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| 12/16/2006 12:00:00 AM

La guerra sin fin

La crisis entre Israel y Líbano estuvo a punto de extenderse a todo Oriente Medio. Al final, Irán emergió como la potencia decisiva en el Oriente Medio.

Como esos guerreros que han peleado mil batallas, el Líbano de hoy está lleno de cicatrices que todavía están muy lejos de ser curadas. La guerra del verano que lo enfrentó con Israel tiene al país sufriendo una grave crisis económica y bajo la sombra de una nueva guerra civil. Pero no solo en el Líbano son visibles las consecuencias de la guerra. Toda la región sufrió un reordenamiento en el que los máximos beneficiados fueron el grupo radical chiíta Hezbolá y, sobre todo, Mahmoud Ahjmadineyad, el incendiario presidente iraní convertido en el líder más influyente del área.

El 12 de julio, un comando de milicianos de la guerrilla chiíta Hezbolá entró a suelo israelí, secuestró a dos soldados de ese país y mató a otros ocho. Horas después, el comandante en jefe del Ejército de Israel, Dan Halutz, amenazó con hacer que Líbano retrocediera 20 años si Hezbolá no los devolvía. Aunque pudo sonar como simple retórica de guerra, los acontecimientos posteriores le dieron la razón.

Israel lanzó una ofensiva militar por tierra, mar y aire que dejó más de mil civiles muertos, graves daños en la infraestructura y cientos de poblaciones arrasadas en un país que empezaba a recuperarse de los 15 años de guerra civil que vivió entre 1975 y 1990. Hoy miles de personas siguen desplazadas, la mayoría de los jóvenes universitarios hacen largas filas en consulados extranjeros para poder salir del país y hay un rotundo cero en su tasa de crecimiento económico.

Es cierto que Israel respondió a una agresión y también sufrió algunas bajas, pero la comunidad internacional calificó de desproporcionada su reacción. Al mismo tiempo se evidenció la inoperancia de una ONU maniatada por el poder de veto de Estados Unidos, país que bloqueó las primeras resoluciones de cese del fuego en el Consejo de Seguridad para defender el interés de Israel.

Este no era otro que la destrucción total de Hezbolá, que busca borrar del mapa al pueblo judío y que es financiado por el máximo enemigo de Israel y Estados Unidos en la región: Irán. Se cree que la guerrilla incursionó en Israel con el ánimo desviar la atención del tema nuclear iraní que se iba a discutir en la cumbre del G-8 en Rusia y no para buscar un canje de prisioneros ni para demostrar solidaridad con los palestinos de Hamas, como en su momento lo afirmó Hasan Nasralá, líder de Hezbolá,

Con las primeras incursiones terrestres del Ejército de la estrella de David quedó claro que destruir a Hezbolá no iba a ser tan fácil como pensó el alto mando israelí en un principio. Además, se empezó a hablar de la posibilidad de una guerra regional en caso de que Irán y Siria, países que habían firmado un acuerdo de mutua protección y que patrocinan a Hezbolá, fueran agredidos o decidieran intervenir.

A Estados Unidos no le convenía la apertura de un nuevo frente en Irán, ya que esto le complicaría aun más la situación en Irak, en donde las mayorías chiitas no dudarían en intensificar el baño de sangre para respaldar al país de los ayatolas. A eso se sumaba que en el vecindario comenzaron a gestar solidaridades impensables antes de la guerra y que ponían aun bajo mayor amenaza a Israel. La milicia chiíta se ganó la simpatía de varias facciones radicales sunitas, empezando por la de Al Qaeda, y se empezó a establecer una especie de frente común en donde las diferencias entre los propios musulmanes se borraron.

Con ese panorama, la tan esperada Resolución 1701 de la ONU llegó un mes después del inicio de la sangría, tras una febril actividad diplomática, y el 14 de agosto se decretó el cese del fuego. Los cascos azules de la ONU y el Ejército regular libanés tomaron el control de la zona, al tiempo que Hezbolá inició su repliegue. Inmediatamente empezaron las evaluaciones, y todas las partes proclamaron su victoria.

