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| 4/23/2011 12:00:00 AM

La pieza clave

Las protestas en Siria tienen a Oriente Medio en estado de alerta. El país, clave en el delicado equilibrio regional, terminó por convertirse en un escenario de guerra fría entre chiitas y sunitas.

La situación en Siria se complica a pasos agigantados. Lo que empezó hace un mes como un movimiento aislado de protestas en Dera, un pequeño pueblo en la frontera con Jordania, terminó convertido en una bomba de tiempo que tiene en alerta al régimen de Damasco y a los gobernantes de Oriente Medio, que observan con cautela al país donde todas las fuerzas de la región tienen intereses en juego.

"Dios, Siria y libertad" han gritado desde el comienzo de las protestas miles de personas que empezaron reclamando reformas y que con el paso de los días piden la caída del régimen de Bashar al-Assad, quien después de 11 años en el poder enfrenta la peor crisis del país, de 19 millones de habitantes.

Bashar, que era oftalmólogo cuando su todopoderoso padre, Hafez, murió, en 2000, fue designado por la línea dura del régimen para reemplazarlo. La noticia fue bien recibida por los sirios, que vieron con buenos ojos la llegada de un joven Bashar lleno de nuevas ideas. Prometía reformas que despertaron la esperanza de una población cansada de vivir bajo un estado de seguridad. El nuevo heredero, sin embargo, se vio atrapado de inmediato en la burocracia de un régimen temeroso que nunca le permitió llevar a cabo esas promesas.

Lo paradójico, aseguran los analistas, es que ahora que le ha llegado el momento para los cambios, Al-Assad ha terminado por ser víctima de una encrucijada que él mismo creó con sus reacciones contradictorias entre la violencia y el diálogo. Por un lado, ha pretendido desconocer la naturaleza social de las protestas, al acusar a los manifestantes de estar incitados por fuerzas extranjeras que quieren desestabilizar el país, acusación que insisten en negar los activistas políticos sirios a pesar de que, para fortuna de Al-Assad, hay informaciones que la confirman.

"Hemos sabido por WikiLeaks que el gobierno estadounidense ha dado dinero a líderes opositores en el extranjero, pero esto no es argumento para negar los reclamos de la población", respondió a SEMANA un activista que pide no dar su nombre. Se refiere a una publicación del Washington Post que cuenta cómo Estados Unidos les pagó a disidentes sirios, entre ellos, la cadena de televisión crítica al régimen BaradaTV, que emite desde Londres.

"Nosotros no queremos repetir la experiencia de Irak y terminar en una guerra civil, pero sí queremos que el gobierno lleve a cabo las reformas que prometió", afirmó el activista, al tiempo que aseguró que Al-Assad y el Ejército, liderado por la misma secta de los alauita a los que pertenece el presidente, han actuado con una brutalidad sin límites. Según organizaciones de derechos humanos, más de doscientas personas habrían muerto desde que comenzaron los alzamientos y más de novecientas habrían sido detenidas.

Pero, por otro lado, Bashar al-Assad ha hecho varios intentos para recuperar el apoyo de la población. Hizo concesiones y anunció reformas conciliadoras: formó un nuevo gobierno con un nuevo primer ministro, dejó en libertad cientos de detenidos y, sobre todo, abolió la temida Ley de Seguridad, vigente desde 1963. Esta ley, que permite que se encarcele sin necesidad de orden judicial y que autoriza la tortura, ha sido el instrumento utilizado para controlar a una sociedad que por más de cuatro décadas ha vivido bajo una represión sistemática.

Detenerse ante las dudas

Estas reformas, que hasta hace unos meses hubieran sido recibidas con euforia, no han dado el resultado esperado. Muchos sirios ya no creen en promesas, y las protestas, que han dejado una decena de muertos de ambos lados, incluidos militares y sus familias, siguen en varias ciudades.

Estos acontecimientos llevaron al gobierno a endurecer su discurso al señalar que grupos salafistas (islamistas radicales sunitas) estaban sacando provecho de la situación. "El país enfrenta una insurrección armada", dijo el lunes pasado el ministro del Interior, que aseguró que no se tolerará ninguna protesta, lo que hace prever a los analistas que la represión va a continuar a pesar de la abolición de la Ley de Emergencia. Las acusaciones hechas por el gobierno también revivieron el temor de algunos analistas de que Siria esté a puertas de una guerra sectaria que tenga consecuencias catastróficas para el país y la región.

Siria es un rompecabezas de religiones y grupos étnicos que han logrado convivir debido a la represión del partido único Baaz, que gobierna el país desde 1966, cuando dio un golpe de Estado.

Fue cuatro años más tarde, sin embargo, cuando el Hafez al-Assad realizó un golpe más dentro del partido, que pasó a ser gobernado por la minoría alauita, secta que se deriva del chiismo y que solo representa el 12 por ciento de la población, que es de mayoría sunita.

Balance regional

Es esta complejísima composición étnica y religiosa, sumada al pragmatismo de los Al-Assad -que siempre han sabido moverse para defender los intereses del país en una región complicada como pocas-, lo que hace que Siria sea una pieza clave en la geopolítica de la región y que cualquier cambio tenga consecuencias en toda la zona.

Para empezar, es el gran aliado iraní en Oriente Medio. Ambos países, junto con la organización chiita libanesa Hezbolá y con Hamas, en Gaza, son considerados el gran eje contra Israel. Un cambio de gobierno en Siria sería una pérdida para Teherán, que ha acusado a Estados Unidos de crear una guerra entre chiitas y sunitas en la región, especialmente en el Golfo.

Irán acusa a las monarquías sunitas de la región, lideradas por Arabia Saudita, de haber roto las leyes internacionales con la intervención de tropas en el emirato de Bahréin con el objetivo de reprimir las protestas que llevaba a cabo la población chiita, mayoría en el país.

Los sauditas, que son los grandes líderes sunitas de la zona, también tendrían problemas con la caída del régimen sirio. Si bien es cierto que podrían recuperar el poder en un país donde son mayoría, temen que un cambio en Siria vaya a desestabilizar países ya de por sí complicados, como Irak y Líbano, donde los sirios desempeñan un papel fundamental.

Por su parte, Israel, que podría estar feliz si cae uno de sus grandes enemigos, también tiene dudas acerca de las consecuencias de un cambio de régimen. Al fin y al cabo, contemplaba la esperanza de hacer las paces con Siria algún día y así aislarlo del eje de Irán. A esto se suma que tanto Israel como Estados Unidos ven con preocupación que un partido islámico tome el poder en Siria, donde aplican el viejo dicho de mejor malo conocido que bueno por conocer. Siria, al fin y al cabo, es la ficha clave del ajedrez a la que nadie le pierde la vista. La cuestión es que la partida apenas empieza.
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