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| 6/2/1986 12:00:00 AM

LA NUBE TERRORIFICA

El más grave accidente nuclear de la historia, ocurrido en Chernobyl, cerca a Kiev, deja mal parados el prestigio y la credibilidad de la Unión Soviética.

La noticia se supo el lunes 28 de abril, y venía de Suecia: el nivel de radiactividad había aumentado considerablemente en el cielo de Escandinavia. Pero lo que en un principio pareció un incidente local sin mucha importancia se había convertido un par de días después en una verdadera catástrofe: el accidente nuclear más grave de la historia. Eso que los expertos nucleares llaman super-gau, es decir, "el máximo incidente hipotetizable", que es la fusión del núcleo de un reactor atómico y comporta un incontrolable incendio, se estaba llevando a cabo en territorio soviético ante los ojos impotentes del mundo entero.
Sólo al día siguiente, sin embargo, las autoridades de la Unión Soviética reconocieron mediante un lacónico comunicado y un seco anuncio radial que se había producido un accidente tres días antes, el 26 de abril, en la central nuclear de Chernobyl, a 130 kilómetros de Kiev, al suroeste de Moscú. El reciente nivel de la radiactividad en Suecia, Finlandia y Dinamarca había puesto ya en estado de alerta a toda Europa. En Polonia, el país más cercano geográficamente al lugar del accidente, la radiactividad llegó a ser 500 veces superior a la normal. Y la nube invisible, tóxica y radiactiva, empezó a viajar erráticamente por todo el continente, al grado de los vientos, llevando la alarma consigo.
Rumbo al norte primero, y al parecer para perderse en el Artico. En Polonia se tomaron las medidas más drásticas, como la prohibición de la venta de leche y verduras frescas y el consejo de no permitir que los niños pasaran mucho tiempo al aire libre. Tras llegar al sur de Suecia y Dinamarca la nube giró hacia el oeste y hacia el sur, pasando sobre las dos Alemanias, bajando hasta Austria y Suiza y el norte de Italia, donde nuevamente enrumbó hacia el este, sobre el Adriático y Yugoeslavia. Pareció proseguir su camino hacia el sur, hacia Grecia, pero de nuevo los vientos la llevaron hacia el norte, atravesando Rumania para internarse una vez más en el corazón de la Unión Soviética, de donde había salido.
Al cierre de esta edición los niveles de radiactividad en Europa eran considerados nuevamente "aceptables" por las autoridades, pero persistían las consecuencias de la ola de pánico desatada por la navegación de la nube mortal. En Polonia se había agotado la leche en polvo, y en media Europa se hacían colas en las droguerías para adquirir pastillas de yodo, que sirven para saturar el organismo e impedir que éste absorba el yodo radiactivo suspendido en la atmósfera. En Suiza las gentes se precipitaron a los refugios antiatómicos construidos para las guerras nucleares. Austria, Yugoeslavia, Francia e Italia cerraron las importaciones de alimentos frescos de la URSS y de Polonia. Y en las bolsas de los Estados Unidos subieron al cielo los precios del trigo y el azúcar, pues se prevé que la URSS se verá obligada a hacer importaciones masivas de alimentos. En efecto, Ucrania, donde está situada la central nuclear accidentada, produce el 60 por ciento del azúcar, el 23 por ciento del trigo,el 23 por ciento de la leche y otro tanto de las papas que consume la Unión Soviética.
Lo que probablemente acrecentó la preocupación, e incluso el pánico, fue el obstinado silencio de los soviéticos y su negativa a dar detalles sobre lo que verdaderamente había ocurrido en Chernobyl. Para empezar, los países limítrofes se indignaron de que no les hubieran advertido sobre una catástrofe de tal magnitud. Pues si en los primeros días la radio soviética llegó a mencionar la palabra "desastre", luego tanto las declaraciones oficiales como los breves comunicados de la prensa, relegados a las páginas interiores de los periódicos, se esforzaron por minimizar lo ocurrido. Oficialmente, los muertos han sido dos y los heridos 197, de los cuales sólo 18 graves, y 49 fueron dados de alta en los primeros días Pero ni los gobiernos ni la prensa de Occidente creen tales cifras, y ponen otras en danza. La agencia norteamericana UPI llegó a hablar de dos mil muertos -lo cual para expertos nucleares es una exageración evidente, pues un escape como el sucedido no causa víctimas con tal celeridad (ver recuadro).
Los soviéticos aseguraron que la emergencia estaba controlada, pero los analistas de los servicios secretos norteamericanos informaron que fotografías del satélite Landsat mostraban que, por el contrario, un segundo reactor de la central había empezado a fundirse. Otras fotografías, esta vez 4 de un satélite francés, confirmaron sin embargo que el siniestro había sido dominado. Aunque no sus consecuencias. Las autoridades soviéticas, que en un principio habían rechazado los auxilios ofrecidos por los occidentales, pedían el dos de mayo a los suecos que les ayudaran a tratar algunos casos de quemaduras graves debidas a la radiación y aceptaban la ayuda de una agencia experta en trasplantes de médula espinal.
