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| 7/30/2001 12:00:00 AM

La era postalibán

Empieza a discutirse el futuro del gobierno afgano cuando el Talibán caiga. La ONU, diferentes etnias, países vecinos y un rey exiliado desempeñarían un papel clave.

La Casa Blanca y los aliados de la guerra contra el terrorismo ya no discuten cómo acabar con el Talibán. Con la segunda semana de bombardeos a Afganistán el colapso del régimen se da por hecho y lo que se discute es cómo será la reconstrucción del Afganistán de la era postalibán, una tarea que desde ahora parece titánica por la cantidad de intereses opuestos en juego.

Uno de los principales problemas para crear un gobierno estable es la multiplicidad étnica de la población afgana. Un gobierno verdaderamente democrático debería representar de una forma justa a todos los grupos. Pero aquí comienzan los problemas. Para empezar, el grupo mayoritario, con el 40 por ciento de la población, es la etnia pashtun y esta es justamente la etnia de los Talibán. Además es ampliamente favorecida por el vecino Pakistán, por lo que a este gobierno no le conviene que los Talibán sean totalmente excluidos. Dados estos intereses de Pakistán, cuyo apoyo es imprescindible para reconstruir el régimen afgano, el secretario de Estado Norteamericano, Colin Powell, hizo eco del deseo del presidente Pervez Musharraf de que los Talibán moderados hagan parte del futuro gobierno afgano.

Sin embargo esta posición choca con otros intereses. El más grave tiene que ver con el papel que se le otorgará a las fuerzas opositoras de la Alianza del Norte. Desde que la Unión Soviética retiró sus tropas de Afganistán, ella y su sucesora Rusia han apoyado la rebelión contra el gobierno Talibán por parte de la Alianza Norte. Quizá por esta razón el gobierno de Vladimir Putin ha sido tan enfático en su oposición a la participación de los Talibán en un futuro gobierno afgano y en cambio ha favorecido la iniciativa de la Alianza Norte de convocar un Consejo Supremo de Unidad Nacional (o Loya Jirga) en el que participarían las diferentes etnias opositoras y que sería presidido por el antiguo rey, Zahir Shah, hoy en el exilio.

Pero esta posibilidad tiene varios inconvenientes. Para empezar, la Alianza Norte es un conjunto heterogéneo de tajikos, uzbejkos, hazaras y otros, lo que lo convierte también en un grupo poco cohesionado sobre todo desde el asesinato, un día antes del 11 de septiembre, de su comandante Ahmad Shah Massoud, por lo que su llegada al poder podría conducir a una nueva guerra civil. Para completar, aunque la figura del rey podría darle una cierta unidad al nuevo gobierno, la verdad es que Barhanuddin Rabanni, el presidente nominal de Afganistán reconocido por la ONU, no está dispuesto a apoyar al rey. Recientemente Rabanni pidió a Estados Unidos que no dejara de lado el reconocimiento internacional de su gobierno al considerar el futuro de Afganistán.

No obstante, la propuesta de la Alianza Norte tampoco ha podido ser descartada por Estados Unidos pues el apoyo de este grupo es igualmente imprescindible. Si Estados Unidos decide enviar a Afganistán tropas terrestres para acabar con Ben Laden o incluso tropas pacificadoras de la ONU para darle estabilidad a cualquier modelo de gobierno de transición que se pretenda instalar, el apoyo de la Alianza Norte no podrá pasarse por alto. Según el analista político Nuralí Davlatov, si la Alianza Norte no coopera con Estados Unidos: “Para la población afgana, que es totalmente iletrada y que no tiene acceso a ninguna fuente de información, la llegada de tropas estadounidenses sería vista como una agresión y, naturalmente, creo que la agresión se encontraría con una resistencia en Afganistán y hasta podría suceder que la Alianza Norte se una con el Talibán”. n
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