11 octubre 2012

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La pandilla de Zúrich

Por Juan Carlos Ortecho/Infos*

REPORTAJESemana.com publica, de manera exclusiva en Colombia, este reportaje sobre corrupción en la FIFA con la autorización del autor dentro de la alianza Infos-Connectas.

La pandilla de Zúrich.

“Nosotros nunca acudimos a extraños, si tenemos problemas en nuestra familia, los resolvemos dentro de la familia”. Joseph Blatter, actual presidente de la Federación Internacional de Fútbol Asociado (FIFA).

Una oferta que no se podía rechazar

Lobby del Hotel Hyatt Regency, Puerto España, Trinidad y Tobago. 11 de Mayo del 2011. 3:35 pm. Un hombre de traje negro y unos 50 años se muestra nervioso, habla en inglés por su móvil y lleva en la mano izquierda un sobre manila con una inscripción que reza “Bahamas”, escrita con descuido. Se trata de Fred Lunn, vicepresidente de la Federación de Fútbol de ese país. Dentro del sobre hay US$40 mil en efectivo. Es un regalo del dirigente qatarí Mohamed Bin Hammam, candidato a la presidencia de la FIFA, y a la vez, es una amistosa invitación a meditar el voto de la delegación bahamesa de cara a las elecciones presidenciales que se levarían a cabo tres semanas después en el Congreso 61 del ente rector del fútbol mundial en Zúrich.

Lunn estaba en la isla de Trinidad en representación de Bahamas en una reunión de la Unión Caribeña de Fútbol, un organismo que congrega a 25 federaciones de las 35 que representan a la Confederación de Fútbol de Norte, Centroamérica y el Caribe (Concacaf) en el Congreso FIFA. Todos los presentes habían sido invitados por el trinitario Jack Warner, presidente de la Concacaf y miembro del Comité Ejecutivo FIFA. Pero quien había pagado los pasajes, gastos de alojamiento y estadía era otro miembro del Comité Ejecutivo: Mohamed Bin Hammam, el solitario contendor del presidente Joseph 'Sepp' Blatter en las elecciones de junio. El qatarí había llegado dos días antes al aeropuerto internacional Piarco de Puerto España con un maletín cargado de US$1 millón en fajos de billetes de 100 para repartir entre las 25 federaciones, a razón de US$40 mil por delegación. Los controles aduaneros no habían representado problema alguno: las influencias de su anfitrión Jack Warner llegaban muy lejos en la isla caribeña, pues además de ser presidente de la Concacaf y la Federación de Fútbol de su país, también era miembro del parlamento de Trinidad y Tobago y ministro de Transportes.

En la reunión en el hotel Hyatt Regency, Bin Hammam se dirigió a la audiencia de delegados de la Unión Caribeña: representantes de países como Antigua y Barbuda, Barbados, Islas Vírgenes, Saint Kitts y Nevis, entre otras naciones tan remotas como desconocidas para el mundo del fútbol, pero que sin embargo juegan un papel importante cada vez que hay elecciones presidenciales. El qatarí, quien hasta no hace mucho tiempo había sido hombre de Blatter, presentaba su manifiesto político e instaba a los caribeños a votar por un nuevo orden mundial en la FIFA. Finalizada la arenga, Warner tomó la palabra: “Mis amigos, ahora pueden pasar por el salón de conferencias San Fernando, se les presentará un regalo que mi colega Mohamed les ha traído especialmente desde Qatar”.

¿Qué tiene el fútbol que hace que un multimillonario árabe regale millones en efectivo a dirigentes deportivos de naciones cuyo producto bruto interno es inferior al de cualquiera de sus empresas? Para responder esa pregunta bastaría con entender que el fútbol mundial es una industria de más de US$200 mil millones cuyas principales decisiones políticas se adoptan en la trastienda de lugares como el Hyatt Regency de Puerto España.

