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| 8/30/1982 12:00:00 AM

LA HORA DE PAGAR

Después del desastre militar un desastre económico.

Mientras los soldados argentinos se congelaban, perdían
los pies en el hielo o simplemente morían bajo la certera metralla británica o en el fondo del Atlántico sur, durante esos mismos setenta y cuatro días que duró la guerra de las Malvinas la fiebre especulativa rompía todos los termómetros en el bunker bancario de Buenos Aires, ese "barrio chino" de 16 manzanas que los porteños llaman jactanciosamente "La City".
Por ejemplo, el caso del industrial J.G.R., fabricante de espejos retrovisores para automóviles, es uno de tantos en esta tragicomedia. El 1 de abril, víspera de la fugaz reconquista argentina de las Malvinas, cobraba unos 12.000 millones de pesos por una venta a la fábrica local de la Renault. Como sabía que la multinacional francesa no iba a comprarle nada más en mucho tiempo por culpa de la recesión, llevó su himalaya de pesos a la City y los "puso" en bonos externos o "Bonex" (papeles del Estado nominados en dólares). Con buen ojo eligió la serie 1981. El 14 de junio, mientras las tropas del general Mario Benjamín Menéndez se rendían en Puerto Argentino, J.G.R., vendía sus "Bonex" por 24.000 millones de pesos. Había duplicado su capital en setenta y cuatro días.

LA DANZA DE LOS MILLONES
Un puñado de datos basta para radiografiar el desastre de estos seis años de dictadura militar. El dólar en el mercado libre pasó de 25.500 a 40.000 pesos. La producción industrial retrocedió a los niveles de 1962. La ocupación industrial es igual a la de 30 años atrás.
La deuda exterior del país saltó de 7.875 millones de dólares a 40.700 millones (previsión para fines de 1982). Mientras el costo de vida subió 156,6 veces (más de 15.500%), los salarios industriales se multiplicaron por 85.5. Toda la industria automotriz del país produjo en mayo pasado 6.037 automóviles, mientras que en mayo de 1975 había lanzado al mercado 26.775 vehículos. En 1976 el pago de intereses por la deuda externa absorvió el 12.6% de las exportaciones, pero esa proporción había trepado ya al 35.7% en 1981 y debería desbordar el 50% este año.
Los trabajadores son, por supuesto, las grandes víctimas de este desastre económico. Según datos de la Universidad Argentina de la Empresa (Uade) el salario medio para obreros industriales no calificados es de 2,706 millones de pesos (50 dólares).
La participación salarial en el PIB (77% en USA, 65% de promedio en Europa) cayó al 30% o menos en la actualidad).
El resultado es un deterioro increíble en la calidad de la vida, una creciente proletarización de las clases medias y una pobreza en los estamentos más humildes, que roza la miseria en los grupos marginados y en las arruinadas economías de las provincias. Y esta situación es particularmente dramática en la legión creciente de desocupados que no se benefician de ningún seguro por falta de trabajo.
Según la estadística oficial, en abril la tasa de desempleo llegaba al 6%, la cifra más alta en una década. Pero estos datos consideran "ocupado" al obrero que trabaje al menos una hora en toda la semana. Por tanto, hay diversas fuentes privadas que estiman que, en lugar de los 587.000 desocupados que admite la estadística oficial, el número real se situaría en el millón y medio sobre una población laboral de 10.980.000.
En 1976, tras la caótica experiencia del populismo peronista, la consigna castrense para la economía fue la "apertura". En los países periféricos esto significa desproteger la industria local bajo el pretexto de obligarla a ser más eficiente en la competencia con los productos importados. El saldo suele ser casi siempre el mismo: los industriales no se tornan más eficientes, sino que dejan de ser industriales para volverse importadores.
Para el país como un todo, y dado que las exportaciones primarias son insuficientes e inestables, el esquema sólo puede funcionar mediante el crédito externo y la atracción hacia el país de cuantos capitales calientes merodean por el mundo. El señuelo son las altas tasas de interés, la libre convertibilidad de la moneda y la estabilidad del tipo de cambio.

