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| 9/10/1990 12:00:00 AM

LA IRA DE ALA

El Medio Oriente y el mundo árabe jamás serán los mismos luego de la anexión de Kuwait por parte de Irak.

Hace un par de semanas, el conflicto entre Irak y Kuwait no pasaba de las páginas interiores de los periódicos del mundo, y las amenazas del presidente iraquí Saddam Hussein sonaban retóricas y lejanas. Ni siquiera cuando los iraquíes concentraron 30 mil soldados en la frontera con Kuwait, los servicios de inteligencia norteamericanos fueror capaces de advertir al presidente George Bush sobre la inminencia de la crisis. Por eso, el mundo entero, en el sentido literal de la expresión, fue tomado por sorpresa cuando las tropas iraquíes arrasaron las escasas derensas de su pequeño vecino.

Pero esa no era la única sorpresa que tenían reservadas esas insólitas semanas. La primera fue la celeridad con que la comunidad internacional, al menos la no árabe, condenó la invasión y, más sorpresivo aún, organizó a marchas forzadas un bloqueo económica que puso a Hussein contra la pared. La segunda, la decisión de Arabia Saudita de permitir el emplazamiento de tropas norteamericanas en su territorio, tras la también sorpresiva decisión del presidente George Bush de enviar fuerzas terrestres a ese país para defender su integridad territorial. Y la tercera, la violenta reacción de Hussein, quien lejos de amilanarse, resolvió no sólo no abandonar Kuwait, sino anexar el territorio. Ese era el abrebocas para una semana que, para bien o para mal, cambió, tal vez para siempre, el mapa político del Medio Oriente.

NO ES NADA NUEVO
La invasión a Kuwait es en realidad el punto culminante de una disputa territorial que se remonta muchos años atrás. Sus raíces profundas son mucho más antiguas, pero en el presente siglo el asunto viene de la derrota del Imperio otomano en la Primera Guerra Mundial, cuando Irak era un territorio turco y Kuwait un protectorado británico. Fue entonces, bajo el tratado de Uqayr, cuando los victoriosos británicos dividieron a Kuwait. De allí surgió el actual territorio de unos 17 mil kilómetros cuadrados para constituir el actual estado, y el resto se dividió en dos partes, que se asignaron a Irak y a Arabia Saudita. Como dice Leonard Firestone, experto en la región, "Para comenzar, las fronteras son completamente arbitrarias, casi una invitación al conflicto".

Pero en esa época nadie sospechaba que el territorio estaba literalmente sentado sobre una piscina de petróleo. Kuwait había sido poblado desde el siglo XVII, por tribus provenientes de Arabia Central. En 1756, se fundó el principado autónomo de Kuwait, y los habitantes escogieron a la familia Sabah para fundar una dinastía que se mantuvo en el poder hasta la semana pasada. Durante muchos años, el pequeño país pasó inadvertido, salvo por el interés británico de defenderlo contra la expansión otomana. Esa preocupación perdió importancia después de la Primera Guerra Mundial, cuando los vencedores dividieron el país. Pero al descubrirse el petróleo, la actitud de los ingleses cambió radicalmente. El 1934, los kuwaitíes dieron una concesión a los ingleses para que fundaran la Kuwait Oil Company, que era en realidad una asociación entre la British Petroleum y la norteamericana Gul Oil. Las vastas reservas de crudo sólo fueron explotadas masivamente después de la Segunda Guerra Mundial.

En 1961, en medio de la disolución de su imperio, los británicos "decidieron concederle" la independencia; Kuwait. Pero los iraquíes no reconocieron al país, con el argumento de que ese protectorado había formado parte integrante de la provincia de Basra bajo el Imperio otomano, y por lo tanto le correspondía a Irak. Bagdad llegó a concentrar tropas en la frontera. Pero eran otras épocas, y cuando la fuerzas británicas se presentaron, los iraquíes no tuvieron otra altemativa que retirarse.

La disputa territorial nunca fue resuelta, y en 1967 y 1973, Irak ocupó pequeñas zonas de su vecino. Pero durante la guerra con Irán, los iraquíes silenciaron sus aspiraciones sobre Kuwait, principalmente porque necesitaban el apoyo financiero del principado, que le prestó por lo menos 35 mil millones de dólares sin intereses. Los jeques de la familia Sabah pensaban que esos millones servirían para detener a Hussein, pero no contaban con los designios inflexibles de un dirigente mesiánico. Pronto se enterarían que serían ellos mismos, y no sus dólares, el hueso con que los demás árabes tratarían de distraer a la bestia.