Los visionarios

Le Meridien Park Hotel, Frankfurt. 12 de junio de 1974. 8:00 pm. Dos hombres de mediana edad conversan sobre el postre sentados en el lounge con vista al Wiesenhüttenplatz, una idílica plaza rodeada de altos árboles de castañas en el centro de la ciudad. Se trata de los dos personajes que transformarán a la FIFA de una organización franciscana de 12 empleados a la poderosa multinacional que conocemos hoy. Uno de ellos es alemán, su padre fundó Adidas y se le conocerá como el precursor del patrocinio deportivo. Su nombre es Horst Dassler y su sueño es transformar al fútbol en un producto, una mercancía de la cual pretende tener el monopolio y controlarlo. El interlocutor es un brasileño, hijo de inmigrantes belgas y ha sido elegido presidente de la FIFA el día anterior. Su nombre: Joao Havelange. Ninguno de los dos revelarían en detalle los pormenores de lo que se discutió esa noche, pero no es difícil imaginarlo, pues ambos necesitaban el uno del otro.

Havelange había destronado a sir Stanley Rous, el inglés que representaba al dominio conservador de la vieja Europa gracias a la serie de promesas electorales hechas a los representantes de las confederaciones de África, Asia, Centro y Sudamérica. Las más importantes de estas promesas eran aumentar el número de participantes en las copas mundiales y desarrollar programas que subvencionen el desarrollo del fútbol en el tercer mundo. Ahora Joao necesitaba el dinero para cumplir esas promesas y los menos de US$200 mil anuales que recaudaba la FIFA eran insuficientes. Se trataba de una época en la que los conceptos de derechos de televisión y mercadeo prácticamente se desconocían.

En algún momento, Dassler había querido continuar con el sueño del padre de vestir a todos los deportistas del mundo con las tres tiras de Adidas. De hecho, esta marca tuvo un cuasi monopolio sobre la indumentaria deportiva en los mundiales de fútbol hasta la década de los noventa. Pero en el momento de su reunión con Havelange su pretensión era mayor. Horst quería tener bajo su control los dos productos deportivos más importantes del planeta: los Juegos Olímpicos y la Copa del Mundo de Fútbol.

Havelange había encontrado al financista que necesitaba para consolidar su posición de liderazgo en la FIFA, y es así como en 1976 el mundo del fútbol cambió para siempre, cuando a instancias de Dassler y su socio inglés Patrick Nally (un astuto vendedor que era capaz de encontrar patrocinio hasta para las carreras de avestruces) la FIFA y Coca- Cola firmaron un pacto de sangre que perdura hasta nuestros días. La compañía estadounidense pondría el dinero para financiar torneos, cursos de réferis, congresos y capacitaciones. A cambio, la FIFA le permitiría etiquetar toda la Copa Mundial con el nombre de la bebida gaseosa. Luego se sumaría Master Card y le seguiría McDonald’s.

Poco tiempo después, Dassler formó en Suiza, el vecindario de la FIFA, la empresa de márketing deportivo International Sport and Leisure (ISL), la cual se adueñaría de los derechos de imagen y televisión de la Copa del Mundo hasta finales de siglo. Ya tenía en un bolsillo a Havelange y a la FIFA. En el otro bolsillo tenía al futuro presidente del Comité Olímpico Internacional, el catalán Juan Antonio Samaranch y, por ende, a los Juegos Olímpicos.

Un negocio ‘desleal’

Centrum Bank. Zúrich. 18 de febrero del 2004. 9:10 am. Un empleado bancario llena los formularios para completar la apertura de una cuenta especial. La persona que está sentada en su oficina es el profesor Peter Nobel, un abogado de prestigio que dicta Derecho Comercial en la Universidad de Saint Gallen. Nobel tiene la misión de abrir esta cuenta para poder reembolsar el dinero que sus clientes, funcionarios de alto rango FIFA, habían recibido como sobornos de ISL, el gigante de márketing deportivo que había quebrado en el 2001. Los nombres de los funcionarios fueron oficialmente revelados a principios de Julio de este año, pero una investigación del periodista escocés Andrew Jennings ya había comprobado que entre ellos figuraban Joao Havelange; el presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol, Ricardo Teixeira (también yerno de Havelange), y Nicolás Leoz, el paraguayo que ostenta la presidencia de la Confederación Sudamericana de Fútbol.

