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| 11/13/2010 12:00:00 AM

La Mandela asiática

La liberación de la heroica Aung San Suu Kyi es apenas la esperanza de una transición repleta de obstáculos.

Aung San Suu Kyi, el símbolo de la resistencia democrática y pacífica a la brutal dictadura que gobierna con puño de hierro desde hace medio siglo a Birmania (rebautizada Myanmar por los militares), vuelve a ser una luz de esperanza. El viernes, la junta firmó el decreto para su liberación. Mientras los generales querían imponerle algunas restricciones, ella exigía una libertad sin condiciones para moverse y expresarse. A pesar de los detalles de último momento, al cierre de esta edición todo apuntaba a que su largo encierro llegaba a su fin.

A sus 65 años, 'la Dama', como la llaman respetuosamente sus seguidores, ha pasado 15 de los últimos 21 años en arresto domiciliario, y la junta la considera la mayor amenaza para la estabilidad del régimen, por buscar incansablemente la democracia. Hija de un héroe independentista, 'la Mandela asiática' se sumó a la resistencia casi por coincidencia. Después de vivir varios años en el exterior, principalmente en Inglaterra, donde estudió en Oxford y se casó con el académico británico Michael Aris, llevaba una vida feliz en Occidente cuando regresó a su país para cuidar a su madre enferma, en 1988, un año de protestas estudiantiles contra la dictadura.

Suu Kyi se convirtió muy pronto en la líder visible del movimiento democrático, y cuando se realizaron las primeras elecciones libres, en 1990, su partido, la Liga Nacional por la Democracia (NLD), ganó una mayoría inobjetable. La junta desconoció los resultados, invalidó los comicios y comenzó las detenciones arbitrarias contra 'la Dama', mientras ella ganaba el Premio Nobel de Paz, que recibieron sus hijos.

En varios momentos, el régimen ha dicho que le permite salir del país, pero, ante la seguridad de que le impedirían regresar, ha preferido sacrificarse. En 1999, su esposo sufrió un cáncer terminal. El gobierno no le permitió al académico ingresar a Myanmar y ella no aceptó viajar a Londres para despedirse, pues sabía que eso equivalía a abandonar su lucha.

Suu Kyi se ha convertido en una causa mundial. Entre muchas otras muestras de solidaridad, la banda de rock U2 ha compuesto una canción en su honor (Walk on), y Shepard Fairey, el artista que creó el icónico afiche de campaña de Barack Obama, hizo otro para recoger fondos para el movimiento democrático birmano. La comunidad internacional ha impuesto sanciones sobre el régimen, que se mantiene a flote en gran medida gracias a una China hambrienta de sus recursos energéticos.

No hay que hacerse falsas expectativas. La birmana es la dictadura más hermética del planeta después de Corea del Norte, y no le ha temblado la mano para reprimir a su pueblo, como quedó claro en la fallida 'revolución azafrán' liderada por monjes budistas en 2007. Las esperanzadoras imágenes de cientos de miles protestando pacíficamente en las calles dieron paso a las fotos de monasterios vacíos con charcos de sangre en el piso. La represión fue brutal.

Y a pesar del inmenso prestigio de Suu Kyi, los generales se aseguraron de mantenerla en prisión el tiempo suficiente para evitar su sombra en las elecciones del pasado domingo, las primeras desde 1990. Estas, sin vigilancia internacional, han sido calificadas como una farsa. Los candidatos de la junta, que renunciaron al Ejército, ganaron el 80 por ciento de los votos y gobernarán como civiles junto con otros militares en ejercicio a quienes la Constitución les garantiza el 25 por ciento de los escaños. El ilegalizado NLD, por su parte, se negó a participar y se encuentra dividido.

Por eso, el trabajo de Suu Kyi apenas empieza. Es de ahora en adelante cuando debe justificar sus comparaciones con Nelson Mandela y demostrar que, como el sud'africano, no solo se sacrificó recluida por largos años, sino que tiene el talento para liderar a su país en una transición democrática, a pesar de todos los obstáculos.
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