SAUDITAS AL AGUA
La sensación imperante entre los observadores internacionales en medio de la expectativa por la reunión "urgente" citada por tercera vez tras dos intentos fallidos de líderes del mundo árabe, era que pocos, por no decir ningún país de esa cultura, estarían dispuestos a poner un solo soldado para enfrentar a Irak. Una cosa era cerrar los oleoductos, como hizo Turquía en cumplimiento de la orden de la ONU, o condenar de dientes para afuera la invasión, como hicieron aliados de Estados Unidos, como Marruecos o Egipto, y otra exponerse de paso a ser considerdos cómplices del "sionismo internacional" con que se identifica en aquellas latitudes a los Estados Unidos.

Por eso, los primeros esfuerzos del secretario de estado norteamericano James Baker, para convencer a los sauditas de que permitieran que fuerzas de ese país reforzaran sus defensas, se encontraron con las múltiples vacilaciones del gobierno de Ryad. Fue sólo después de que el secretario de defensa Dick Cheney viajara a esa capital, cargado con cientos de documentos de inteligencia que probaban las intenciones de Irak de seguir hacia el sur, cuando los sauditas dieron por fin su brazo a torcer. Ya nada impediría llevar a término la decisión de George Bush, de empeñar a Estados Unidos en la empresa bélica más grande desde la guerra del Vietnam.

La última vez que las potencias occidentales intervinieron en la región para promover un gobiemo árabe, fue en los años 50, pero esas oportunidades probaron ser los últimos ramalazos de un colonialismo decimonónico. Los años 60 estuvieron marcados por el nacionalismo de Gamal Abdel Nasser. En esa época, parecía claro que los árabes vivían de acuerdo con la premisa de que nunca podrían alinearse con extranjeros, al menos en público.

Pero la invasión de Kuwait por parte de las fuerzas de Saddan Hussein parece haber roto ese viejo proverbio árabe que sentencia: "Mi hermano y yo, contra mi primo; mi hermano, mi primo y yo, contra el extraño". Esta vez, los riesgos de ser aniquilado por Irak pesaron más en el ánimo de los sauditas que la vieja solidaridad panárabe. Al fin y al cabo, los líderes árabes no deberían alinearse con el extranjero, pero tampoco invadirse y anexarse unos a otros.

"Una línea se ha dibujado en la arena", dijo el presidente Bush mientras anunciaba a la población norteamericana sobre la decisión de enviar fuerzas militares para enfrentar a la amenaza iraquí contra Arabia Saudita. "No queremos conflictos ni dictar el destino de otras naciones, sino ayudar a nuestros amigos. La misión de nuestras tropas es solamente defensiva, y por lo tanto no serán necesarias por mucho tiempo en el lugar, pero defenderán a los arabes y a sus amigos en el Golfo Pérsico".

APUESTA DOBLE
El gobierno de George Bush, tomado por sorpresa en las primeras horas de la invasión, ya había tenido tiempo; esas alturas de determinar el curso que ha de seguirse, pero ese curso estaba lleno de interrogantes. Por un lado Bush se jugaba la carta de convertirse en el único país capaz en el mundo de hacer frente a una amenaza tan novedosa como la de Irak, y poder cobrar, en el futuro, el honor de ser el defensor del orden económico mundial, la mayor superpotencia sobre la Tierra.

Pero al mismo tiempo, Bush comprometió a su país en una lucha en tierras lejanas, en medio de un ambiente seguramente lleno de hostilidad, y en condiciones climáticas especialmente duras para los soldados norteamericanos. Sin embargo, para seguir disfrutando del altísimo nivel de popularidad y respaldo de que goza en su país, la campaña en Arabia Saudita debería ser tan rápida y efectiva como fuera posible. Ese objetivo, según el análisis del gobierno, podría obtenerse, en la medida en que el bloqueo comercial estrangulara a Irak hasta tal punto, que su posición se hiciera insostenible.

En otras palabras, tal como lo expresara un periódico norteamericano, la apuesta de Bush era doble: enviar a las tropas para sentar una presencia militar, con la esperanza de que el verdadero combate lo librara el "embargo" comercial.

