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| 8/10/1998 12:00:00 AM

LA MALDICION DE NICOLAS II

En una Rusia dividida y en crisis, el zar recibirá entierro de aristócrata, pero no de jefe de Estado como se había previsto.

El 17 de julio los restos del último zar de Rusia, Nicolás II, su familia y sus más cercanos sirvientes serán enterrados _80 años después de su muerte_ en la Fortaleza de Pedro y Pablo, en San Petersburgo, junto a Pedro I, Catalina la Grande y los anteriores zares de la familia Romanov. Duques y duquesas, príncipes y princesas,Romanov ingleses y franceses, norteamericanos y rusos, pasearán por las calles de San Petersburgo para dar el último adiós a uno de los suyos. Los precios del lujoso Hotel Europa y de los otros hoteles de la ciudad llegan en estos días hasta 1.000 dólares la noche y sus habitaciones están todas reservadas. Por unos instantes los distinguidos visitantes se olvidarán de las descoloridas fachadas de la aristocrática Perspectiva Nevski, por donde solía pasar el carruaje real al salir del Palacio de Invierno, y se transportarán a principios de siglo, como queriendo revivir un sueño truncado. Pero a Nicolás II la mala suerte lo acompañará hasta la tumba pues, en contra de lo que se había pensado, su funeral no será el de un jefe de Estado, ni se sustraerá a los vaivenes de la política actual. A principios de este año, una comisión nombrada por el gobierno ruso cerró uno de los acertijos más grandes del siglo al dictaminar que los huesos encontrados en una mina abandonada cerca de la ciudad de Ekaterimburgo, en los Urales, pertenecían al zar Nicolás, su esposa Alejandra, sus hijas Anastasia, Olga y Tatiana, al médico Botkin, al cocinero Jaritonov y al sirviente Trupp. Los huesos de la duquesa María y del zarevich Alexei nunca fueron hallados. El gobierno ruso dio la noticia y dispuso los más fastuosos funerales en coincidencia con el 80º aniversario del fusilamiento de la familia real, el 17 de julio de este año. Se habló de un tren especial, el cual recorrería los 2.500 kilómetros que separan a Ekaterimburgo de San Petersburgo, con paradas en todos los pueblos, campanas fúnebres, procesiones y patriarcas de la Iglesia Ortodoxa en cada estación. Se dijo que los restos llegarían al Palacio de Tsarskoe Selo, última residencia de los zares en las afueras de San Petersburgo, desde donde iniciarían una larga procesión hasta la Fortaleza de Pedro y Pablo en el centro de la ciudad. Las ceremonias tendrían carácter oficial pues se enterraría a un jefe de Estado, con la presencia del presidente Boris Yeltsin y del patriarca Alexei II, jefe de la Iglesia Ortodoxa. Sin embargo la Iglesia Ortodoxa se negó a reconocer la autenticidad de los restos encontrados en Ekaterimburgo y solo un sacerdote local asistirá al sepelio. Otros políticos entraron a terciar en el asunto, como el alcalde de Moscú, Yuri Luzhkov, quien apoyó a las autoridades eclesiásticas pues quería que el entierro fuera en la capital. Yeltsin, quien a pesar de sus enormes poderes no posee el de bendecir, decidió que tampoco asistirá, relegando la participación del gobierno a la presencia del ministro Boris Nemtsov. Irónica decisión del dirigente que, cuando era secretario general del Partido Comunista en Ekaterimburgo, ordenó destruir la casa de Ipatienko, donde el zar fue asesinado. El sepelio se reducirá a recibir los restos provenientes de Ekaterimburgo en el aeropuerto de Pulkovo el 16 de julio, a una rápida travesía por la ciudad mientras suenan las campanas de la iglesia de San Pedro y San Pablo y a una ceremonia religiosa el 17, día en que se conmemora el 80º aniversario de la muerte de la familia real. Los cuerpos serán colocados en una bóveda de dos pisos en el altar de Santa Catalina. Para mantener las distancias sociales los sirvientes que no eran miembros de la familia real descansarán abajo y los zares y sus hijos arriba. La decoración de la bóveda será de madera _no hay plata_ y solo dentro de un año, si hay recursos, se hará de mármol, pues hasta ahora todo lo ha pagado la alcaldía de San Petersburgo y el gobierno nacional no ha puesto ni un rublo. En el mundo al revés que es la Rusia de hoy el entierro de los zares provoca no pocos inconvenientes. Por ejemplo, cuando sus restos reposen en tierra se oirán 19 salvas, en lugar de las 21 correspondientes a los jefes de Estado, porque el zar había abdicado un año antes de morir. Tampoco se cantará el himno 'Dios salve al zar', que era el oficial de la Rusia imperial, por temor a revivir las tendencias monárquicas. Los soldados del ejército no podrán hacer guardia de honor porque sus escudos son todavía la hoz y el martillo de la época soviética, la misma que puso fin al reinado de los Romanov.
