Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2001/10/22 00:00

La piedra en el zapato

La renuncia del canciller italiano pone una vez más en entredicho el compromiso de Berlusconi con la U. E.

La piedra en el zapato

La llegada del euro fue el heraldo negro de la crisis política y diplomática que se vivió la semana pasada en Italia. De los 12 países en los que se instauró la moneda común sólo en éste no hubo ningún tipo de celebración. Largas colas se formaron a la entrada de los bancos, el metro y la oficina de correos. Sólo el 10 por ciento de las transacciones en efectivo se realizaron en euros, una cifra muy baja con respecto al promedio de países que comparten el nuevo régimen. Varios ministros italianos, conocidos por su escepticismo frente a la Unión Europea, dieron declaraciones desalentadoras. Antonio Martino, que tiene a su cargo la cartera de Defensa, insinuó que Italia no debería haber implantado el euro nunca y otro ministro declaró que le importaba “un comino” la llegada de la nueva moneda. Esta falta de entusiasmo y de preparación para llevar a cabo el primer gran paso hacia una verdadera unión económica causaron la ruptura de Silvio Berlusconi con el ministro de Relaciones Exteriores, Renato Ruggiero, conocido por su tendencia proeuropea, quien terminó renunciando el 5 de enero. Ruggiero había declarado que la llegada de la moneda común resaltaba divisiones internas en el gabinete ministerial con respecto a la política de Italia frente a la Unión Europea. “Las diferencias de opinión no son marcadas, son muy marcadas”, dijo al diario Il Corriere della Sera. A Berlusconi estas declaraciones no le cayeron muy en gracia y el 4 de enero respondió a ellas diciendo: “Soy yo quien tiene el liderazgo de nuestra política exterior. Ruggiero es un técnico y yo soy quien lo llamó al gobierno”. Tras esta afirmación nadie se sorprendió de que el funcionario renunciara al día siguiente por sugerencia de Berlusconi. El primer ministro anunció, entonces, que él mismo se haría cargo de la cartera de Relaciones Exteriores al menos por seis meses y reiteró su compromiso con la integración europea. Su insistencia en este último punto fue su respuesta a la alarma que la renuncia de Ruggiero ocasionó entre los defensores de la Unión Europea. La oposición calificó el hecho como “un severo golpe para el prestigio y la credibilidad de Italia”. En efecto, el saliente canciller era, según una reciente encuesta, el político con mayor grado de aprobación a nivel nacional. Su nombramiento servía además de sano contrapeso a un gabinete algo cargado hacia la derecha nacionalista y eurofóbica. En el exterior también se recibió la noticia con preocupación pues se teme que en remplazo de Ruggiero se nombre a Gianfranco Fini, líder de la Alianza Norte, el antiguo partido fascista hoy reformado. Los ministros de Relaciones Exteriores de Francia y Alemania manifestaron su pesar por la renuncia. El ministro de Finanzas francés, Laurent Fabius, dijo que luego de ella Italia necesitaba confirmar su compromiso con la Unión Europea y en una entrevista con la cadena Radio 1 declaró: “Italia es uno de los pilares de Europa y hay razones para estar bastante preocupados”. Para los países de la Unión Europea este malestar con respecto a la Italia de Berlusconi no es nuevo. La renuncia de Ruggiero llegó justo después de la polémica por el veto inicial de Berlusconi a la orden de arresto única para Europa motivado, según sus críticos, por la defensa de sus propios intereses. Sin embargo para algunos analistas el miedo a que Berlusconi incumpla su promesa de buscar una Europa fuerte e integrada puede ser infundado. No hay que olvidar que el primer ministro italiano es un estratega populista que se rige por las encuestas y mientras la mayoría de italianos esté a favor de la Unión Europea no hay que temer un repliegue nacionalista. Pero esa apenas es una hipótesis.

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