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| 5/21/1984 12:00:00 AM

"LA HORA DE LOS ASESINOS"

La periodista Claire Sterling da a conocer los resultados de su investigación sobre el atentado a Juan Pablo II

"Los servicios búlgaros, actuando por cuenta de la KCB, complotaron en el intento de asesinato del jefe de la Iglesia Católica", pero los regímenes occidentales y "hasta los peores enemigos de los soviéticos en Washington" hicieron todo lo posible para declararlos inocentes. Estas son las conclusiones a las que llegó la periodista norteamericana Claire Sterling tras una investigación sobre el atentado contra el Papa. Iniciada en otoño de 1981, revelada en parte en 1982 en la revista Reader's Digest, este trabajo ha sido publicado ahora en un libro La hora de los asesinos, cuya edición francesa salió el mes pasado.
En él la periodista explica en detalle como reconstruyó--siguiendo varias pistas y los desplazamientos, paso a paso, de Alí Agca a través de Europa y otros países--, la anatomía del complot del 13 de mayo de 1981 en la Plaza de San Pedro. Porque para Claire Sterling no hay dudas: Alí Agca, como lo afirmó el primer juez que lo vio, Luciano Alfelisi, no actuó solo.
Varios signos son, según ella, evidentes. Las instrucciones precisas escritas en turco encontradas en sus bolsillos. La reservación de una habitación en la pensión Isa hecha por alguien que hablaba perfectamente italiano; el falso pasaporte hecho a nombre de Faruk Ozgun; los cincuenta mil dólares gastados por Alí Agca durante su largo viaje por seis paises europeos y el norte de Africa antes de llegar a Roma; su "evasión" el 25 de noviembre de 1979 de la fortaleza Kartal-Maltepe en donde había sido encarcelado por haber asesinado, ocho meses antes, al periodista más popular en Turquia: Abdi Ipekci.
¿Por qué confesó fácilmente ese crimen --se pregunta la Sterling- quien debia ser sancionado con la pena capital? ¿Quién lo entregó mediante una llamada anónima a la policia? ¿Por qué nadie reclamó los doscientos mil dólares prometidos por la Asociación de Periodistas Turcos a quien ayudara a encontrar al asesino? ¿Por qué los jueces lo condenaron aunque Agca dio tres versiones del crimen? ¿Cómo pudo escaparse de la cárcel más segura del país logrando atravesar ocho puertas bien vigiladas? ¿Por qué, en fin, ese asesino de extrema derecha había confesado, sin precisar, haber pasado cincuenta días en Bulgaria? ¿Se trataba de una señal enviada a alguien? ¿A quién? Claire Sterling inició su investigación a partir de dos nombres: Omer Mersan, delatado por Alí Agca, y Omer Ay que figuraba al lado del asesino en las fotos tomadas en el momento del atentado. En Turquía, la periodista descubre que la policía consideraba que Ay era uno de los dirigentes de la organización de extrema derecha "Los lobos grises" y lo buscaba por dos hechos: ser el instigador de dos crímenes y haber suministrado el falso pasaporte a Ali Agca.
Más tarde, Claire Sterling supo que otros dos jefes de "Los lobos grises", Oral Celik y Abdullah Catli, se habían encargado de Ali Agca tras su evasión y le habían piloteado en Turquía y durante su viaje por Europa.
Según la policía de Ankara, los dos hombres trabajaban con la mafia turca. Catli era buscado en Turquía por el asesinato de siete sindicalistas de izquierda en Balgat. Mersan, por su parte, era el principal colaborador de Fikri Kicakerim, un hombre que trabajaba con los padrinos de la mafia turca Bekir Celenk y los hermanos Abuzer y Mustafá Urgulu.
Los datos recopilados por Sterling en Turquía y otras capitales europeas, indicaban otro hecho: la mafia turca había establecido su cuartel general en Sofía y organizado su contrabando de armas, droga y otros artículos a través de la sociedad búlgara Kintex.
No se trataba, en realidad, escribe la periodista, de un descubrimiento.
Diez años antes unos periodistas de Newsday habían mostrado en el libroThe heroin trail que la sociedad búlgara Kintex tenía que ver en el tráfico de droga. Sterling recuerda igualmente, que durante su investigación el periodista turco Ugur Muncu--un hombre de izquierda que la había atacado por haber relacionado, en su anterior libro La red del terror, a Bulgaria con el terrorismo en Turquia--llegó a las mismas conclusiones en su libro El contrabando de armas y el terrorismo.