Vida y muerte del zar
Nicolás II nació en 1869 y subió al trono a la muerte de su padre en 1894. "Un vestigio impotente del pasado" es la definición del historiador norteamericano Nicolás Riasanovski, al referirse al reino del último zar, a quien comparan con Luis XVI por su inhabilidad manifiesta y su incompetencia para gobernar a un país al borde de la revolución. Su esposa, la princesa alemana Alix de Hesse, se convirtió en la eminencia gris del reino, asesorada por oscuros personajes como Rasputín, un misterioso místico que prometió curar la hemofilia del zarevich Alexei pero que terminó teniendo una influencia decisiva en los asuntos del trono.Rusia, país pobre y campesino, agobiado por la guerra con Japón primero y por la Primera Guerra Mundial en 1914, estalló en 1917. El 8 de marzo, luego de una revuelta por la falta de pan, los batallones de reserva se sublevaron en Petersburgo. Nicolás II estaba en el frente y su autoridad se hundió como se cae una manzana podrida de un árbol. El 15 de marzo el último zar de Rusia abdicó en su nombre y el de su hijo. El 7 de noviembre los soliste de obreros, soldados y campesinos dirigidos por el Partido Bolchevique se tomaron el poder y se inició la guerra civil. El zar y su familia fueron enviados a Ekaterimburgo, donde fueron alojados en la famosa casa de la calle Ipatiev. Cuando las fuerzas blancas estaban al borde de tomar la ciudad los jefes bolcheviques de la región decidieron fusilar al zar y a su familia en la noche del 16 al 17 de julio.En estos días previos al entierro, cuando la radio, la televisión y los diarios están llenos de programas y artículos sobre el zar y su familia, el canal de televisión NTV está transmitiendo por primera vez las cintas grabadas de los encargados del fusilamiento y la destrucción de los restos reales. Los soldados que guardaban la casa relatan los últimos días de la familia real, los cuidados al zarevich Alexei, que no caminaba desde hacía varios meses por una caída que agudizó su hemofilia, la noche en que los sacaron de sus habitaciones y los fusilaron. La voz de Isaia Radsizhskii describe con lujo de detalles cómo sacaron los cadáveres de la casa de Ipatiev y los llevaron a una mina abandonada en las afueras de la ciudad, donde decidieron deshacerse de los cuerpos ante la proximidad del asalto de los blancos. Unos fueron quemados, aunque Radsizhskii no dice cuáles, y otros enterrados. "Cuando quemaban, ese olor, horrible: ardían, ardían, ardían, hasta el final, tres, cuatro, no recuerdo cuantos", relata Radsizhskii. Solo en 1979 se descubrieron los restos. En 1991 fueron sacados de la mina y luego se constituyó la comisión gubernamental, que, con la ayuda de expertos extranjeros y luego de realizar numerosos análisis genéticos, constató la autenticidad de los huesos.
El dedo en la herida
El entierro de los zares pasará indiferente para la mayoría de la población, cuyos problemas están muy lejos de las fastuosas ceremonias de San Petersburgo. Las acciones de la bolsa continúan cayendo, los mineros acampan en el centro de Moscú con sus cascos, exigiendo el pago de seis meses de salarios atrasados, mientras que el alcalde de la capital intenta sacarlos antes del comienzo de las olimpíadas juveniles.Para los que, quitandole tiempo a las preocupaciones de hoy, leerán, opinarán o dirán algo sobre el funeral, éste, en lugar de contribuir a la reconciliación nacional, avivará polémicas olvidadas, metiendo el dedo en la llaga de la dramática historia rusa de este siglo. "No podemos rendir homenaje a huesos de personas desconocidas", dicen los más monárquicos, quienes se oponen al entierro; "el Estado no puede gastar millones de rublos cuando hay tantas necesidades urgentes por cubrir", opinan los más disconformes; "hay que enterrar al zar con todos los honores para saldar definitivamente cuentas con el pasado", creen importantes dirigentes, como Anatoly Sobchak, ex alcalde de San Petersburgo; "no se puede santificar a un gobernante inepto y despótico, así como los franceses no canonizaron a Luis XVI y a María Antonieta", dicen los más cercanos al Partido Comunista; "haciendo honores al zar Nicolás se revive una tradición totalitaria, que no se cortó con la revolución sino que se reforzó con el stalinismo, y que hay que desterrar definitivamente de Rusia", opinan personalidades democráticas. Una opinión para todos los gustos. Parece que ni en la tumba que les estaba predestinada Nicolás II y su familia encontrarán descanso.
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