A medida que pasaban los días fue aumentando el reconocimiento de los soviéticos de que el accidente había tenido mayor gravedad de la anunciada. Casi al tiempo que en Washington un diplomático soviético, Vitaly Churkin, informaba oficialmente (caso sin precedentes) a una comisión de la Cámara de Representantes sobre lo sucedido, en Moscú el ministro soviético de Energía Atómica, Andronik Petrossian, reconocía que el accidente de Chernobyl era "un serio golpe para la explotación pacífica de la energía nuclear, no sólo en la URSS sino en el mundo".
Pero entre tanto, paradójicamente, la tensión en las capitales occidentales disminuía. Esto tiene una explicación: el temor a que la "alarma atómica" entre la población civil se traduzca en un fortalecimiento del movimiento antinuclear, que tiene cierta fuerza en los países europeos, y acabe teniendo graves consecuencias económicas. Porque casi todos los países europeos están equipados con reactores nucleares para uso civil, y tienen ya iniciados ambiciosos y costosísimos proyectos energéticos basados en las centrales nucleares.
Los antinucleares, los grupos ecológicos, los "verdes" europeos, aseguran que el problema continúa, no sólo en Chernobyl sino también en las zonas visitadas por la nube maléfica. Según la organización ecologista Greenpeace, en los próximos veinte años se presentarán diez mil casos de cáncer en un radio de mil kilometros en torno a la central accidentada; y según el experto nuclear alemán Jens Scheer, que trabaja con los "verdes", por cada día que haya pasado la nube sobre una determinada región aparecerán mil casos de cáncer. Y añaden que el caso se puede repetir en cualquier momento en muchas partes del mundo. El sistema de reactores de grafito usado en Chernobyl por los soviéticos está siendo gradualmente abandonado en todo el mundo, incluso por ellos mismos, pero todavía existen numerosas centrales que funcionan así. En Estados Unidos, cinco reactores nucleares son del método de grafito y otros tantos carecen, como el de Chernobyl, de cascarón protector de acero o concreto.
Según un informe secreto preparado por la Comisión Internacional para la Energía Atómica, y revelado recientemente por el senador y ex astronauta norteamericano John Glenn en el mundo occidental, sin incluir los paises del Este, funcionan actualmente 306 reactores nucleares para uso pacífico y hay otros 224 en construcción. El país que encabeza la lista de los veinticinco usuarios -entre los cuales se cuentan diez del Tercer Mundo- es los Estados Unidos, con 86 centrales operativas y 42 más en construcción. Le siguen Francia, con 43 en funcionamiento (64 en total) y la URSS (40 y 54). Y, como lo demuestra ahora el caso soviético y lo mostró hace siete años el accidente (sin muertos aquella vez) de la central eléctrica norteamericana de Three Mile Island, cualquiera de ellos puede salirse repentinamente de madre. El informe de Glenn da al respecto un dato preocupante: desde 1971 hasta hoy ha habido 151 incidentes graves en instalaciones nucleares de catorce países, de los cuales, con un par de excepciones, sólo se han enterado los especialistas.
Pero si el último accidente sacude nuevamente en Europa y los Estados Unidos las discusiones entre pro y antinucleares, para la Unión Soviética las consecuencias son más inmediatas y más graves, tanto en lo económico como en lo político. La central de Chernobyl, para empezar, ha sido cerrada por completo: unas breves imágenes aparecidas en la televisión soviética (ver foto) la mostraban considerablemente destruida. Y representaba el 11% de la producción energética total del inmenso país. A esto hay que agregar el posible efecto de contaminación sobre pastos y cosechas, con la consiguiente necesidad de importar cantidades ingentes de alimentos.
En lo político, el daño sufrido por el prestigio soviético ha sido todavía peor. El silencio de su gobierno ha incrementado la desconfianza no sólo de sus vecinos inmediatos, sino del mundo entero: ¿cómo puede Mikhail Gorbachev esperar que le crean sus propuestas sobre reducción mutua de armamentos atómicos, si en lo referente a la utilización pacífica del átomo su país se muestra tan amigo del engaño y del secreto? Un sagaz analista de la política internacional decía: "Si damos explicaciones superficiales sobre tal o cual episodio, o si informamos con retraso, después tendremos no ya que convencer a los otros de que decimos la verdad, sino que tendremos que hacer algo más difícil:
convencerlos de que cambien de opinión".
No era ningún agente de la CIA. Era el predecesor de Gorbachev a la cabeza del Comité Central de la URSS, el difunto Constantin Chernenko.