Incluso después de la muerte de Horst Dassler en 1987, su imperio de ISL prosperaba al conservar los derechos de televisión y comercialización del fútbol mundial hasta la Copa del 2006 inclusive. La reventa de estos derechos a medios de comunicación y patrocinadores privados formaban parte de un negocio multimillonario deseado por muchos. Gracias a sus estrechas relaciones personales con funcionarios de la FIFA y en especial a un leal hombrecillo que el propio Dassler había apadrinado, ISL se había podido dar el lujo de derrotar a gigantes del márketing mundial como IMG. Ese hombrecillo se llamaba Joseph Blatter y como secretario general de la FIFA había sido un hábil operador de los intereses de ISL, así como un cercano colaborador de Havelange.

Sin embargo, a pesar de tener asegurados los derechos de televisión de la Copa del Mundo hasta el 2006, en el 2001 ISL se derrumbó debido a que había sobrestimado el valor de sus productos. Cuando los administradores de quiebra del Cantón de Zug en Suiza se hicieron cargo del proceso de liquidación de la empresa y comenzaron a escudriñar documentos internos, descubrieron algunos pagos extraños. En primer lugar, el liquidador Thomas Baur encontró que al menos 3.5 millones de francos suizos (aproximadamente 2.2 millones de euros) se habían pagado en comisiones personales a funcionarios de la FIFA. Ese era el dinero que el respetado profesor Nobel estaba devolviendo a nombre de sus clientes. Como parte del arreglo, el hábil abogado suizo había logrado que los nombres de los funcionarios se mantuvieran en secreto. Aparentemente, el caso ISL había quedado cerrado.

Pero la publicidad negativa se ha convertido en moneda diaria para la FIFA: en el 2008, un tribunal del Cantón de Zug culminó una investigación a seis ex directivos de ISL por malversación de los dineros de la FIFA. El órgano de justicia dictó absoluciones y condenas leves. Sin embargo, en el proceso una revelación sorprendente saltó a la luz: durante 12 años, desde 1989 hasta su quiebra en el 2001, ISL entregó nada menos que 141 millones de francos suizos (unos 90 millones de euros de entonces), en comisiones de carácter personal a distintos dirigentes deportivos a cambio de conseguir contratos de comercialización de derechos y de televisión. Los pagos llegaron a los bolsillos o a las cuentas bancarias de decenas de funcionarios deportivos, haciendo escala en fondos y cuentas secretas en Liechtenstein y las Islas Vírgenes. Algunos de los sobornos fueron entregados personalmente por uno de los más altos ejecutivos de ISL y un protegido de Dassler, el belga Jean-Marie Weber, quien durante ese periodo se dedicó a viajar por el mundo con maletas llenas de billetes. Ese oficio le ganó el apelativo de The Bagman o 'El hombre del maletín'.

"Era como el pago de salarios. De lo contrario, ISL habría dejado de funcionar", me dice el periodista alemán Jens Weinreich, quien revelaría en una investigación posterior que por lo menos US$730 mil de ese dinero habían sido entregados personalmente a Nicolás Leoz, el actual presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol, según documentos de la fiscalía a los que tuvo acceso. Asimismo, casi US$40 millones habían ido a parar a las cuentas offshore a nombre de Renford Investments Ltd.,Garantie JH y Sanud, empresas de dos brasileños: El ex presidente FIFA Joao Havelange y su yerno Ricardo Teixeira, presidente de la Confederación Brasileña de Fútbol. Desde que el escándalo ISL saltó a la luz, Sepp Blatter siempre afirmó que pese a haberse desempeñado como secretario general y luego presidente de la FIFA, él nunca supo nada de estas transacciones.