DINERO CALIENTE
Un guarismo sin comentarios: del primero al último día del lustro del plan económico de Martínez de Hoz, la cotización del dólar (mercado único y libre) casi se decuplicó (se multiplicó exactamente por 9.75), mientras el nivel de precios minoristas se centuplicaba (99,2 veces). Esta tremenda sobrevaluación del peso fue la escandalosa fuente de ganancias -tan pingues como fáciles- para el capital especulativo (de origen argentino o foráneo) y de ruina para la industria. Se ha calculado que en ese quinquenio el sector fabril expulsó de sus plantillas a medio millón largo de trabajadores. ¿Qué hicieron ellos? Muchos invirtieron su indemnización en un pequeño estanco o una despensa, hasta arruinarse del todo. Otros muchos emigraron. El resto sobrevive como puede.
Como una especie de Sebastián Elcano de nuestros días, Martínez de Hoz había zarpado hacia la derecha, pero terminó llevando al país al borde del abismo. Sus armas revolucionarias fueron los siderales intereses (que llegaron a ser del 40% anual en términos reales), el llamado "cepo cambiario" (la creciente sobrevaluación del peso) y la depresión de la demanda interna (el consumo cayó un 13.7 por ciento durante el primer trimestre de 1982 en términos anuales). Las empresas acumularon así un endeudamiento interno equivalente a más del 20% del PIB, y que crece como un hongo por efecto de mtereses que, según sea la coyuntura del mercado, oscilan entre el 100 y el 200% anual nominal. ¿A dónde conduce este alud?
Tarde o temprano, si no se idea un remedio heróico, las empresas serán reaglutinadas por sus acreedores bancarios (algo que ha sucedido ya en varios casos). Los bancos, a su vez, sucumbirán bajo el peso de sus activos inmóviles y concluirán en manos de la banca central.
Las fórmulas no pueden ser muchas. Una es que el Estado se haga cargo del pasivo de las empresas, lo que en parte comenzó a hacer ya en 1981 mediante un bono de consolidación de deudas. Esto equivale a socializar las pérdidas a través del Estado. Otra opción es acelerar aún más la inflación (cuyo ritmo anual es hoy del 128% a nivel minorista y del 198, 4 por éscala mayorista), deprimir los tipos de interés por debajo de la tasa de inflación y dejar así que el tiempo "licúe" las deudas. Esta es otra manera de socializar las pérdidas, privadas pero a costa de ahorristas y asalariados, considerando la bancarrota del Estado y su necesidad de presentarse a renegociar la deuda ante el Fondo Monetario Internacional (FMI). La pregunta obvia es si en estos momentos hay techo político para una nueva vuelta de tuerca al nivel de vida popular.

ACOMODAR LA CARGA
La encrucijada económica está en la base de la desestabilización que el régimen militar empieza a sufrir en 1981. La corta presencia (nueve meses) del general Roberto Eduardo Viola, que sería derrocado en diciembre por Galtieri, fue un intento desordenado de reacomodar la carga sin cambiar el rumbo. Sin embargo, la inercia misma de la crisis fue distanciando cada vez la política económica del credo liberal-monestarista fijado como ideología oficial del llamado proceso de reorganización nacional de 1976. Tuvo entonces que venir Galtieri a reafirmar los valores originales y entregar la conducción económica a una figura del establecimiento y amigo personal de Martínez de Hoz: el doctor Roberto Alemann. Ambos aparecieron, en las primeras planas, confundidos en un abrazo el día de la posesión del nuevo ministro, como para compartir las mismas iras de la opinión pública.
La experiencia quedó averiada el 2 de abril, cuando se instaló la "economía de guerra". Pero ya tres jornadas antes, en los violentos disturbios sociales que sacudieron ese día al país, se insinuaba la agonía del intento continuista.
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