EFECTOS SANITARIOS Y AMBIENTALES
En un accidente como el del reactor de Chernobyl, los tipos de radiación más probables que pueden afectar a la población circundante son dos: la radiación externa gama, que es directa -como los rayos X- y la beta, que es indirecta y penetra en el organismo a través del aire, el agua, la leche o los alimentos contaminados. La radiación gama afecta las células, los genes y ciertos tejidos vitales, como la médula ósea y el aparato digestivo. La beta puede afectar la glándula tiroides y producir formas de cáncer que sólo aparecen años después. Una tercera forma de radiación nuclear, la alfa, no es probable en un accidente como el ocurrido en Chernobyl.
El peligro más grave e inmediato es el de las radiaciones gama, si se han producido en niveles altos. La muerte de los afectados puede producirse a los pocos días del accidente, y la mayoría de los casos mortales empezarán a presentarse a las tres semanas. Secuelas más tardías pueden ser diversas formas de cáncer y malformaciones en los fetos de mujeres embarazadas. Los efectos genéticos pueden transmitirse a las generaciones siguientes.
A más largo plazo, el peligro está en la exposición a isótopos radiactivos, como la iodina 131, a través del aire, el alimento y la bebida. El aprovisionamiento local de agua puede haber sido ya afectado. Los efectos sobre la agricultura, quizás los más extensos de un accidente como éste no se conocerán con exactitud sino al cabo de varios meses.

LA DIFERENCIA CON UNA BOMBA ATOMICA
Un accidente en una central nuclear tiene poco que ver con la explosión de una bomba atómica. Ambos crean un problema de contaminación radiactiva, pero esta es muchísimo más vasta y menos concentrada en el caso de la bomba. En éste, en cambio, lo más inmediato es la catástrofe causada por la explosión misma, que no existe en el caso del reactor.
La energía desencadenada por la explosión de una bomba atómica se divide en un 50% de onda expansiva, un 35% de calor y un 15% de radiaciones inmediatas; y su efecto letal viene principalmente de la onda expansiva y del calor. La primera alcanza un radio de 27 kilómetros, y el segundo alcanza niveles mortales en un radio de unos 10 kilómetros (para una bomba de un megatón, equivalente a cincuenta veces la de Hiroshima, pero diez veces menos potente que las que hoy se fabrican).
Por otra parte, el estallido de una bomba provoca una intensa perturbación del campo magnético en 350 kms a la redonda, lo cual interrumpe todo tipo de comunicaciones y en consecuencia aísla la zona de catástrofe.
En cuanto a la radiación, que sí existe en el caso de la fusión de un reactor nuclear, su intensidad es en cambio considerablernente mayor. La radiación se mide en unidades Curie. La que provoca un accidente como el de Chernobyl es de 20 ó 30 mil millones de Curies, en tanto que la de una explosión atómica no pasa de los 800 millones. En el caso de la bomba el hongo atómico lleva las partículas hasta la estratosfera y las va dejando caer en un plazo de muchas semanas; en el del accidente de un reactor, la nube es invisible y los vientos la arrastran a sólo unos 200 metros de altura.
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