A principios de Julio del 2012 se comprobaría que el hombrecillo de Valais mentía. El vínculo mafioso de Havelange y Teixeira con ISL dejó de ser un secreto a voces cuando el juzgado de instrucción penal del Cantón suizo de Zug desclasificó el auto de sobreseimiento de mayo del 2010, donde se detallan los términos bajo los cuales los otrora zares del fútbol brasileño negociaron el archivo de la instrucción penal por apropiación indebida y gestión desleal que se les había abierto. Desafortunadamente para Blatter, el documento también revela que en 1998 una notificación de un pago por 1 millón de francos suizos (unos 1, 015 millones de dólares) llegó por error a la oficina de un funcionario FIFA identificado como “P1”. Se trataba de una de las “comisiones” de ISL depositadas en una cuenta corriente de FIFA en el Union Bank de Suiza. P1 notificó de inmediato al jefe de finanzas y este corrigió el error girando el millón de francos suizos a su destinatario original: el ex presidente Joao Havelange.

¿Pero quién era P1?, en el mismo documento, el personaje vuelve a ser mencionado como firmante junto a Havelange del acuerdo mediante el cual FIFA cedía derechos de marketing a ISL hasta el 2006. Se trataba sin lugar a dudas de Joseph Blatter. Preguntado un día después de desclasificado el documento al hombrecillo de Valais no le quedó más remedio que responder:

- Efectivamente –dijo- yo soy P1

Sepp, Jack y Mohamed juegan a la guerra

Ruby Room. Hyatt Regency Hotel, Puerto España, 11 de mayo del 2011. 5:40 pm. Jack Warner, presidente de la Concacaf, se dirige airado a las 25 delegaciones de la Unión de Fútbol Caribeño. “¡Nuestro negocio es nuestro negocio. Si hay alguien que se cree más beato que nosotros, que se vaya a la iglesia!”, brama. La oferta que no se podía rechazar había sido devuelta por Fred Lunn, el nervioso vicepresidente de la Federación de Bahamas. Instruido por su presidente desde Zúrich, Lunn no solo había devuelto el sobre con los US$40 mil, sino que antes le había tomado una fotografía con su teléfono celular y había llamado al estadounidense Chuck Blazer, secretario general de la Concacaf y miembro del Comité Ejecutivo de la FIFA. Desde sus oficinas en el Trump Tower de Nueva York, Chuck, un sabueso leal al régimen, pidió a su secretaria que lo comunique con Zúrich. En pocos minutos, el presidente Sepp Blatter ya estaba al tanto de la maniobra y pronto decidió que no dejaría pasar tan brillante oportunidad para tumbarse a su contrincante electoral. El candidato opositor a Blatter, el qatarí Mohamed Bin Hammam y su lugarteniente Jack Warner fueron suspendidos indefinidamente del Comité Ejecutivo y de toda actividad dirigencial el 29 de mayo. Dos días después, Sepp Blatter fue el candidato único en el 61 Congreso de la FIFA y fue reelecto hasta el 2015, cuando cumplirá 17 años en el poder.

Pero Sepp no siempre había estado enfrentado a Jack y Mohamed. Por el contrario, el trinitario y el qatarí habían sido eficaces operadores del régimen durante muchos años y protegidos del suizo ante otras denuncias de corrupción en el pasado.

El caso de Warner es especial. Cimentando su poder en los 35 votos que controlaba desde la Concacaf, durante muchos años y al mismo tiempo que escalaba políticamente ocupando importantes cargos del gobierno de Trinidad y Tobago, Jack acumuló una fortuna estimada en US$50 millones. Una de sus actividades favoritas fue la reventa en el mercado negro de boletos para las copas mundiales a través de Simpaul, una agencia de viajes de su propiedad, la cual se había apropiado de los derechos exclusivos para Centroamérica de paquetes turísticos que ofrecían pasajes, estadía y tickets para el evento más importante del fútbol del planeta. Una auditoría de Ernst & Young estimó que las ganancias de Simpaul solo por la Copa Mundial del 2006 en Alemania sumaron US$1 millón. Otro de los negocios redondos de Jack fue la reventa de derechos de televisión para Centroamérica. Como en las mejores historias del crimen organizado, esta actividad garantizaba millonarias ganancias a cambio de una mínima inversión. Cuando les preguntaron cuánto había pagado Jack por tales derechos, ambos él y Blatter coincidieron: “Fue por una cifra nominal”. El hoy defenestrado Warner reveló hace poco a cuánto exactamente ascendía esa cifra: “El señor Blatter me vendió los derechos de la Copa Mundial de 1998 por US$1”.