Esa idea no resultaba descabellada teniendo en cuenta que la inmensa mayoría de los países había aceptado la prohibición de realizar cualquier acto de comercio de Irak, siguiendo la directiva trazada por unanimidad en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Se trataba de la primera vez en la historia de ese organismo que una sanción de ese tenor se había adoptado, ahora que el obstáculo del veto de la potencia contraria había desaparecido. La prohibición sería especialmente sensitiva en el área de suministros bélicos, puesto que Irak depende totalmente de las ventas que le hagan la Unión Soviética y Francia, países que habían expresado su decisión de bloquear y romper todo contacto comercial con su antiguo aliado.

De esa manera, según el razonamiento oficial de Washington, cualquier intento bélico de Irak se desvanecería muy pronto, y su posición personal en el interior del país se haría insostenible.

En efecto, la reacción mundial parecía confirmar las optimistas previsiones norteamericanas. Turquía, un país musulmán pero muy interesado en hacer parte integral de la comunidad europea (hace parte de la OTAN) comenzó horas antes del envío de tropas a devolver los buques que iban a cargar petróleo iraquí en su salida del crucial oleoducto que saca el crudo de Irak al Mediterráneo a través de su territorio, mientras Moscú anunciaba que estaría dispuesta a participar en el bloqueo naval. Por otro lado, Venezuela, México y otros países anunciaron que aumentarían su producción diaria de petróleo para tratar de paliar en alguna medida la brecha dejada por la salida del mercado de los crudos de Kuwait e Irak, que alcanzan el 20% de la producción mundial .

RUMBO A ARABIA
En todo caso, parece que la movilización estaba planteada desde cuando se conoció la invasión, la semana anterior. De acuerdo con los informes, el plan militar inicial abarcaba cerca de 50 mil soldados y una división de la Armada. Por lo menos 80 cazas de combate, incluidos F-15 y F-16, serían enviados por sus propios medios. En Turquía se emplazarían 36 bombarderos FB-111, mientras un número indeterminado de los vetustos pero mortíferos B-52 esperarían estacionados en la isla Diego García, en el océano Indico.

Las declaraciones tanto de Cheney, Baker y del jefe del estado mayor conjunto general Colin Powell, dejaban la impresión, según los analistas, de que Estados Unidos había apostado fuertemente al efecto del embargo comercial. Y la presencia en el área de esas fuerzas, sumadas a las ya estacionadas en el área (el portaaviones Eisenhower y su grupo de apoyo en el mar Rojo, con 80 naves de combate y el Independence con fuerzas similares y en las costas de Omán), serían suficientes para que Hussein recibiera con claridad el mensaje.

Los norteamericanos asumían, según los observadores, que con la presencia de las fuerzas norteamericanas, Hussein tendría que detener sus evidentes intenciones de seguir hacia Arabia Saudita, y con el paso de las semanas, el bloqueo comercial haría el resto. Ante la observación de que ese tipo de embargos no ha dado resultado en el pasado, la respuesta oficial era que entonces no se contaba con la unanimidad de las superpotencias con sus respectivos bloques. Según otras fuentes oficiales, la geografía influiría a favor de Estados Unidos, ya que el petróleo de Irak tiene sólo cuatro salidas al mar, todas las cuales son fácilmente controlables.

Otro argumento a favor de la confianza norteamericana en el bloqueo comercial eran las características mismas de la economía iraquí. "En este caso" dijo un alto oficial, "no se trata de una economía relativamente fuerte como la de Suráfrica. Irak es una economía basada en una sola fuente de divisas, que ya se encuentra de rodillas por la guerra contra Irán y que, por lo tanto, es sumamente vulnerable".

Pero el miércoles 8 de agosto, lejos de amilanarse, el presidente iraquí avanzó hacia la confrontación al anunciar que no sólo no abandonaba Kuwait, sino que lo anexaba definitivamente a su país. Al referirse a la presencia militar estadounidense, el comunicado de Bagdad afirmaba que "Combatiremos su fuerza criminal...la sangre de nuestros muertos les quemará". Si hubiera alguna verdad en las afirmaciones que hasta ese momento hacía Hussein, en el sentido de que sus fuerzas se estaban retirando de Kuwait, esa posibilidad parecía descartada por completo. La condena de Naciones Unidas, que declaró "nula e inválida" esa anexión, y reiteró la demanda para que las tropas abandonaran el emirato cayó, como era de esperarse, en oídos sordos.

