Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1985/09/30 00:00

LA MUERTE DEL "SANTO"

El asesinato del líder sikh Longowal, agudiza el problema del Punjab.

LA MUERTE DEL "SANTO"

Golpe duro ha sido este del asesinato de Harcharld Singh Longowal, el dirigente del ala moderada del partido Akali Dal, la principal organización político-religiosa de la comunidad sikh. Veinticuatro días antes, un acuerdo para restaurar la paz y tranquilidad en el Punjab, región hindú donde son mayoría los sikhs, había sido suscrito entre él y Rajiv Gandhi primer ministro de la India.
Los extremistas, cuatro en total, atacaron a Longowal en Shzerpur, un pueblito en el centro del Punjab, cuando exponía ante un grupo de fieles un tema que se había vuelto para él obsesivo: la necesidad de preservar la amistad entre las comunidades hindú y sikh. Fue un ataque sin apelaciones. Tras los disparos, el predicador caía mortalmente herido con una docena de balas entre pecho y espalda. Uno de sus ayudantes fue también abatido al intentar, cubrir con su cuerpo al líder religioso. Dos miembros del comando terrorista fueron capturados en el acto. Longowal, quien poseía el título de Sant (santo), el más alto de la religión sikh, murió cuando era conducido a un hospital.
Desconocido hasta hace cuatro años en Occidente (se llegó a decir equivocadamente que era el Khomeini potencial de la India) Sant Harchand Longowal había nacido hace 53 años en el pueblo de Gidani, Punjab Central, en una familia campesina. De vida austera, consagrada al estudio de su religión, el dirigente moderado era experto en teología sikh y predicador calificado. Su primer contacto con la política -actividad cuya práctica él no disfrutaba del todo, según él mismo reconocia- fue en 1967, cuando salió elegido para una asamblea estatal. En 1980 fue nombrado presidente del Akali Dal.
Sin embargo, este hombre que disfrutaba del apoyo de la abrumadora mayoría de su comunidad, llegó a ser calificado de "traidor" por sectores extremistas de la juventud sikh por haber suscrito el "histórico" tratado del 24 de julio pasado con Rajiv Gandhi, gesto que, se suponía, pondría fin a cuatro años de hostilidades, entre los militantes sikhs y el gobierno central de Nueva Delhi, que han producido hasta la fecha más de 4 mil víctimas.
Pacificador o no, lo cierto es que el "memorando de acuerdo" fue rechazado por el ala más radical de su partido, fecha desde la cual comenzaron a darse amenazas de muerte contra el santo. ¿En qué consistía la "traición" de Longowal? En haber logrado que todas las reivindicaciones de los autonomistas sikhs fueran concedidas por Gandhi, a saber: reintegración de la ciudad de Chandigarth al Punjab, partición equitativa de las aguas ribereñas entre el Punjab y sus Estados vecinos, reducción de la competencia de los tribunales especiales antiterroristas, y montaje de una comisión para estudiar la posibilidad de conceder autonomía al Punjab.
"Esta locura terminará un día", decía Longowal al recordar los episodios de violencia de estos años. Afable, de pequeña estatura, inconfundible por su gran barba blanca, este predicador de voz dulce, para quienes lo conocieron, ponía todas sus esperanzas en el nuevo ambiente creado por el pacto. De hecho, "el santo" estaba ganando su causa a otros líderes del Akali Dal, como Prakash Singh Badal y N. Tohra, quienes habían acogido, finalmente, el punto de la unidad con la ciudad de Chandigarth. También se estaba abriendo paso la idea de realizar elecciones en Punjab el próximo 22 de septiembre. Desesperado por hacer algo para abortar esa dinámica que lo aislaba,el sector extremista, poco antes del incidente en Sherpur, mató a dos líderes del partido de Gandhi en Jalandar.
A pesar de que el respaldo de la población sikh a las iniciativas extremistas fue grande antes y después de la masacre de junio de 1984, cuando Indira Gandhi mandó tropas contra los sikhs parapetados en el Templo Dorado de Amritsar, y que seguía siendo amplio, incluso despues del asesinato de la Primera Ministra y de la ola de linchamientos antisikh que siguió al magnicidio, tal apoyo decreció notablemente en los meses recientes, gracias a las actitudes negociadoras de Longowal y a la política conciliadora de Rajiv Gandhi. A este último no le queda ahora mucho de dónde escoger: continúa en su línea de reconciliación con el Punjab o retoma las prácticas autoritarias de Indira Gandhi. En cualquiera de los dos casos deberá encarar la estrategia de asesinatos selectivos en que se empeña con visible ceguera la minoría radical sikh.
Longowal no siempre fue amigo de dialogar de buenas a primeras con Nueva Delhi. Como presidente del Akali Dal, él lanzó una campaña pacífica para obtener la autonomía religiosa y política del Punjab, cuando esta región era gobernada por el Partido del Congreso de la señora Gandhi. Pero tal empresa pronto fue desbordada por la juventud extremista dirigida por el carismático Jarnail Singh Bhindranwale, quien fue muerto, junto con otros 600 sikhs, durante el asalto al Templo Dorado por parte de las tropas de la Primera Ministra.
Mientras a Bhindranwale sus seguidores lo convertían en mártir, Longowal era repudiado por éstos por no haber tomado las armas en ese momento. Eso no impidió que el líder moderado fuera encarcelado, tras la masacre. Sólo hasta abril pasado fue liberado por Rajiv Gandhi, quien vio en él la personalidad con la cual era posible llegar a un acuerdo negociado sobre el Punjab.
Con la desaparición del "santo" Nueva Delhi se queda sin su interlocutor más importante. Para el Primer Ministro hindú la muerte de Longowal es así mismo un duro golpe, pues era justamente él quien lo estaba ayudando a encarar un desafío inmenso: hacer regresar a la botella,el genio que su autoritaria madre dejó escapar un día.

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