El principio del final para Warner, sin embargo, llegó con la nominación de las sedes para las copas mundiales del 2018 y el 2022. En un hecho sin precedentes, en diciembre del 2010, el presidente Sepp Blatter se había dado maña para nombrar dos sedes de mundiales de fútbol en una sola ceremonia. Contra todo pronóstico estas fueron adjudicadas a Rusia y Qatar, respectivamente. Uno de los grandes derrotados fue Inglaterra, y esta vez no se quedaría callada. Sumando a los reportajes sobre corrupción y desfalco de la televisión británica (principalmente la BBC),el inglés Lord Triesman, uno de los miembros del comité que postuló al mundial del 2018, acusó con nombres y apellidos a funcionarios del Comité Ejecutivo que pidieron sobornos a cambio de sus votos. El paraguayo Nicolás Leoz, presidente de la Conmebol y previamente sorprendido como beneficiario de las cuentas secretas de Liechtenstein, había formulado la solicitud más pintoresca: un título de caballería, otorgado por la corona inglesa. Menudo logro para alguien que creció en una casa de madera y piso de tierra en los márgenes del mundo. Ricardo Teixeira, el mandamás del fútbol brasileño, envió un mensaje a Triesman: “búsqueme para que me cuente qué es lo que tiene para ofrecerme”. El que sí le puso números a su pedido fue el emprendedor Jack Warner: 2,5 millones de libras esterlinas para construir un centro educativo en Trinidad y 1,6 millones para comprar los derechos de televisión, para que Haití, país recientemente afectado por un terremoto, no se quedara sin ver el mundial de fútbol 2014.

Warner había llegado muy lejos. Sabía que su figura polémica le costaba cada vez más a Blatter, cercado por varios flancos en el tema de corrupción y desgobierno. Una reforma e investigación en el seno de la FIFA se hacían impostergables y se presentaban como la única salida para el astuto hombrecillo de Valais. En un acto desesperado por sobrevivir, Warner, alineado con el ambicioso Mohamed Bin Hammam, intentó meterse por la puerta falsa a fuerza de maletines atiborrados de dólares. El plan fracasó cuando Fred Lunn, el nervioso vicepresidente de Bahamas, hizo una llamada a Zúrich la tarde del 11 de mayo del 2011. Las lealtades a Blatter llegaban más lejos de lo que Jack y Mohamed especulaban.

Blatter 'limpia' la casa

Terrase Restaurant. Hotel Sofitel, Budapest.24 de mayo del 2012. 10:35 am. He llegado hasta la capital de Hungría con motivo del Congreso 62 de la FIFA. En una mesa apartada mirando hacia el histórico Puente de las Cadenas y el Danubio me espera Jérome Champagne, el diplomático de carrera francés que sirviera durante 11 años como uno de los más importantes asesores de Sepp Blatter. No obstante ser uno de los pocos funcionarios con una foja limpia y exenta de denuncias de corrupción del régimen Blatter (o quizás a raíz de eso) Champagne tuvo una salida repentina de la FIFA en el 2010. Hasta ahora ha sido reacio a responder preguntas sobre los detalles de su salida del ente rector del fútbol mundial.

