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| 11/12/2011 12:00:00 AM

La guerra secreta

Las filtraciones de un posible ataque israelí se presentan luego de una campaña silenciosa contra el programa nuclear iraní. Es una historia digna de John le Carré.

Los reiterativos vientos de guerra contra Irán han terminado por tomar mayor vuelo en las últimas semanas, como consecuencia de una ola de filtraciones que parecen tener un objetivo único: confirmar que la República Islámica y su programa nuclear son una amenaza para la estabilidad del mundo y que, por consiguiente, hay que detenerlos cuanto antes. Incluso con un ataque militar.

Según publicó la prensa de Tel Aviv días atrás, el primer ministro Benjamín Netanyahu, y el ministro de Defensa Ehud Barak, estarían buscando apoyo en el Parlamento para atacar las instalaciones nucleares de Teherán. También se conoció que la Fuerza Aérea Israelí había realizado una serie de maniobras aéreas sobre la isla italiana de Cerdeña, donde, según algunas versiones publicadas, habrían probado uno de sus misiles de largo alcance. 

El momento de buscar consenso para atacar a Irán no podía ser más propicio. La Organización Internacional de Energía Atómica (OEAI) estaba a punto de publicar un detallado informe en el que aseguraría, entre otras cosas, que Irán estaría en capacidad de construir armas nucleares en caso de decidirlo. "No lo ha decidido aún", dice el informe, que finalmente fue publicado el martes pasado. Pero ni esta aclaración ni las afirmaciones del gobierno iraní según las cuales su programa es estrictamente para fines civiles parecen importar en Tel Aviv. La simple posibilidad de que los iraníes puedan acceder a una bomba atómica es una razón más que suficiente para crear alarma entre cierto sector de los líderes que llevan años tratando de detener ese programa. 

La historia de esta lucha secreta es digna de una novela de John le Carré, en la que cualquier estrategia es válida para detener al enemigo. Las sospechas de que Israel y también Estados Unidos, según aseguran los iraníes, estarían llevando esa campaña silenciosa se empezaron a configurar a comienzos de 2010. El 12 de enero, el científico Massoud Ali Mohammadi, una de las personas de mayor experiencia dentro del programa nuclear iraní, murió cuando una moto bomba estacionada cerca de su coche explotó tras ser activada a larga distancia. Teherán señaló de inmediato a Tel Aviv y Washington de estar detrás del asesinato.

Lo mismo se hizo en noviembre cuando, en un asalto coordinado, otros dos importantes científicos y profesores universitarios fueron atacados en diferentes partes de la ciudad. En esa oportunidad, dos hombres que se transportaban en moto pegaron un par de bombas en los vehículos en los que se transportaban los científicos con sus esposas. Las consecuencias para ambos fueron diferentes. Mientras Majid Shahriari murió, Fereidoun Abbasi y su mujer lograron salvarse al saltar del carro. Abbasi fue nombrado tiempo después en el puesto de director de la Agencia Nuclear Iraní y también es uno de los vicepresidentes del gobierno.

"Ellos quieren bloquear nuestro progreso científico", dijo entonces el ministro de Interior, Mustafa Mohammad Najjar, que acusó a las agencias de inteligencia de Israel (Mossad) y Estados Unidos (CIA) de estar detrás de los asesinatos. Y repitió la acusación el 23 de julio pasado, cuando fue asesinado Dariush Rezai, otro científico vinculado al programa. La situación ha obligado a muchos científicos iraníes a vivir hoy en la clandestinidad.

Y como si esta serie de ataques no fuera ya escabrosa, a mediados del año pasado se conoció que la planta nuclear de Natanz, 250 kilómetros al sur de Teherán, había sido atacada por un virus sin precedentes al que se le dio el nombre de Stuxnet, en la primera gran operación bélica cibernética de la historia. Este virus, sin ser detectado, afectó el sistema de centrifugadoras con el que se enriquece el uranio y paralizó la planta por un tiempo. El daño fue tan evidente que el presidente Mahmud Ahmadineyad reconoció públicamente el ataque, pero aseguró también que habían logrado controlarlo.  

Y es que después de esta guerra secreta contra la República Islámica, queda claro que Israel no tiene intenciones de ceder en su propósito de detener el programa nuclear iraní bajo cualquier precio. Y aunque ningún país, y en especial Estados Unidos, parece estar decidido a respaldarlo en u n ataque militar, algunos analistas no dan por descartado que  Tel Aviv decida llevar una acción bélica por su cuenta. Suena a locura, pero el debate que se ha producido en el propio Israel indica lo contrario.
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