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| 4/4/2014 12:00:00 AM

El cuban dream ¿se hará realidad?

La nueva ley de inversión extranjera aprobada esta semana en Cuba abrió nuevas perspectivas para los cubanos.

“Señores imperialistas, no les tenemos ningún miedo” decía una valla colgada en pleno Malecón de La Habana, frente al consulado norteamericano. Hoy no solo desapareció la frase, sino también la furia por defender la utopía socialista. Mientras los taxis Cadillac modelo 56 pasean a los turistas, encantados de estar en una isla que parece un viaje en el tiempo, los diputados de la Asamblea General  aprobaron una ley de Inversión Extranjera que le abre las puertas al mundo capitalista luego de más de 50 años. El “sí” unánime dejó claro el mensaje: Cuba ya no será la misma de antes.  

La ‘ley trascendental’, como también la llaman, modificará una vigente de 1995 y convoca a los inversores extranjeros a operar en todos los sectores de la economía menos en los cuatro bastiones estratégicos del socialismo: salud, educación, medios de comunicación y sector militar. Para el régimen castrista se trata de “actualizar el modelo” porque a pesar de las recientes reformas, la economía sigue estancada. Pero más allá de los eufemismos, lo que demuestra esta ley es que la única manera de mantener a flote el régimen socialista es, paradójicamente, abrirse al capitalismo. Y no es un misterio combinar la ideología con el pragmatismo. Ya China lo hizo y ahora Raúl Castro parece dirigirse en ese mismo camino.

La isla necesita entre 2.000 y 2.500 millones de dólares anuales para hacer sostenible el régimen. Según dijo el vicepresidente del Concejo de Ministros, Marino Murillo, acelerar el crecimiento económico implica mínimo que el PIB crezca entre el 5 y el 7 % y esto demanda altas tasas de inversión. Para conquistar capital extranjero, la ley ofrece al inversor importantes facilidades, como una reducción de impuestos a los ingresos del 30 al 15 % y la garantía de que la inversión no será expropiada salvo algunos casos puntuales y con la “debida indemnización”. Las expectativas son muy altas, pues muchos cubanos confían en que la apertura traerá beneficios y en que por fin el país cumplirá la promesa del desarrollo que, incumplida durante tantos años, ha llevado al mínimo la confianza de los cubanos en el socialismo.

Pero lograrlo será difícil. Aunque la iniciativa suena bien, aún quedan muchos puntos sin resolver. Un problema es del empleo, pues la empresa extranjera debe contratar la fuerza de trabajo local a través de una entidad del Estado, que le paga al personal con el débil peso nacional. Como le dijo a SEMANA el economista Salomón Kalmanovitz “Este es uno de los grandes inconvenientes porque los trabajadores se resienten fuertemente pues saben que reciben una fracción de lo que le paga la empresa al gobierno y esta tiende a hacer abonos por debajo de la mesa ilegales.”

Por otro lado, la ley prohíbe a los cubanos residentes en la isla participar en ningún proyecto de esta naturaleza. Y está el tema del bloqueo de Estados Unidos, cuyos gobiernos no están dispuestos a levantarlo mientras la apertura no incluya la realización de elecciones multipartidistas al estilo occidental. La Ley Torricelli, de 1992 y la Helms – Burton, de 1996, impiden a ciudadanos norteamericanos invertir en la isla, así sean de origen cubano. Y a pesar de que el gobierno de Castro prometió blindar a los inversionistas,  esto dejaría en el limbo a la llamada comunidad cubana en Estados Unidos, compuesta por más de 1,8 millones de personas que desde hace décadas tienen los ojos puestos en su país. Pero la ley también podría hacer presión para debilitar el embargo, pues la Unión Europea se quedaría con todos los negocios y  seguramente Estados Unidos no estará dispuesto a perder esa plaza.

Con el triunfo de la revolución en 1959, Cuba nacionalizó las inversiones extranjeras. Aunque en la década de los ochenta el régimen comenzó a abrirse a los capitales externos en algunos sectores, fue una apertura muy tímida. Y con la caída de la Unión Soviética en los noventas, el único salvavidas fue abrir las puertas a la inversión. Sin embargo, solo ahora esas puertas se abren de par en par.  El problema de aquí en adelante será la confianza. Mientras para los cubanos la apertura puede significar un salvavidas y un paso necesario, para los inversionistas no será fácil regresar a la isla precisamente porque desde hace varias décadas el régimen no ofrece garantías.

Para los cubanos no existe el “American dream”, sino el sueño socialista. Un sueño que ya no depende tanto del régimen, sino de factores tan externos como los subsidios del débil gobierno de Nicolás Maduro en Venezuela o de los aportes de España, que nunca rompió con la isla por ser su última colonia y que hoy le abre paso a nuevas conversaciones con Europa. El hecho de que Cuba abra sus puertas 50 años después demuestra que lo que se vive en la isla no es el fin de la revolución, pero sí de la utopía.
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