Delegaciones de dirigentes africanos y asiáticos conversan en las inmediaciones del hotel antes de dirigirse al Centro de Convenciones Hungexpo donde se llevará a cabo el Congreso en el que Blatter pondrá a consideración sus esperadas reformas. La mañana se siente agitada por una revelación del día anterior, cuando el nuevo presidente de la Concacaf, el abogado Jeffrey Webb, de las Islas Caimán, denunció que al iniciar su gestión se había descubierto que el Centro de Excelencia Joao Havelange de Puerto España (valorizado en US$25 millones que fueron financiados por FIFA) no estaba registrado como propiedad de la confederación sino a nombre de una empresa del ahora suspendido Jack Warner.

Mi pregunta a Champagne en la mañana de Budapest fue obvia:

-¿Acaso no sabía la FIFA cuando transfería el dinero para la construcción del centro que esas cuentas pertenecían a Warner?

-Se me hace muy difícil creer eso, cuando se hace cualquier depósito en una cuenta bancaria normalmente uno verifica quién es el titular– responde.

El problema, me explica el exdiplomático francés, es el poder que está excesivamente concentrado en las confederaciones continentales y el Comité Ejecutivo. “La FIFA es una organización de federaciones: el poder de gestión, de decisión, de chequeo y balance debe volver a las naciones miembros. En la actualidad su único poder efectivo es el de votar cada cuatro años por el presidente”

Este poder de las confederaciones hace que la Concacaf, por ejemplo, se de el lujo de alquilar una oficina en el TrumpTower de la Quinta Avenida de Manhattan, a razón de US$1 millón anuales. Su secretario general, Chuck Blazer (a quien conocimos como fiel sabueso de Blatter y alertándolo del fallido golpe de estado de Warner y Hammam), está siendo actualmente investigado por evasión de impuestos y lavado de dinero en Estados Unidos.

Desde el escándalo de Lord Triesman por los supuestos sobornos en la adjudicación de las Copas del Mundo del 2018 y 2022 y el suicido político de Warner y Hammam en Puerto España, Blatter ha vivido horas de peligro al mando de la FIFA. En un gesto que fue bienvenido por algunos críticos severos de la organización como Transparencia Internacional (TI), el suizo anunció en el Congreso en el que fue reelecto en Zúrich en junio del 2011 la implementación de reformas y la convocatoria a un organismo independiente para que se investiguen todas las denuncias de corrupción. Al mismo tiempo, y debido a la presión mediática existente, dijo que revelaría los nombres de los funcionarios que devolvieron dinero por los sobornos recibidos de ISL: es decir, los sudamericanos Havelange, Teixeira y Leoz. Finalmente, añadió que dejaría el cargo en el 2015.

La inesperada luna de miel con los críticos duró muy poco. Transparencia Internacional se desvinculó del proceso de reforma cuando en diciembre del 2011 FIFA anunció la designación de Mark Pieth, un reconocido jurista suizo, como presidente del Comité Independiente de Gobernabilidad, quien formularía recomendaciones de reforma al Comité Ejecutivo. Pieth, a pesar de contar con un currículum impecable, no cumplía con uno de los requisitos exigidos por TI: el hecho de que existía un conflicto de interés evidente, pues FIFA le había pagado cerca de US$120 mil por una consultoría reciente. Por otro lado, el encargo de FIFA al abogado suizo no incluía la facultad de investigar el pasado sino más bien de elaborar propuestas de reforma de cara el futuro.

Mientras tanto, dos compañeros incómodos de Blatter ya habían sido puestos fuera de juego: el Comité Olímpico Internacional (COI) había iniciado su propia investigación sobre los supuestos sobornos recibidos por uno de sus miembros, el visionario Havelange. A inicios de diciembre, y ante la inminencia de un escándalo de proporciones mayores, el nonagenario ex presidente FIFA optó por una salida poco elegante: renunció al COI. Debido a que ese organismo no puede investigar a quienes no son sus miembros, el procedimiento se detuvo. La caída de su yerno Ricardo Teixeira fue algo más aparatosa pues, luego de pedir una licencia médica, anunció su renuncia a la presidencia de la Confederación Brasileña de Fútbol y al Comité Ejecutivo FIFA en marzo del 2012. Su sucesor en Brasil, José María Marín, ya es una estrella de los medios: un video de la premiación de un campeonato juvenil en Sao Paulo en enero lo muestra robando con sutileza una de las medallas de oro, guardándosela con velocidad en uno de los bolsillos de su pantalón.

