15 diciembre 2012

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La primavera de sangre

MUNDOLa revolución siria se convirtió en 2012 en una de las más crueles guerras civiles de los últimos tiempos, que podría llegar a desestabilizar una región frágil como pocas.

La primavera de sangre. Un combatiente rebelde le dispara a soldados  del gobierno de Bashar al-Assad en Alepo, una de las principales ciudades sirias.

Un combatiente rebelde le dispara a soldados del gobierno de Bashar al-Assad en Alepo, una de las principales ciudades sirias.

“ Cuando todo empezó, nos llevaban a donde había demostraciones y nos decían que disparáramos a lo que se movía. Que todos eran terroristas extranjeros”, contó a SEMANA Abdalá, de confesión sunita como muchos de los rebeldes, que al comienzo de la revolución, en marzo de 2011, prestaba servicio militar.  Fue así como rápidamente la espiral de violencia empezó. De nada valía que el presidente Bashar al-Assad, de la minoritaria confesión alauita que representa el 14 por ciento de la población siria, hablara entonces de reformas. Hasta que la oposición se armó en una compleja estructura de brigadas bajo el nombre Ejército Libre de Siria.

Desde entonces, la revolución se ha convertido en la guerra civil de hoy, con 42.000 muertos, 510.000 refugiados en países vecinos (alrededor del 50 por ciento menores de 18 años), más de dos y medio millones de desplazados y cientos de miles de millones de pérdidas, incluidos tesoros de la humanidad. A esto se suma que gran parte del país no tiene electricidad, agua y medicinas.

La degradación de la guerra ha llevado a los analistas a pensar que lo peor no ha llegado. La dinastía de los Assad parece dispuesta a pelear hasta el final. Y esto podría significar una guerra civil sectaria como la que vivió Líbano por más de 15 años. La diferencia es que en el vecino país ninguna confesión era mayoritaria. En Siria, los sunitas son el 60 por ciento y el resto de minorías como alauitas, cristianos y drusos representan alrededor del 10 por ciento cada una. El temor por su vida las ha llevado a permanecer unidas.

Al día de hoy hay problemas aún más graves. ¿Cómo controlar y organizar las miles de brigadas, conocidas como katibas? Y es que mientras las potencias occidentales llevan más de dos años preguntándose qué hacer–solo ahora empiezan a ponerse de acuerdo en apoyar al recién formado Consejo Nacional en el exilio-, el desespero de los rebeldes ha creado un escenario desalentador. Pocos adentro respetan a la oposición externa y a los occidentales. “Dicen que nos apoyan y lo único que mandan es esto”, dijo a SEMANA en Alepo un comandante del ELS refiriéndose a unos binoculares y un radio portátil.

El sentimiento de abandono dio espacio para que países de la región con doble agenda como Arabia Saudita y Qatar impulsaran sus intereses canalizando su apoyo a través de los grupos salafistas –creyentes en el islam original-, que fueron ganando espacio. No solo tenían mejores armas sino que su estructura religiosa los hacía más ordenados. Y esto fue atrayendo a combatientes que no practicaban el salafismo, pero sentían que tenían más oportunidades en ese entorno. Y la paga era mejor.

En la ecuación de la guerra también entran grupos extremistas simpatizantes con Al Qaeda, especialmente el poderoso Frente Al-Nusra declarado terrorista por Estados Unidos, que nadie cree que vaya a desaparecer en caso aun si Assad se va y la oposición toma el control. Y es que como si el enredo no fuera suficiente, las relaciones de la oposición – incluido el Ejército  Libre de Siria-, con el frente Al-Nusra y los salafistas más extremistas también es contradictoria.

De hecho, los extremistas no quisieron unirse al consejo militar que pretende agrupar a las brigadas, canalizar la ayuda del exterior y coordinar la estrategia. Por otro lado, saben que sin los extremistas no habrían logrado los avances militares de hoy. “Claro que es preocupante. Pero de ellos nos encargaremos cuando hayamos salido de Bashar”, aseguraba hace unos días una activista laica de Damasco que ha apoyado la revolución desde el comienzo.

¿Porqué no esperar a declararlos terroristas cuando todo haya terminado? ¿Por qué no declarar a Assad y su Ejército también terrorista?, se preguntaban esta semana en varios frentes de Siria donde muchas brigadas, incluso las más laicas, han cerrado filas para condenar la decisión de Washington. Y es que si al principio en Siria la oposición abogaba por la intervención extranjera, hoy la rechazan. Hay quienes creen que el Consejo Nacional, que muchos países han reconocido, no podrá tener margen de maniobra. Es demasiado tarde, dicen.

Y es que la guerra siria ha avanzado tanto que hoy parece imposible de abarcar. “La situación en Siria es una mancha en la conciencia mundial y la comunidad internacional tiene la responsabilidad moral de abordarlo”, aseguró esta semana José Manuel Barroso cuando recogía el premio Nobel de la Paz en nombre de la Unión Europea.
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