APAGANDO EL INCENDIO
Mientras tanto, la reunión urgente de la Liga Arabe tenía lugar por fin, tras dos tentativas frustradas, en El Cairo, convocada por el presidente egipcio Hosni Mubarak. Un día antes, en un discurso televisado, Mubarak se había quejado de que mientras los organismos internacionales tomaban acción en el Golfo, los árabes se limitaban a expedir condenas formales sin ningún contenido político. En uno de sus apartes, Mubarak dijo que "Apelo al presidente Hussein y al gobierno de Irak para que responda a una sombrilla árabe para solucionar el conflicto, y retire sus fuerzas de Kuwait para normalizar la situación en el Golfo. Si no aceptamos esa sombrilla tendremos la sombrilla extranjera, la sombrilla norteamericana, francesa o inglesa, o de otras fuerzas que se nos impondrán. Pero yo estoy seguro de que el liderazgo árabe encontrará una solución a este problema. Mientras tanto, el tiempo se está acabando muy rápidamente. La cumbre no será una reunión para insultarnos mutuamente, sino para buscar una solución en el marco arabe que sería la única salida honorable".

Pero desde el comienzo de la reunión era claro que las esperanzas de apagar el incendio eran prácticamente inexistentes. Lo primero que hizo la representación de Irak fue cuestionar la presencia de una delegación kuwaití, ya que, según ellos, ese país había dejado legalmente de existir. El foro presenció los esfuerzos de Mubarak por conformar una fuerza panárabe que se colocara entre Arabia Saudita y las tropas iraquíes, para supervisar la normalización de las relaciones previo un acuerdo conveniente para ambos. Pero de nuevo el presidente egipcio pareció carecer del carisma necesario como para arrastrar grandes corrientes de opinión. Para muchos, el fracaso de la reunión confirmó que en el mundo árabe, la dinámica no es la de la negociación, sino la del hombre fuerte.

En efecto, lejos de resultar condenado por sus acciones, Hussein pareció salir fortalecido de la reunión, en la que la línea moderada y pro occidental, representada por Marruecos, el mismo Egipto, Bahrein, y otros, no logró contrarrestar la furia nacionalista de Hussein. La votación por la que se condenó a Irak, le exigió restaurar la independencia de Kuwait y se, aprobó la presencia de tropas norteamericanas y británicas en Arabia, sólo se adoptó por una mayoría de 12 votos a favor contra 3 en contra y múltiples abstenciones, con lo que pareció formalizarse la división de ese organismo. La creación de una fuerza de paz, se interpretó como un esfuerzo final para aumentar la presencia árabe en la resolución de un conflicto que parecía definitivamente salido de sus manos. Lo que no quedó claro es si esas tropas pelearían al lado de los occidentales.

Pero prácticamente todos los líderes del mundo árabe hicieron todos los esfuerzos posibles para no tocar en lo personal a Hussein, cuyo ascendiente en las masas musulmanas parecía crecer con los minutos que pasaban.

LA GUERRA SANTA
Ante el fracaso de la reunión de la Liga Arabe, el presidente de Irak lanzó al mundo la proclama de guerra santa. Frente a la posición poco definida de muchos líderes árabes, Hussein resolvió pasar por encima de sus cabezas y apelar directamente a los sentimientos populares de los musulmanes. Para su proclama, el líder iraquí tenía el pretexto perfecto: es precisamente en Arabia Saudita donde se encuentran las ciudades sagradas del Islamismo, Medina y La Meca, y es allí donde una "horda de salvajes infieles está pisoteando nuestros lugares mas sagrados y deshonrando a nuestras mujeres". La proclama incluía el llamamiento para que todos los árabes derrocaran a los gobiemos corruptos que se prestaran al juego de los occidentales, una alusión directa a los países del golfo y, en especial, al atribulado gobierno de Arabia Saudita. La Guerra Santa, con su llamamiento a destruir los intereses de los enemigos del Islam donde quiera que se encontraran, se constituyó en el recurso más peligroso utilizado por Hussein, uno que podría llevar a la internacionalización indefinida del conflicto.

Para la mayoría de los observadores, el esfuerzo fracasado de la Liga Arabe pudo ser la última posibilidad para conseguir una salida negociada al conflicto. Con las amenazas contra Turquía, que acababa de cerrar el acceso del petróleo iraquí hacia el Mediterraneo, las posibilidades de involucrar a la OTAN en pleno, crecían minuto a minuto. En esas condiciones, el análisis de las posibilidades bélicas de Irak pasaron a primer plano.

