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| 9/9/2006 12:00:00 AM

La guerra sin fin

Un lustro después del ataque al World Trade Center, el mundo es menos seguro que cuando el Presidente de Estados Unidos lanzó su interminable 'guerra contra el terrorismo'.

"En cualquier lugar que estéis, os alcanzará la muerte, incluso en elevadas torres". El 11 de septiembre de 2001, Osama Ben Laden repitió tres veces esta frase de la cuarta sura del Corán en un discurso grabado mientras 19 hombres se preparaban para secuestrar cuatro aviones y perpetrar el peor ataque terrorista de la historia. A las 8:45 de aquella mañana, el vuelo 11 de American Airlines, un Boeing 767, impactó la torre norte del World Trade Center, el símbolo del capitalismo y el poder financiero estadounidense. Dieciocho minutos después, millones de personas en todo el mundo observaron asombradas, en vivo y en directo, cómo el segundo avión, el vuelo 175 de United Airlines, se estrelló contra la torre sur.

Mientras los televidentes veían a cientos de empleados que preferían saltar al vacío antes de ser consumidos por las llamas, un tercer vuelo, el 77 de American Airlines, chocó contra el Pentágono. Potenciales objetivos como la Casa Blanca y el Capitolio fueron evacuados. Todos los vuelos comerciales del país fueron cancelados minutos antes de que la torre sur colapsara. Y todavía un cuarto avión, el vuelo 93 de United Airlines, se estrelló en Pensilvania sin alcanzar su objetivo de la Casa Blanca. Minutos después, la torre norte también se desplomó, sepultando a cerca de 3.000 personas en medio de la inmensa nube de polvo y cenizas que cubrió a la isla de Manhattan.

Cinco años y dos guerras después, los republicanos han ganado dos elecciones en Estados Unidos, Ben Laden sigue libre, el Ejército norteamericano se encuentra empantanado en Irak y la superpotencia mundial es cada vez más impopular en el mundo.
La respuesta

Los ataques fueron interpretados como una declaración de guerra, aunque en realidad Ben Laden, la cabeza de Al Qaeda detrás de los atentados, ya había anunciado sus intenciones desde 1998 con su 'Declaración del frente mundial islámico para librar la guerra santa contra los judíos y los cruzados'. Nadie estaba a salvo. Por primera vez desde el episodio de la crisis de los misiles, en 1962, cuando el mundo estuvo a punto de presenciar un intercambio nuclear entre las dos potencias de la Guerra Fría, los estadounidenses se sintieron verdaderamente amenazados en su propio suelo. En palabras de la revista The Economist, "los ataques trajeron un abrupto final a las 'vacaciones de la historia' que siguieron a la caída de la Unión Soviética. También trajeron un abrupto final para el sentido norteamericano de invulnerabilidad: con todo su poder militar, el país estaba indefenso ante ataques de fanáticos que se refugiaban en cuevas en Afganistán".

El presidente George W. Bush, que se enteró de los acontecimientos mientras leía un cuento infantil a unos niños en Sarasota, Florida, declaró ese mismo día la Guerra contra el Terrorismo. La caída de las Torres Gemelas produjo en los días siguientes un sentimiento de nacionalismo y unidad pocas veces visto. El 12 de septiembre, las megatiendas Wal-Mart vendieron 250.000 banderas. El Congreso dejó atrás las diferencias partidistas, los índices de aprobación del Presidente pasaron del 50 al 90 por ciento y expresiones de solidaridad llegaron de todos los rincones del planeta. "Todos somos norteamericanos", tituló el diario francés Le Monde.

Cuando los ataques desnudaron la vulnerabilidad de Estados Unidos, el gobierno republicano, hasta entonces aparentemente más preocupado por el crecimiento de la economía, se embarcó en una guerra sin fronteras. El Presidente y sus halcones neoconservadores promulgaron la 'doctrina Bush', que rezaba que no habría distinciones entre los terroristas y aquellos que los patrocinaran, y que Estados Unidos no iba a esperar el próximo ataque; iría tras sus enemigos. Su frase aún resuena: "O están con nosotros, o en contra nuestra".

La cacería del terrorista saudí no se hizo esperar. El 7 de octubre, el gobierno de Bush lanzó en Afganistán, el refugio de Ben Laden, la Operación Libertad Duradera, el primer episodio de su Guerra contra el Terrorismo. La ofensiva estaba justificada y recibió un respaldo mayoritario de los propios estadounidenses y de la comunidad internacional. Con el apoyo del Reino Unido, Estados Unidos bombardeó Afganistán y ayudó a los grupos rebeldes. La campaña fue rápida y el 6 de diciembre Kandahar, el último bastión de los talibanes, se rindió. La misión consiguió cambiar el régimen y desmantelar los campos de entrenamiento de Al Qaeda, pero fracasó en el objetivo de capturar al cerebro del 9-11, a sus lugartenientes, y al mullah Mohammed Omar, líder de los Talibán, que hoy luchan desde la clandestinidad.

