consideraba sus tácticas demasiado sanguinarias. Ya con otro nombre, Estado Islámico de Irak y Siria,  avanzó de nuevo hacia Irak a mitad de año, y consolidó su poder. 

Conocido primero como Isis, luego como Isil (por Estado Islámico de Siria y el Levante) y ahora como Estado Islámico, el auge del grupo se debe en parte a la figura de Abu Bakr al-Baghdadi, quien escogió como alias el nombre del primer califa, llamado Abu Bakr, y escogió el negro como color para recordar los grandes tiempos de los califatos medievales. Timothy Furnish, Ph.D en temas de islam del sitio MahdiWatch le contó a SEMANA que “este elemento histórico le ha permitido a EI imponerse”. Varios analistas aseguran que al-Baghdadi es un gran estratega militar, un hombre frío y calculador, y eso es un gran atractivo para los jóvenes yihadistas que han engrosado las filas de EI. 

Según dijo a SEMANA Katharina Pfannkuch, periodista freelance alemana, experta en temas de Oriente Medio, “Abu Bakr al-Baghdadi se opone a las fuerzas que no acepta, y los musulmanes oprimidos ven la oportunidad de actuar con mayor poder. El hecho de que también sea conocido como el jeque invisible, podría atraer la curiosidad de los jóvenes”. Y por lo visto hasta ahora el califa del siglo XXI aún parece ser alguien invencible.

Por el califato mundial

El califato que Isis ha fundado en Oriente Medio es una institución retrógrada y fanática.

A la vasta zona que controlan entre Siria e Irak, los terroristas de Isis le han dado el nombre de ‘califato’, un sistema de gobierno basado en la teocracia y cuyo nombre evoca los extensos territorios conquistados por Mahoma y sus primeros herederos durante los siglos VII y VIII.

La principal diferencia entre los califatos clásicos y el resto de los gobiernos musulmanes  consiste en que los primeros buscan reunir bajo un mismo gobierno a todos los musulmanes de la Tierra. En la versión de Abu Bakr al Baghdadi, esa premisa se ha llevado al extremo, por lo que sus militantes buscan además eliminar a los miembros de otras religiones, como los judíos, los católicos o los yazidíes, e incluso a los musulmanes que no pertenezcan a su confesión, como los chiítas. A su vez, destruyen los textos, los templos y todas las representaciones artísticas que no coincidan con su lectura del islam. Bajo su mandato, las mujeres han perdido de la noche a la mañana todos sus derechos y las violaciones y el sometimiento a la esclavitud se han vuelto la norma.

Pero más allá de ese fin inmediato, los terroristas de Isis buscan reconquistar todos los territorios antiguamente controlados por musulmanes, incluyendo la península ibérica, India, Asia Central, y algunas zonas de Europa del sur. En ese sentido, al Baghdadi y sus radicales podrían estar pensando en recrear el califato que se desarrolló entre los años 632 y 661, que se extendió desde Portugal hasta India y desde el desierto del Sahara hasta las cimas del Cáucaso. 

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