Sobre un café espresso le pregunto a Champagne acerca de cuándo piensa hablar de los motivos de su abrupta salida de la FIFA y especialmente, de todo lo que aún no se sabe de Sepp Blatter: “Ni muy temprano, ni muy tarde”, contesta, “y todavía es muy temprano”.

“La FIFA es una familia”

Hotel Merkur Korona. Budapest, 25 de mayo 2012. 8:40 pm. Un funcionario FIFA me recibe sentado en la barra de este hotel cercano al Museo Nacional de Hungría. Ha aceptado conversar conmigo con la condición de no ser identificado en este informe. En horas de la tarde ha culminado el 62 Congreso de FIFA en el Centro de Convenciones Hungexpo con un rotundo triunfo político para el presidente Sepp Blatter. Las reformas propuestas por el Comité Independiente de Gobernabilidad a cargo del profesor Mark Pieth han sido acogidas por el pleno por abrumadora mayoría. En su discurso, Pieth instó a las delegaciones a tomar estas recomendaciones como un todo y usando un término en inglés (cherrypicking), les rogó no escoger solo algunas como en un árbol de cereza. El viejo Sepp no demoró en replicar: “Profesor, tampoco nos pida que tumbemos el árbol”.

“El tipo tiene un dominio de escena impresionante”, me dice el anónimo interlocutor de la noche de Budapest, refiriéndose a Blatter.

Dice también que la idea de resucitar el caso ISL fue del propio Sepp Blatter: “Él lo filtró a la prensa, ya puedes darte cuenta que de un solo plumazo puso fuera de combate a Havelange y a Teixeira”. En general se muestra muy escéptico frente a la posibilidad de que se den cambios en la FIFA. “Hay que darse cuenta de que los temas fundamentales no fueron discutidos en este Congreso pues las recomendaciones de Pieth se aceptan pero no tienen carácter vinculante y que lo único que ha estado haciendo Blatter es ganar más tiempo. Nada sobre la transparencia en las finanzas, nada de publicar los salarios de los funcionarios”, continúa. Debe ser por eso que todas las propuestas sometidas a voto fueron aprobadas por un 99% de las delegaciones. “El propio Fidel Castro envidiaría esos niveles de aprobación”, añade.

El salario de Blatter siempre ha sido un misterio, pero en los corredores de la FIFA se comenta que debe rondar los 2 millones de euros anuales. “No se trata de dinero solamente”, explica el funcionario. “Pertenecer a las altas esferas de FIFA significa que eres parte de un club súper exclusivo: cenas con presidentes y ministros de Estado, te alojas en los mejores hoteles y te mueves en autos de lujo escoltado por policías: ¿quién querría renunciar a eso?”.

Al despedirme le pregunto qué posibilidades le ve a Michel Platini (el máximo ídolo del fútbol francés y ahora presidente de la Unión Europea de Fútbol así como miembro del Comité Ejecutivo FIFA) de reemplazar a Blatter en el 2015, ante el anuncio de este último que no postulará a un nuevo mandato. Sonríe:

“No estés tan seguro de que no postulará. Si una cosa se aprende en Zúrich es que el jefe puede decir una cosa, cuando en realidad quiere decir todo lo contrario. El único que lo puede sacar es el Congreso, y el Congreso es su familia”, precisa.

Horas después, al despegar de la tierra de Ferenc Puskas y Ladislao Kubala, una frase pronunciada al cerrar el Congreso por Sepp Blatter, el hábil hombrecillo de Valais, quedaba en mi memoria:

“Hemos abierto las puertas de nuestra casa para los que quieran entrar. Pero nuestros problemas los resolvemos dentro, la FIFA es una familia”.
 
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