La ofensiva no se limitó a Afganistán. Para el gobierno norteamericano, el 11 de septiembre constituyó tanto una crisis como una oportunidad para extender su influencia. La decisión del gobierno Bush fue un giro en la política exterior de Washington, que siempre se había abstenido de intervenir directamente sobre otro país, así este estuviera gobernado por un régimen hostil, si ello podía desestabilizar la región. Por esa razón, George Bush padre no había derrocado a Saddam Hussein en la guerra de 1991. Esa cauta realpolitik dio paso al convencimiento de que, apoyado en su poderío militar, Estados Unidos podría emprender una campaña global de liberación. Bush no había sido elegido por sus credenciales en política exterior, pero los neoconservadores en el gobierno, con el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, a la cabeza, vieron la oportunidad de saldar cuentas con Hussein y cambiar el statu quo en Oriente Medio, una región estratégica por sus recursos energéticos. Según reportes de prensa, ya desde los días posteriores al ataque, Paul Wolfowitz, entonces subsecretario de Defensa, argumentó reiteradamente que deberían bombardear Irak en lugar de Afganistán.

Fue así como la estrategia Nacional de Seguridad, publicada en 2002, estableció el derecho de Estados Unidos a lanzar "ataques preventivos" contra "amenazas emergentes" antes de recibir cualquier agresión. En el discurso del estado de la Unión, en enero de ese año, Bush etiquetó a Irán, Irak y Corea del Norte como "el eje del mal". Aunque ninguno de esos países estuvo directamente implicado en el 9-11, los acusó de apoyar el terrorismo y buscar armas de destrucción masiva.

Con pruebas de inteligencia que hoy se saben falsas, Washington argumentó que Saddam, debilitado tras la primera guerra del golfo, buscaba armas de destrucción masiva y tenía que ver con los ataques de Nueva York. El ataque parecía inminente, pero ante la fragilidad de las pruebas, se encontró con el rechazo de la opinión pública mundial y la oposición de países como Francia y Alemania, a quienes la Casa Blanca etiquetó como 'la vieja Europa'. Rusia y China también se resistían, mientras Gran Bretaña, el aliado incondicional, España e Italia apoyaban la intervención militar. Sabiendo que no conseguiría el apoyo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, y en contra de los informes del Organismo Internacional de la Energía Atómica (Oiea) que descartaban que Irak tuviera las armas que nunca aparecieron, Washington decidió lanzar el segundo capítulo de su guerra contra el terror. La campaña 'Libertad de Irak' tenía el fin de establecer una democracia secular y pro occidental que serviría de ejemplo a Oriente Medio.

El 20 de marzo de 2003 se inició el bombardeó sobre Bagdad y menos de dos meses después, Bush, vestido de piloto, anunció el final de las operaciones militares en Irak. Pero en realidad la campaña apenas empezaba. La insurgencia que enfrentó la coalición al comienzo parecía integrada por tropas leales a Saddam con el apoyo de terroristas extranjeros relacionados con Al Qaeda, pero con el paso del tiempo se desarrolló una guerra sectaria entre la minoría sunita y la mayoría chiíta. El espiral de violencia no cesa. El país parece caerse a pedazos y un centenar de iraquíes mueren cada día.

Pecados de guerra

En el camino, Estados Unidos ha perdido la legitimidad moral con la que arrancó la Guerra contra el Terrorismo. En estos cinco años la administración extendió los poderes del Ejecutivo, para tomar medidas como monitorear llamadas sin permiso judicial y establecer tribunales militares sin autorización del Congreso. Los sospechosos de terrorismo fueron enviados a la prisión de Guantánamo, en Cuba, para escapar de la jurisdicción de las cortes estadounidenses y mantenerlos en un limbo jurídico, sin cargos y sin abogados. La Casa Blanca argumentó que la convención de Ginebra contra la tortura no se aplicaba a esos "combatientes ilegales" de la guerra contra el terrorismo. Como bien lo ilustra Michael Ignatieff, ex director del centro de la Universidad de Harvard para derechos humanos, "es la respuesta al terrorismo, más que el terrorismo en sí mismo, lo que más daño ha hecho a la democracia".

A Guantánamo se sumaron los excesos de las tropas norteamericanas en Irak y las torturas de la cárcel de Abu Ghraib, entre otros escándalos. Las 'rendiciones extraordinarias', un eufemismo para describir el secuestro de sospechosos de terrorismo que eran llevados en vuelos secretos de la CIA a países tolerantes con la tortura para ser interrogados, causaron fuertes fricciones entre Washington y los gobiernos europeos.

