Viernes, 20 de enero de 2017

| 1995/12/25 00:00

LA PAZ Y LA DUDA

El acuerdo de paz en Bosnia-Herzegovina es un paso adelante pero no garantiza el final del conflicto.

LA PAZ Y LA DUDA

EL CANSANCIO PRODUCIDO POR 43 MESES de combates, la situación militar sin salida a la que llegaron los combatientes y la presión de Estados Unidos y la ONU fueron los factores determinantes del acuerdo de paz para Bosnia-Herzegovina, alcanzado el martes de la semana pasada en Dayton (Estados Unidos). Lo bueno de ello es que, al menos por ahora, cesará la carnicería en que se había convertido ese atribulado país desde su separación de Yugoslavia. Lo malo es que ninguno de esos factores significa una razón de fondo para que unos combatientes separados por siglos de odios y resentimientos se dispongan a convivir como hermanos.
La prueba de ello está en los anteriores planes de paz, que fracasaron porque la situación militar era diferente. El primero fue el plan Cutileiro, llamado así por el apellido del diplomático portugués José Cutileiro, quien negoció a nombre de la Unión Europea. Ese esquema, diseñado en marzo de 1992 para evitar que estallara la guerra, establecía una Bosnia con tres unidades autónomas para musulmanes, serbios y croatas, basadas en "principios nacionales sobre criterios económicos, geográficos y de otro tipo ". El bosquejo no hablaba de territorios ni de las relaciones entre el poder central y las regiones, lo que quedaba para futuras negociaciones.
Pero los musulmanes se retiraron, la Unión Europea reconoció a Bosnia, separada de Yugoslavia, y el 6 de abril los serbios de Bosnia, ante la posibilidad de quedar como una minoría en desventaja, se declararon en rebeldía para desconocer la autoridad del que llamaron el primer estado musulmán de Europa, e iniciaron la insurrección armada que generalizó la guerra. Algunos han sostenido que si los musulmanes hubieran aceptado el plan Cutileiro no se habrían producido las 200.000 víctimas de esta fase de la tragedia de la ex Yugoslavia.
El 2 de mayo el líder de la autoproclamada República Serbia de Bosnia, Radovan Karadzic, aceptó el plan Vance-Owen, pero condicionó su firma a la ratificación por su supuesto 'parlamento'. Este, a instancias del general Ratko Mladic, rechazó el plan porque requeria que los serbio-bosnios, que controlaban el 70 por ciento del territorio, debían abandonar parte de sus conquistas.
El plan actual, diseñado por el enviado estadounidense Richard Holbrooke, tiene a su favor que se aproxima a la situación militar, en la cual el gobierno bosnio de Alija Izetbegovic (mayoritariamente musulmán), con el apoyo del croata Franjo Tudjman, recuperó gran parte del campo perdido. Se basa en el mismo principio básico de mantener una Bosnia unida compuesta por dos partes, una confederación de Bosnia y Croacia y un sector serbio, formado por la fallida República Serbia de Croacia. Pero no responde a la pregunta de cómo puede ser viable un Estado casi sin autoridad central y con tanta enemistad entre las partes.
Fuera de esa cuestión, el acuerdo no sólo fue posible por el cansancio y por la situación militar, sino por dos factores más. Por un lado, por la presencia de soldados de Estados Unidos para garantizar, junto con otros de la OTAN, el cumplimiento de los acuerdos, y por el otro, por la ausencia de Karadzic y Mladic, acusados de criminales de guerra y reemplazados en representación de la parte serbia por el presidente de la actual Yugoslavia (compuesta sólo por Serbia y Montenegro), Slobodan Milosevic.
Milosevic, antiguo mentor de Karadzic y Mladic, podría pasar a la historia como el gestor de esta paz, pero en realidad fue uno de los mayores instigadores de la guerra, no sólo como suministrador de armas a los serbio-bosnios, sino como promotor de la idea de la Gran Serbia, base de las aspiraciones de sus paisanos de Bosnia. Pero el sagaz Milosevic entendió desde julio que su país ya no soportaba las sanciones impuestas por ONU por su apoyo a los serbio-bosnios, y que la situación militar, complicada por la masacre de Sbrenica, la reacción de la OTAN y la ofensiva bosniocroata, era insostenible.
En esas condiciones, la paz recién acordada tiene muchas debilidades. Por un lado está el compromiso de Estados Unidos, cuyo presidente Bill Clinton deberá remontar la marea aislacionista de los republicanos y convencer al Congreso y a sus conciudadanos de que la paz de la remota Bosnia es un interés vital para su país. Algo que podría derrumbarse con el primer norteamericano muerto.
En segundo lugar, Milosevic enfrenta fuerte oposición en la propia Yugoslavia de grupos como el Partido Nacionalista Serbio, que le llama traidor. El tercer problema está en los mismos serbio-bosnios, que por no haber sido representados directamente podrían desconocer los acuerdos. Y por último está el problema de fondo de la enemistad inveterada entre todos esos pueblos. Porque, por ejemplo, Franjo Tudjman, el presidente croata, al tiempo que colaboraba con los bosnios musulmanes, mostraba en París a mediados del año un mapa de lo que consideraba la división ideal de Bosnia entre Serbia y Croacia. Por eso, aun los más optimistas son cautelosos sobre el futuro de la paz en los Balcanes, porque un enredo de tal tamaño no se arregla con buenas intenciones, así provengan de Bill Clinton.