Esas posibilidades pasan necesariamente por el uso de armas químicas, que Hussein no dudó en usar contra su propia población kurda en la guerra contra Irán en 1987. Se dice que esas armas podrían causar enormes daños a las filas norteamericanas, y podrían dejar tanta contaminación como para hacer intransitable el sitio durante algún tiempo. Esas características hacen que el arma química reciba el apodo de "bomba atómica de los pobres".

No es que los gases no puedan ser contrarrestados mediante el uso de máscaras y trajes especiales. Pero en el teatro de acción, donde las temperaturas diurnas nunca están por esta época del año en niveles inferiores a los 40 grados centigrados, no sólo se pierde movilidad, sino parte de la efectividad del traje.

Los servicios de inteligencia europeos saben que Irak produce y tiene grandes depósitos de gas mostaza, y del gas tabun, inventado en los años 40 por los nazis. Se trata de líquidos incoloros y volátiles que pueden ser diseminados mediante aerosoles, o mediante bombas explosivas. Tanto uno como el otro pueden entrar al organismo a través de la piel, y una cantidad que cabría en la cabeza de un alfiler es suficiente para matar a un hombre adulto. Eso significa que, para poder sobrevivir en un campo de batalla lleno de gas el soldado tendrá que usar un traje parecido al de los astronautas comunicándose por medio de radio, y respirando un aire enrarecido por los filtros. La máscara va acompañada de un traje de fibra sintética, gruesos guantes y botas de butilo, y un pesado casco de kevlar.

Un soldado que use semejante equipo, y además deba llevar su arma, municiones, cantimplora, equipo de primeros auxilios etc., sufre necesariamente sobrecalentarniento, tal como se demostró en recientes experimentos. Y como los iraquíes están acostumbrados a guerrear en esas condiciones, y saben lo que les espera, los norteamericanos se verían en una situación de inferioridad.
Eso, a nivel del campo de batalla. Pero nadie sabe hasta qué punto Hussein esté dispuesto a generalizar la guerra, y para ello está equipado con misiles de medio alcance, que podrían llegar sin dificultad, por ejemplo, hasta Tel Aviv.

Ninguna de esas circunstancias asegura que los iraquíes sean invencibles. Sus sistemas de abastecimiento, vitales en una guerra en el desierto, son precarios, y si el bloqueo se mantiene, sus recursos económicos y la disponibilidad de repuestos para sus equipos bélicos podría verse drásticamente reducida. Pero el mantenimiento indefinido de ese tipo de bloqueos ha demostrado ser ineficaz, lo que se vuelve más probable ante la división de los países árabes. Nada podría evitar, por ejemplo, que Jordania o Libia, fuertemente comprometidas con Hussein, trataran de abastecer a sus aliados, sin contar con que eventualmente aprovecharan la confusión para dar un golpe fatal a Israel, el archienemigo de la mayoría de los árabes.

Sin que se acabara de dilucidar la salida de la crisis del Golfo Pérsico, existía entre los observadores unanimidad, en cuanto ésta se había convertido en la mayor amenaza para la paz mundial, desde que terminó la guerra fría. Los fantasmas de una conflagración mundial, en la que los intereses económicos por el petróleo, podrían entremezclarse con los religiosos, trajeron a muchos el recuerdo de una de las famosas profecías de Nostradamus, un médico francés del siglo XVI que vaticinó un episodio aterradoramente parecido al que podría suscitar la actitud de Saddam Hussein. Según las interpretaciones de las profecías del francés, aparecerían sobre la tierra tres anticristos, dos de los cuales ya habrían pasado por el mundo, Napoleón y Hitler. El tercero sería árabe, y conduciría la guerra más devastadora de la historia de la humanidad, mucho más sangrienta que la suma de las anteriores. Una guerra nuclear, que duraría 27 años, y que el "profeta" situó hacia la última década del milenio. Por supuesto, casi nadie cree que esa profecía pueda llegar a cumplirse, pero no faltan quienes estén cruzando los dedos para que, al menos en este caso, Nostradamus esté completamente equivocado.

EL PERFUME DE IRAK
El protagonista de la noticia que acapara la atención mundial en los días que corren es un hombre de 53 años cuya personalidad excluye las medias tintas. A Saddam Hussein se le ama intensamente, o se le odia hasta la muerte. Según la mayoría de los analistas internacionales, la amenaza que representa Hussein para la paz mundial no sólo proviene del extraordinario poder de su ejército, sino de la determinación fanática con la que ha asumido su "destino histórico".

