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| 10/30/2010 12:00:00 AM

La paradoja de Obama

Las elecciones legislativas del martes podrían quitarle las mayorías al oficialista Partido Demócrata. Pero ese, a la larga, podría ser el mejor resultado para el Presidente.

La frase "perder es ganar un poco", que alguna vez dijo el entrenador de fútbol colombiano Francisco Maturana y que aún suscita burlas, bien podría aplicarla ya mismo el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, con respecto a las elecciones legislativas que tendrán lugar en su país este martes 2 de noviembre. Comicios decisivos no solo para la agenda legislativa gringa, sino para el futuro político del propio Presidente, que dos años después de haber llegado a la Casa Blanca en medio de una gigantesca ola de popularidad ve en serios aprietos su reelección a finales de 2012. Pero, qué curioso, es posible que quien le arroje el salvavidas, quien lo salve de morir ahogado en el intento, sea su mayor enemigo, el Partido Republicano si, como afirman casi todas las encuestas, gana ampliamente la batalla en las urnas en las próximas horas.

¿Por qué? La razón es simple. Hoy en día, con un desempleo que ronda el 10 por ciento y con una economía virtualmente paralizada, la inmensa mayoría de los gringos culpan solamente a Obama del desastre y creen que no ha sido capaz de manejar a los suyos en el Congreso, donde tienen el control. Pero si tras los comicios del martes la oposición republicana recobra la batuta en el Senado y la Cámara de Representantes, y si las cosas siguen mal, el Presidente sí tendrá entonces a quién echarle la culpa. Dirá que es el Congreso el que no quiere aprobar los proyectos de ley encaminados a sacar al país del atolladero. Como le afirmó a The New York Times un antiguo encuestador de las campañas de Bill Clinton, Douglas Schonen, "el mejor resultado para Obama es que los republicanos recuperen las dos cámaras".

Por absurda que suene semejante tesis, hay antecedentes muy sólidos que la respaldan. El más reciente fue hace tan solo 16 años. En aquel entonces gobernaba el también demócrata Clinton y su imagen, según los sondeos, estaba por los suelos. El enorme respaldo que había recibido en 1992 al derrotar a George H. W. Bush era cosa del pasado. Fue en ese momento cuando los republicanos, encabezados por Newt Gingrich, se inventaron la teoría de que iban a celebrar un nuevo 'Contrato con América' y ganaron por goleada en los comicios. El propio Gingrich se ubicó de primero en el partidor para las elecciones presidenciales y se convirtió en el hombre de moda. Pero el gran beneficiado fue Clinton. Pudo deshacerse del ala más liberal de los demócratas, responsabilizó a los republicanos de no querer reducir el déficit y fue reelegido en 1996 al doblegar fácilmente a Bob Dole por un margen de ocho millones de votos.

Algo similar sucedió medio siglo antes con otro dirigente demócrata, Harry S. Truman. Había llegado a la Presidencia para reemplazar al mítico Franklin Delano Roosevelt, fallecido en abril de 1945, tras su tercera reelección. Aunque Truman había iniciado el Plan Marshall para reconstruir a Europa después de la guerra, su porvenir político era incierto en 1948. La gente pensaban que el presidente iba a ser el republicano Thomas Dewey -un periódico de Chicago llegó a titular de ese modo al día siguiente de la votación-, pero lo cierto es que Truman lo venció por cuatro puntos porcentuales gracias, en parte, a que poco antes le había atribuido al Congreso republicano una inactividad pasmosa, lo había bautizado 'el Congreso que no hace nada' y lo había convocado incluso a unas sesiones extras en el verano.