Israel se declaró vencedor, ya que logró el establecimiento de una zona de seguridad en el sur de Líbano y detener los ataques sobre su territorio. Así lo ve el analista judío Gustavo Perednik: "Lo único que consiguió Hezbolá fue destruir una buena parte de Líbano. Por lo tanto, perdió. Así mismo, la ONU y el Ejército libanés se han hecho cargo del sur del país, una señal de buen augurio", le dijo a SEMANA.

Pero muchos creen que Israel fue el gran perdedor. Edgard L. Peck, ex jefe del cuerpo diplomático de Estados Unidos en Irak y miembro en varias oportunidades del servicio exterior de su país, dijo en charla con esta revista que "Israel perdió militarmente, pero también en las áreas política, sicológica y de opinión pública. Y esto no sólo en Israel, sino también en todo el mundo musulmán. Su aura de superioridad militar fue altamente deteriorada". Esto parece ratificarse con las críticas que le llovieron en su propio país al primer ministro israelí, Ehud Olmert, y a su ministro de Defensa, Amir Peretz, a quienes se les reprocharon sus errores estratégicos.

Estados Unidos tampoco salió bien librado, y su unilateralismo en la ONU le demostró una vez más al mundo el desprecio que tiene por el sistema internacional cuando choca con sus intereses.

Hezbolá no sólo no fue derrotado sino que hoy es un movimiento mucho más relevante. Aunque perdió buena parte de su infraestructura y su movilidad, ganó respaldo popular en su país y en todo el mundo islámico, en donde se convirtió en símbolo de la resistencia antisionista y antiimperialista. Stephen Zunes, profesor de ciencia política de la Universidad de San Francisco, le dijo a SEMANA que "esta guerra será recordada como un descalabro militar y una farsa moral de parte de Estados Unidos e Israel, que quedaron más aislados mientras los radicales de Hezbolá son más populares".

Esa popularidad causó en los últimos meses una nueva crisis doméstica en Líbano, ya que Hezbolá podría pasar a liderar el gobierno o por lo menos a convertirse en el partido más influyente de su país. Algo similar a lo ocurrido con Hamas en Palestina y que dejaría a Israel rodeado de sus peores enemigos. Las recientes manifestaciones de seguidores de Hezbolá que piden la cabeza del primer ministro pro occidental, Fuad Siniora, y el establecimiento de un gobierno de unidad nacional en el que los rebeldes chiítas sean los protagonistas es la principal prueba del poder que adquirieron.

Otro que puede presumir de su triunfo es el presidente iraní, Mahmoud Ahjmadineyad, tal vez el primer beneficiado de la guerra. Robusteció su imagen como líder del mundo islámico, tanto entre los mismos chiitas como entre los sunitas, que en teoría deberían ser sus enemigos históricos. "Ahjmadineyad está en la cresta de la ola y goza de gran popularidad. Irán emergió como el principal factor en la política iraquí y como el mayor poder en Oriente Medio. Hoy muchos hablan del renacimiento chiíta y del moribundo nacionalismo árabe", explicó en charla con SEMANA el profesor de historia de la Universidad Central de Michigan John Robertson.

La mayoría cree que la guerra de Líbano se terminó con el cese del fuego, pero todos saben que continúa y que los radicalismos ahora están más extendidos y, peor aun, gozan de más poder. En el asesinato del ministro de Industria antisirio, Pierre Gemayel, el pasado 21 de noviembre, muchos vieron manos criminales extranjeras, y mientras unos culparon a Damasco, otros le echaron el agua sucia a Tel Aviv. Lo único claro es que este país sigue siendo el campo de batalla en donde países como Irán, Siria, Israel y Estados Unidos miden sus fuerzas en la región.
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