Otros indicios, precisados en la primera parte del libro, permiten a Claire Sterling formular su primera acusación: soviéticos y búlgaros se sirvieron de la mafia turca para intentar asesinar al Papa. Alí Agca fue escogido, afirma, porque poseia un perfil ideal: por venir de un país musulmán muchos pensarían en la obra de un "fanático", por no tener ninguna relación con un país comunista y ser conocido como un asesino de extrema derecha. ¿Las razones de esa decisión? Los soviéticos comprendieron, sostiene Sterling, el desafío lanzado por el Papa a su hegemonía sobre Europa Oriental y a la jerarquia comunista en la Unión Soviética. El movimiento de Solidaridad en Polonia y la llegada de Khomeini al poder les hizo pensar que la frase de Stalin, "¿Cuántas divisiones tiene el Papa?" podía ser una realidad.
Claire Sterling cita, por otra parte la existencia de una carta que el Papa habría enviado a Brezhnev con un mensaje claro: si Rusia invade a Polonia, Juan Pablo II volverá a su país para estar al lado de su pueblo. El profesor Szajkowski, amigo íntime del prelado, dijo a la periodista haber leido en el diario El Cardenal, los términos de esa carta y cómo fue en viada. Pero el Vaticano no ha confirmado oficialmente su existencia. En la segunda parte de su libro la Sterling detalla las maniobras y campañas de prensa organizadas, según ella, por los gobiernos occidentales, la CIA en particular, para tratar de enterrar la tésis del complot y obligarla a renunciar a su encuesta. El mismo Vaticano, recuerda, evoca la posibilidad de un probable complot sólo 47 días después del atentado. "Los colegas que encontré en Washington, Nueva York, Los Angeles, San Francisco, parecían curiosamente molestos por lo que había escrito (en Reader's Digest tras nueve meses de encuesta). No cuestionaban los hechos. De eso no se hablaba. Parecían chocados por mi falta de tacto. Hablar mal de los rusos era bueno durante la época de McCarthy. Pero eso ya no se hacía".
La prensa, subraya Sterling mostrando numerosos ejemplos, y el gobierno, negaron la existencia de la "columna búlgara" incluso después de que el jefe de gobierno italiano, Amintore Fanfani, hubiera declarado ante el parlamento que esa columna "no era una simple hipótesis sino un hecho". A pesar de todo, escribe la periodista, la CIA hizo saber al gobierno italiano el "alto grado de escepticismo que sentía el gobierno americano". Sterling cuenta, así mismo, cómo otro "consejero técnico" de la embajada rusa en Roma, Frede Rid Vreeland, le hizo saber que según un informe confidencial en manos de los servicios secretos italianos, los búlgaros la habían incluído en una lista negra. Vreeland le recomendaba, pues, mantenerse al margen del asunto y dejar la ciudad. Sterling supo, gracias a sus contactos en los servicios secretos italianos, que tal informe existía pero que habia sido enviado por la embajada de los Estados Unidos en Roma...
La periodista norteamericana revela, de la misma manera, que los dirigentes de la CIA no ordenaron investigar sobre el atentado y que la mayor parte de servicios de contraespionaje en Europa se abstuvieron de ayudar a sus colegas italianos. El propio juez Martella, que instruye ese "dossier" le habria confesado haber esperado ocho meses antes de que los responsables norteamericanos lo autorizaran a viajar a ese pais para consultar al FBI e interrogar ciertas personas.
Sorprendentes, estas actitudes tendrían, según Claire Sterling, una explicación: los occidentales no quisieron demostrar que los soviéticos tuvieron que ver con el atentado contra el Papa. Hacerlo seria admitir que los responsables soviéticos han adoptado una política de asesinar a los dirigentes occidentales. ¿Qué política occidental podría estar a la altura de esa realidad? ¿Qué acuerdos podrían ser establecidos con los soviéticos en esas circunstancias? pregunta la autora de La hora de los asesinos.
Un hecho nuevo confirma parte de su investigación: las autoridades turcas iniciaron en Estambul el proceso de once miembros de la mafia turca acusados de complicidad en el asesinato--el 11 de febrero de 1979--del periodista Abdi Ipenci. La investigación ha mostrado que ese periodista de izquierda se disponía a publicar en su diario, Milliyet, una serie de artículos sobre la mafia en su pais. Entre los acusados se encuentra "el padrino" de la mafia turca Abuzer Argulo.
Los otros codetenidos han residido todos en Bulgaria.
La investigación del juez Martella, que SEMANA dará a conocer cuando sean publicadas sus conclusiones, al parecer confirmará los hechos descritos por Claire Sterling a lo largo de 314 páginas. ¿Esas dos investigaciones bastarán para declarar inocentes--como ellos lo reclaman--o acusar a los soviéticos de estar comprometidos en uno de los atentados más importantes de nuestro siglo?. En Europa, ese interrogante no ha encontrado, por ahora, una respuesta definitiva. -
José Fernández, corresponsal de SEMANA en París -
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