Hoy en día, Barack Obama debe estar soñando con repetir la historia. Porque, la verdad, la tiene cuesta arriba. Desde la Casa Blanca ha hecho algunas cosas en el sentido correcto. Logró que el Legislativo le aprobara una hasta entonces impensable reforma a la salud pública, por la cual 30 millones de norteamericanos tendrán acceso a los servicios de salud. Logró que le aprobara también la reforma más profunda desde los años 30 al sistema de Wall Street. Y consiguió darle la vuelta a la imagen de Estados Unidos en el exterior, dañada por su antecesor George W. Bush. No obstante, eso no se refleja en los sondeos. "Prometí un cambio, pero no de la noche a la mañana", dijo Obama en defensa propia en el famosísimo programa de humor de John Stewart, el miércoles pasado. Pero la crisis financiera, el desempleo rampante y su inhabilidad para seducir a los grandes empresarios que, como sostiene The Economist, jalonan la economía, explican que su índice de desaprobación supere el 48 por ciento según la prestigiosa página web Real Clear Politics, que computa distintas encuestas, mientras que su aprobación apenas sobrepasa el 46 por ciento.

Para rematar, al frente suyo se levanta una oposición feroz, no solo por parte de los republicanos, sino por los integrantes del ultraderechista Tea Party (Partido del Té), acaudillado por la ex candidata a la Vicepresidencia Sarah Palin y por periodistas ultraconservadores como Glenn Beck. En ese movimiento militan algunos lunáticos que consideran que Obama es un musulmán encubierto que quiere conspirar contra Estados Unidos y que busca derrotar a los trabajadores blancos, protestantes y anglosajones. Tal vez por eso, y con la esperanza de que las aguas vuelvan a su cauce, lo ideal para el Presidente sería que la derecha se una en torno a Sarah Palin, que por más apoyo que esté recibiendo podría sufrir un varapalo en unas eventuales elecciones para llegar a la Casa Blanca. Sonaría absurdo que Palin venciera a Obama.

Lo que está en juego este 2 de noviembre son 37 curules en el Senado y todas las de la Cámara de Representantes. Y los demócratas viven días difíciles. Actualmente controlan las mayorías. En el Senado ocupan 59 de los 100 escaños y en la Cámara, 255 de los 435. El lío es que según las encuestas van a perder la ventaja y tampoco tienen a la historia de su lado. "El partido de un presidente con una aprobación menor al 50 por ciento ha cedido un promedio de 36 escaños en la Cámara", dice The Economist, un dato nada alentador para ellos. Fuera de eso, en las elecciones primarias de este año votaron cuatro millones más republicanos que demócratas y la votación del partido de Ronald Reagan y los Bush fue la mayor en ese tipo de elecciones desde 1930. Y como si fuera poco, de los casi 4.000 millones de dólares que ha costado esta campaña, los republicanos han gastado más y han pagado el doble por anuncios de publicidad.

Los comicios no se centrarán únicamente en lo que ocurra en el poder legislativo. Habrá elecciones para 37 gobernadores -los de California, Texas y Florida son los más importantes-, cargos de inmenso poder que definen muchas cosas en Estados Unidos, pues no hay que olvidar que cinco de los seis últimos presidentes ocuparon previamente esos puestos: Jimmy Carter, en Georgia; Ronald Reagan, en California; Bill Clinton, en Arkansas, y George W. Bush, en Texas. Del mismo modo, habrá votación para 6.118 escaños en los Congresos estatales y para resolver distintas propuestas en varios estados. Una de ellas, la Proposición 19, definirá si California va a legalizar el consumo y la producción de marihuana (ver artículo de portada). Otra, en el mismo estado, pretende reducir las grandes mayorías requeridas en el Congreso regional para la aprobación de tributos del presupuesto, algo que ha sumido a los californianos en auténticas parálisis. Y otras más, como las de Indiana y Colorado, buscan reformas tributarias.

Sea como sea, la atención del mundo y de la mayor parte de los gringos se fija en lo que pase con el Senado y la Cámara de Representantes. Un resultado que determinará las leyes que regirán a Estados Unidos en los próximos años, leyes que en ciertos casos influyen en otras latitudes -para nadie es un secreto que la suerte del Plan Colombia, cuyos fondos se reducen más y más, y la del TLC, firmado hace cuatro años y que aún no ha sido considerado por el Legislativo norteamericano, se juega en el Capitolio, en Washington-. Y un resultado que, si ganan los republicanos, puede servirle, y mucho, a su peor adversario: Barack Obama.
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