Para la mayoría de los observadores occidentales, Hussein traicionó a sus hermanos arabes, rompió cualquier posibilidad de unir a esa comunidad internacional por medios pacíficos, destruyó el balance de poder de la región del golfo, y, sobre todo, dejó sin piso la sensación de que al desaparecer la guerra fría, la posibilidad de una gran confrontación militar había desaparecido en el planeta.

Pero para Saddam Hussein, la cosa es mucho más sencilla. Todo indica que ese hombre grueso que adora los uniformes militares sin ser él mismo un militar, se considera predestinado para regir los destinos del mundo árabe a la manera de Gamal Abdel Nasser en los años 60. Sólo que, anotan algunos, Nasser carecía del poder militar que ha acumulado su admirador.

Ya en 1975, aún antes de su esfuerzo bélico en Irán, Hussein decía a un grupo de periodistas extranjeros que no consideraba a Irak como el fin úItimo de su lucha "(Irak) es parte de objetivos mucho más amplios, que se cifran en la madre patria árabe, y en las metas comunes de todos los árabes". Más tarde, tras un intento de golpe en 1980, declaró que la lucha política de Irak era una "revolución destinada a destruir las bases del imperialismo, para brillar a la cabeza del mundo árabe convertido en una nueva superpotencia en la escena mundial". Y sólo meses antes de lanzarse contra Irán, había proclamado una Carta Panárabe para los años 80, según la cual se eliminaría la presencia militar foránea en toda el área del Medio Oriente, norte del Africa y el océano Indico, y se establecería el no alineamiento del mundo árabe.

Fue en medio de ese curso revolucionario como Hussein invadió a Irán, un país musulmán pero no árabe, que amenazaba expandir el concepto de fundamentalismo islámico, antagonista con su nacionalismo árabe. Sus cálculos militares resultaron, sin embargo, completamente equivocados, por cuanto la guerra que él había planteado para 10 días, costó casi 10 años y decenas de miles de muertos.

A pesar de que el país quedó arruinado, y no obtuvo ninguna conquista territorial, Hussein fue el primer líder árabe que, en los últimos tiempos, peleó una guerra sin perderla. Para bien o para mal, Hussein se convirtió en un líder para todos los árabes. Una condición que él mismo se encargó de mantener con sus frecuentes amenazas contra el país más odiado por los árabes, Israel.

Pocos hubieran imaginado que ese niño nacido el 28 de abril de 1937 en el seno de una familia pobre de la localidad de Tikrit, se convertiría con el paso de los años en una especie de Adolfo Hitler del Medio Oriente. Huérfano desde temprana edad, pasó su infancia en una finca de melones de su tío antes de convertirse, en un fanático militante del partido nacionalista Baath. A los 22 años ya figuraba como integrante del fallido compló para atentar contra la vida del dictador de entonces, Abdel Karim Kassem. Arrestado, logró escapar a Egipto, donde el presidente Nasser, que había oído de las aventuras del brillante muchacho iraquí, lo becó para que estudiara derecho en El Cairo.

En ese momento se inicia la vida de intrigas partidarias que lo llevaría al poder. Cuando su partido consiguió el poder en 1968, en un golpe incruento, Hussein se hizo Secretario General y segundo hombre al mando del gobierno del general Ahmed Hassan al-Bakr. Pero para muchos era claro que el verdadero jefe era Hussein. Para cuando asumió directamente las riendas del Estado, en 1979, su pueblo ya le conocía como una especie de héroe nacional.

Lo cierto es que la permanencia de Hussein en el poder ha representado para Irak una estabilidad política que nunca había conocido. Pero también organizó un estado policía en el que el respeto por los derechos humanos es prácticamente inexistente. Se habla que en días pasados presidió la ejecución de más de 40 oficiales de su ejército que se oponían a la invasión a Kuwait.

A pesar de todo, su imagen es promocionada en el país como la de un hombre del desierto, como la de un magnánimo padre de familia, o como la de un aviador, siempre en plan de defensa de su patria. Las publicaciones oficiales lo comparan con freeuencia con Hamurabi, el legislador babilónico, y un poema conocido por todos los niños del país lo describe como "el perfume de Irak".
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