Pero, a pesar de todas sus argucias, los halcones han encontrado contrapesos en las cortes. El pasado 29 de junio, un fallo de la Corte Suprema estableció que los tribunales especiales que la Casa Blanca había diseñado para esquivar la convención de Ginebra eran ilegales, a menos que contaran con el visto bueno del Congreso.

En las últimas semanas, y de cara a las elecciones legislativas de noviembre, Bush ha iniciado una campaña mediática para cobrar logros de la guerra contra el terrorismo y agitar una bandera que en el pasado le aseguró la reelección y las mayorías legislativas. El miércoles, por primera vez reconoció (y justificó) la existencia de prisiones secretas de la CIA y anunció que 14 importantes terroristas serían trasladados de estas a Guantánamo. Mientras los demócratas esperan hacer de las elecciones un referéndum sobre el desastre que es Irak, el presidente ha vuelto a hablar de la guerra global contra el terrorismo y los 'islamofascistas'. Para esquivar la asociación entre Irak y Vietnam, explican los analistas, Bush trata de equiparar su ofensiva con la Segunda Guerra Mundial.

¿Un lugar más seguro?

El texano afirma estar ganando la guerra contra el terrorismo. Una conclusión similar arroja la comisión que elaboró el reporte sobre los atentados de Manhattan: "por las acciones ofensivas contra Al Qaeda desde el 9-11, y accciones defensivas para mejorar la seguridad interna, creemos que hoy estamos más seguros".

Se apoyan en el hecho de que no haya habido otro atentado de envergadura en Estados Unidos. Pero en el mundo los atentados terroristas se han multiplicado no sólo en Kabul y Bagdad, sino también en el corazón mismo de las capitales occidentales. Atentados como los de Madrid (marzo de 2004, 191 muertos) y Londres (julio de 2005, 56 muertos) demostraron que el terrorismo islámico vinculado a Al Qaeda ha sufrido una mutación.

El grupo de Ben Laden se ha ido transformando de una organización con una clara cadena de mando y un amplio presupuesto operativo, en algo más parecido a un movimiento ideológico. Pasó de tener campos de entrenamiento en Afganistán a inspirar a individuos o pequeños grupos a lanzar ataques sin apoyo alguno. Incluso, como ocurrió en los atentados de Londres, motivó a ciudadanos británicos, de ascendencia musulmana, a atentar contra su propio país. Los líderes como Ben Laden y Ayman al Zawahiri, el número dos de Al Qaeda, se acercan más a predicadores de una jihad global que a generales que dan órdenes directas. La visibilidad mediática y la Internet les permiten instigar los ataques y, en ese contexto, Irak ha probado ser una poderosa herramienta de reclutamiento para Al Qaeda. Este año al Zawahiri ha hecho 11 videos, y Ben Laden, seis, más que el total de los cuatro años anteriores. La inteligencia europea estima que unos 1.000 musulmanes de países del viejo continente han viajado a Irak para pelear en contra de las fuerzas de la coalición. En la guerra el enemigo está claramente definido; combatir una ideología es más difícil.

"Las medidas defensivas que Al Qaeda ha tomado para protegerse han creado una organización menos centralizada y coordinada. La proliferación de células locales resultantes crea una amenaza menos letal pero más dispersa. Así que deberíamos esperar más atentados de la escala de Madrid o Londres incluso si el número de ataques en la escala del 9-11 se mantiene bajo", dijo a SEMANA Stephen Biddle, experto en terrorismo del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos.

Los analistas coinciden en que el próximo ataque en territorio estadounidense es sólo cuestión de tiempo. La revista Foreign Policy encuestó recientemente a un centenar de expertos en política exterior, tanto demócratas como republicanos, y el 84 por ciento manifestó esperar un ataque en la escala del 11 de septiembre en menos de una década. También es alarmante que la mayoría teme ataques suicidas con bombas, los cuales son baratos, impredecibles y difícilmente prevenibles.

El mismo George W. Bush recuerda constantemente que se trata de una guerra de largo aliento y, por su propia naturaleza, es difícil definir cuál será su final. Como dijo a SEMANA Beau Grosscup, profesor de relaciones internacionales en la Universidad de California y autor de Las nuevas explosiones del terrorismo, "la guerra contra el terrorismo ha tomado el lugar de la Guerra fría. La elite política saca provecho de mantener a Estados Unidos en un permanente estado alerta. La lucha contra el terrorismo durará mientras sirva a sus intereses, pues el terrorismo es, desafortunadamente, parte del comportamiento humano y un instrumento para los poderosos y los no tan poderosos".
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