Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1986/05/05 00:00

LA INCREIBLE HISTORIA DEL NEGRO DURAZO

El antiguo jefe de Policía de México tratará de explicar a los jueces cómo hizo su tortura.

LA INCREIBLE HISTORIA DEL NEGRO DURAZO

Lo del Negro Durazo no será tan espectacular como lo de Ferdinando Marcos, que se robó en veinte años entre cinco y diez mil millones de dólares. Pero tampoco está mal: mil millones de dólares en sólo seis años, entre 1976 y 1982. Incluso tiene más merito lo de Durazo, porque Marcos era todo un jefe de Estado en las Filipinas, en tanto que el Negro era apenas jefe de Policía y Tránsito en Ciudad de México. Lo nombró en el cargo, y lo mantuvo durante todo su sexenio, el presidente José López Portillo, de quien era amigo desde la infancia. Terminado el período Durazo huyó. Pero en junio del 84 fue detenido en Puerto Rico por el FBI, que lo buscaba por tráfico de drogas; y ahora, tras veinte meses de forcejeos jurídicos, acaba de ser extraditado a México por un tribunal federal norteamericano para que sea juzgado allí por extorsión y acopio ilegal de armas. Según el fiscal, puede ser condenado a 22 años de cárcel -con lo cual, cuando quede en libertad, habrá cumplido los noventa.
Además de su cargo de jefe de la Policía del Distrito Federal, el Negro Arturo Durazo ostentaba otros títulos, entre ellos el de general de brigada, por nombramiento directo de su amigo el Presidente, y varios grados honoris causa otorgados por diversas universidades o, curiosamente, por el Tribunal Supremo de Justicia. Pero el más rentable era el de jefe de Policía. Los ingresos del Negro se calculaban en un mínimo mensual de ochocientos millones de pesos mexicanos de antes de la devaluación (unos quinientos millones de pesos colombianos). Esa astronómica suma no venía de su sueldo, sino de otras fuentes: el contrabando (a través de las aduanas), el tráfico de drogas y de armas, la trata de blancas, la comisión sobre las compras de implementos para la Policía (uniformes, vehículos, combustible), y la cuota quincenal y "voluntaria" que le pagaba cada uno de los oficiales y agentes de la institución para mantenerse en su cargo. Todo eso lo redondeaba el Negro con la nómina completa de tres mil agentes imaginarios de la Policía, que sólo existían en el papel y para que el jefe cobrara los salarios en su nombre.
Además de codicioso, o como compensación a su codicia, Durazo era hombre ahorrativo. Ninguno de sus gastos, los de su mujer o los de sus numerosas amantes, lo pagaba de su sueldo. Todo corría por cuenta del presupuesto de la Policía. Así se hizo construir dos fastuosas mansiones en las afueras de Ciudad de México. Una de ellas, con sus caballerizas y su hipódromo privado, su polígono de tiro, su discoteca calcada punto por punto del Studio 54 de Nueva York, costó un cuarto de millón de dólares. Por la otra, llamada "El Partenón de Zihuatanejo" por estar edificada en un estilo inspirado en el de la Grecia clásica, el Negro no pagó, literalmente, ni un solo centavo: los albañiles de la obra fueron los propios agentes de la Policía del Distrito Federal.
Tales ostentaciones no eran sin embargo más que la parte visible de la vida de Arturo Durazo. El resto, "Lo negro del Negro Durazo", está narrado en un libro de ese título que se publicó en México en noviembre de 1983 y se convirtió en un best seller instantáneo: en el primer mes se vendieron 225 mil ejemplares, y las tiradas sucesivas superan ya los 800 mil, sin contar las segundas partes ni las adaptaciones para tiras cómicas. Allí se cuenta todo -o casi todo, puesto que aún faltaba la continuación, titulada "Lo que no dije del Negro y de otros"-; y casi todo lo que se cuenta, desde el asesinato común hasta la tortura, pasando por la extorsión, cae bajo el peso del Código Penal.
El autor del libro es José González González, quien fue jefe de guardaespaldas de Durazo durante su desempeño como director de la Policía. González carece de méritos literarios, pero los reemplaza con una brutal franqueza. Desde las primeras líneas empieza por declarar: "Comencé a matar a los 28 años de edad, teniendo en mi conciencia una cífra superior a 50 individuos despachados al otro mundo...". En su conciencia, pero no en su prontuario. Pues a continuación González da las gracias a las diversas autoridades que se ocuparon de mantenerlo limpio ya que todos sus asesinatos los cometió, según explica, por cuenta de una u otra de tales autoridades, empezando por Durazo y por el presidente José López Portillo.
La carrera del Negro Durazo, tal como está retratada en el libro de su guardaespaldas González, constituye un verdadero "espejo de príncipes" como los que se escribían en el Renacimiento para ilustrar sobre su oficio a los poderosos. Y es sin duda mucho más apasionante que aquellos, como es también más realista y veraz que las célebres pero insulsas "Memorias de Adriano" de Marguerite Yourcenar. Sólo le falta un final feliz, como el que, según todos los indicios, espera a Ferdinando Marcos con sus diez mil millones de dólares en Hawai o a Nené Doc con sus quinientos millones (algo es algo) en el sur de Francia. Pero es posible todavía que el infortunio del Negro Durazo sea sólo pasajero. Como declaró él mismo a los periodistas al desembarcar bajo fuerte custodia en el aeropuerto de Ciudad de México, "mis abogados tienen la palabra, pero yo creo que soy inocente".

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