Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2009/12/19 00:00

La guerra y la paz

La presidencia de Barack Obama reconcilió a su país con el mundo. Su primer año de gobierno le dejó un discutido Nobel, pero dos guerras abiertas y demasiados frentes sin resolver.

Obama juró como presidente el 20 de enero, sobre la misma Biblia en que lo había hecho Abraham Lincoln

A punto ya de cumplirse el primer año de gobierno de Barack Obama, los analistas en Estados Unidos empiezan a hacer los balances del caso. De entrada, parece haber cierta unanimidad: desde el 20 de enero de 2008, el primer Presidente negro de la historia norteamericana ha dejado discursos elocuentes, un mejor tono en la forma de hacer política, un Nobel de la Paz muy discutido y varias incógnitas de las cuales dependerán su futuro y el del resto del mundo.

A lo largo de estos meses, Obama ha marcado un contraste con su antecesor, George W. Bush. Empezó el mismo día de su posesión, cuando congeló los salarios de los empleados de la Casa Blanca y continuó pocas horas después, cuando prohibió los métodos violentos para interrogar a los sospechosos de terrorismo que están presos en la base militar de Guantánamo. Por si fuera poco, en esa fecha Obama también dijo que iba a cerrar la prisión. Ese anuncio fue reforzado el pasado 13 de noviembre, cuando el fiscal general, Eric Holder, que ocupa la cartera de Justicia, anunció formalmente que cinco de los responsables de los atentados contra las Torres Gemelas, encabezados por Khalil Sheik Mohammed, serán juzgados por un tribunal en Nueva York y no en el limbo jurídico de Guantánamo.

Otro punto de quiebre de Obama con respecto al pasado ha sido su cambio de tono en las relaciones con el mundo islámico. En 11 meses y medio, el Presidente ha dado un giro de 180 grados con respecto al estilo bronco de Bush. Su primera gran entrevista televisada se la concedió a un canal árabe, la cadena egipcia Al Arabiya. Poco después, en abril, Obama aterrizó en el Air Force One en Ankara y manifestó ante el Parlamento turco que "Estados Unidos no está en contra de los musulmanes". Algo semejante señaló dos meses más tarde en el aula máxima de la Universidad de El Cairo, donde fue aplaudido largamente por los estudiantes.

El desarme nuclear ha constituido otro punto de preocupación de Obama. En julio, se reunió con el presidente de Rusia, Dimitri Medvedev, para suscribir un pacto por el cual disminuirán hasta un 30 por ciento sus arsenales. Eso significa que sólo podrán tener 1.100 misiles en submarinos y 1.675 ojivas. Por otro lado, Obama suspendió en septiembre los planes del escudo antimisiles en Europa del Este compuesto por una decena de interceptores de misiles en Polonia y una serie de radares en la República Checa, un proyecto que era fuente de tensiones con Moscú. Ese escudo, en teoría, buscaba defender la región de los posibles misiles lanzados por Irán, por lo cual Varsovia y Praga reaccionaron con cierto descontento.

Con respecto a las dos guerras que heredó de Bush, la de Irak y la de Afganistán, Obama ha tomado determinaciones de fondo. Sólo cinco semanas después de su posesión, indicó que iba a comenzar la repatriación de las tropas desde el territorio iraquí, donde hay unos 130.000 soldados gringos, y agregó que para el año 2011 no habrá mayor presencia norteamericana en esa zona. Sus palabras fueron una bocanada de aire fresco para los norteamericanos que lamentan los casi 4.300 hombres muertos en una guerra cuyo costo económico puede alcanzar, según cálculos de The Washington Post, tres billones de dólares.

Si el conflicto en Irak se ha convertido en un lío monumental para Obama, el de Afganistán se le ha enredado mucho más. El pasado primero de diciembre, el Presidente dijo en un discurso en la Academia Militar de West Point que va a enviar 30.000 hombres más a territorio afgano, en donde hay 70.000. No tenía otra alternativa, según su comandante en Kabul, el general Stanley McChrystal, pues los talibanes han vuelto a sus andadas, pero con esta decisión Obama convirtió la de Afganistán en "su guerra", como anotó la revista Time. Ya no es sólo culpa de Bush. No será un tema fácil. La guerra en territorio afgano es ya la tercera más larga que ha librado Estados Unidos en toda su historia, sólo superada por la de Independencia contra el imperio británico en el siglo XVIII y la de Vietnam a mediados del siglo XX. Y como si fuera poco, Obama le ha mantenido su apoyo al presidente afgano, Hamid Karzai, reelegido en unos comicios muy dudosos.

Más allá de sus fronteras, el Presidente gringo tiene otros asuntos pendientes. Aunque en junio le dijo al primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, que una solución al conflicto de Oriente Próximo pasa porque ese país reconozca al Estado palestino, los avances han sido mínimos. Igual de empantanadas andan las negociaciones con Irán, que insiste en enriquecer uranio, y con el dictador de Corea del Norte, Kim Jong Il, que se empeña en hacer pruebas con misiles. Y ni hablar de América Latina, una parte del mundo a la que Obama no le ha parado muchas bolas: sólo México y Brasil le han llamado la atención. Otra asignatura en veremos ha sido el libre comercio. El Presidente gringo no ha hecho el menor esfuerzo por insistirle al Congreso para que apruebe los tratados que sobre la materia firmó Bush con Colombia, Panamá y Corea del Sur.

En el frente interno, Obama está cerca de lograr la histórica reforma a la sanidad, que era su principal bandera en la campaña. Sólo le falta el apoyo de tres o cuatro senadores para lograr que unos 30 millones de personas, es decir, el 10 por ciento de la población de Estados Unidos, consigan cobertura total en salud. La oposición legislativa tiene que ver con que la reforma costaría unos 85.000 millones de dólares al año que saldrían de un aumento de impuestos a quienes ganen más de 250.000 dólares anuales, y eso, a un año de las elecciones al Congreso, no es popular en ninguna bancada. Lo triste es que a los legisladores parece no importarles que más de 45.000 personas mueren anualmente porque carecen de un seguro. Ningún otro país del mundo desarrollado sufre un fenómeno semejante. ¿Y la economía? Obama recibió una situación crítica, puso en marcha un plan de estímulo de más de 700.000 millones de dólares, y el desempleo, aunque supera el 10 por ciento, se empieza a reducir en más de la mitad de los estados.

Pero así como en otras latitudes la popularidad de Obama es altísima, en Estados Unidos ha caído poco a poco, al punto de bajar del 50 por ciento en los últimos sondeos. Como le dijo a esta revista Kemal Dervis, vicepresidente de The Brookings Institution, "la solución de tantos problemas requiere tiempo y el respaldo del Congreso y de las Cortes".

Comoquiera que sea, los observadores piensan que Obama ha sido un hombre razonable y ha implantado un tono dialogante en las relaciones internacionales. Pero su futuro es un dilema. Así como en la reciente ceremonia de entrega del Nobel de la Paz tuvo que justificar la guerra, deberá demostrar que una diplomacia silenciosa y comprensiva puede lograr rápidamente los resultados que le están pidiendo no sólo los 300 millones de norteamericanos, sino miles y miles de personas en el resto del mundo.

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