EFECTO DOMINO

UNA MANIFESTACION DE los albaneses de Kosovo frente a la base Wright Pattersson, en Dayton, mientras se realizaban las conversaciones de paz, recordó al mundo que la estabilidad en los Balcanes es tan sólo un deseo. Las cuentas pendientes fuera de Bosnia son muchas como para pensar que la historia registrará al 21 de noviembre de 1995 como el inicio de la paz. Hay varias regiones que aún tienen ahogado su grito de independencia, tanto que no es descabellado pensar que en 50 años habrá ocho repúblicas independientes en el lugar de Yugoslavia.
Kosovo, aunque no fue una república de la federación, disfrutó durante 15 años de autonomía. Con el arribo al poder de Slobodan Milosevic en 1979, la provincia perdió esos privilegios, lo que generó en su población un deseo de independencia. A pesar de que el 90 por ciento de sus habitantes es de origen albanés, sus lazos con Yugoslavia son muy fuertes: fue allí, en la batalla de Kosovo en 1389, que los turcos derrotaron a los serbios e iniciaron la invasión musulmana. Cuando comenzó la desintegración de Yugoslavia, Belgrado intensificó su presencia militar, pero la idea de la secesión permanece y la vecina República de Albania se ha mostrado dispuesta a acompañar a Kosovo.
Macedonia confía en tener a Albania como su aliado, pues el 60 por ciento de su población tiene su origen allí. Su vínculo es tan estrecho que cuando se separó de Yugoslavia y fracasó en su intento de ser reconocida por la ONU, Macedonia pensó en unirse a Albania. Pero es posible que la minoría serbia luche en contra de su independencia de Macedonia. Esta tiene un problema con Grecia por su nombre, pero esa es otra historia.
En el ojo del huracán también está Montenegro. A pesar de haber votado un referéndum en 1992 para continuar siendo parte de Yugoslavia, el descontento es manifiesto. Pruebas de ese sentimiento son los grafitos en las calles de Podgorica que dicen "Los montenegrinos no son serbios" y el surgimiento de un movimiento opositor -el Partido Verde- que ha planteado abiertamente la independencia.
Con el tratado de paz, el sueño de la Gran Serbia ha quedado formalmente en el olvido, pero es poco probable que Yugoslavia esté dispuesta a quedar conformada únicamente por Serbia y Vojvodina, únicas dos regiones de mayoría serbia.

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