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| 6/21/2014 12:45:00 AM

Un nuevo rumbo

La Primera Guerra Mundial acabó con el mundo monárquico, imperial y colonial del siglo XIX y le dio el empujón definitivo al inicio de una nueva era.

Nueve millones de muer-tos, 2 millones de heridos, 1.567 días de lucha. Por donde se le mire, la Primera Guerra Mundial dejó un saldo humano nefasto y causó traumas que han marcado la sociedad hasta hoy. La Gran Guerra, sin embargo, fue sobre todo una plataforma de profundos trastornos económicos, sociales y geopolíticos. Sin lo ocurrido en los años entre 1914 y 1918, no habría habido sido posible la Rusia comunista, ni el dictador Adolf Hitler, ni el fascismo italiano, ni los estados nacionales en Europa, ni la hegemonía de Estados Unidos. En otras palabras, sin esa guerra, el siglo XXI sería muy distinto.

1 El fascismo hijo de la guerra

En las trincheras de los frentes italianos y alemanes Benito Mussolini y Adolf Hitler eran uno más: carne de cañón, enrolados voluntarios que pronto ganaron el respeto de sus camaradas y ascendieron a cabos. En 1918, para ninguno de los dos la guerra había terminado. En Italia, los tratados de paz dejaron un mal sabor. Se habló de “victoria mutilada”, pues Roma no obtuvo la costa de Dalmacia, actual Croacia. El ultranacionalismo bullía y en todo el país se organizaban grupos de excombatientes. En 1919, Mussolini fundó los grupos armados Fasci di Combattimento y lanzó un partido revolucionario, patriota, antiparlamentario y anticapitalista. El duce capitalizó la frustración social y prometió refundar la patria. Su ascenso electoral fue irresistible y en octubre de 1922 marchó sobre Roma con 26.000 camisas negras. Acorralado, el rey no tuvo más remedio que nombrarlo primer ministro.

En 1918, unos cientos de kilómetros hacia el norte, los alemanes vivían un infierno. El país estaba arruinado, humillado por los castigos que le habían infligido en Versalles, que habían acabado con su Ejército, su territorio y su economía. La gente sufría hambre, la hiperinflación acechaba, y la desconfianza arremetía contra la República de Weimar. Un año más tarde, los comunistas de Berlín se rebelaban y ponían en vilo al país, y en toda Alemania los excombatientes desempleados se organizaban. Rechazaban un Estado que les había dado la espalda, que había desmembrado la Nación y que había tolerado el comunismo revolucionario. En ese clima de agitación surgieron en 1920 el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán y su brazo armado, las “camisas pardas”. Los nazis no desaparecerían hasta 1945. Conclusión: la ideología extremista de Hitler y Mussolini nació sobre las cenizas de la guerra.

2 Y el comunismo conquistó Rusia

Karl Marx y Friederich Engels publicaron El Manifiesto del Partido Comunista en 1848. Pero sus ideas debieron esperar hasta la Primera Guerra Mundial para conquistar el poder. Rusia vivía una agitación revolucionaria, impulsada por Lenin, desde antes de 1914. Pero los desastres militares del zar Nicolás II y el hambre de la población provocaron los ideales para que los bolcheviques se tomaran Rusia. Además, 1.700.000 rusos habían perdido la vida en el frente, la moral del Imperio estaba en el piso, y el Estado había perdido el control de todo. En febrero de 1917, la revolución estalló al grito de “¡Abajo la guerra! ¡Abajo la autocracia!”. Un gobierno liberal se impuso, pero en medio del colapso económico y la guerra las ideas de Lenin y Trotsky ganaron influencia. En octubre, gritando promesas de “Paz, pan y tierra”, los bolcheviques armados tomaron el poder en San Petersburgo. La Rusia roja había nacido.

3 El costo imperial

Antes de 1914, Alemania, Rusia, el Imperio Austro-Húngaro y el Otomano estaban gobernados por el absolutismo, la autocracia y la nobleza. Los cambios sociales y las derrotas materiales y espirituales que trajo la Gran Guerra, sin embargo, tumbaron las dinastías y echaron por la borda el viejo mundo. Las batallas en suelo europeo cayeron como una guillotina sobre el poder absolutista a la vieja usanza.

El Imperio Alemán, surgido apenas en 1871, venía de una tradición prusiana antigua. El megalómano y testarudo Guillermo II había convertido al país en una potencia, pero la debacle de 1918 le quitó al káiser su legitimidad, y este debió abdicar y exiliarse en los Países Bajos. En Viena, los Habsburgo dominaban una sociedad multicultural, que ocupaba gran parte de Europa Central. La derrota, no obstante, desnudó el frágil entramado de naciones y religiones que lo componían y así el imperio explotó en mil pedazos. Allí nacieron Checoslovaquia, las repúblicas de Austria y Hungría y Yugoslavia. Esta última terminaría siendo la olla a presión de los balcanes.

La suerte del Imperio Otomano, que existía desde 1299, no fue distinta. En 1914, Estambul era el centro del mundo árabe, y el Imperio Otomano controlaba Turquía, Irak, el Medio Oriente y parte de la Península Árabe. La derrota derribó al sultán Mehmed VI, a quien reemplazó un grupo de jóvenes oficiales liderados por Mustafa Kemal Atatürk. Estos fundaron la república de Turquía. Las potencias victoriosas cayeron como aves de rapiña sobre el resto del imperio y se lo repartieron. Los franceses se quedaron con Siria y Líbano, y los británicos, con Mesopotamia, Palestina y Jordania. La absurda repartija, de la cual surgió el explosivo Medio Oriente, ha tenido consecuencias hasta hoy.

En Rusia, el fracaso militar del Ejército imperial de Nicolás II provocó la revolución de febrero de 1917. Cuando los comunistas se tomaron el poder, el zar y su familia fueron asesinados. Las balas bolcheviques acabaron con los Romanov, una dinastía que llevaba tres siglos dominando el país.

4 Dudas coloniales

La Primera Guerra fue el germen del que surgieron los movimientos nacionalistas en las colonias que Francia y el Reino Unido tenían en todo el mundo. Cuando las batallas cesaron en 1918, los dos imperios coloniales, victoriosos, pensaron que habían salido ilesos de la conflagración, pero pronto sintieron el coletazo. Cientos de miles de soldados, canadienses, australianos, magrebíes, indios y africanos lucharon por la “madre patria” en las trincheras. Y aunque el sacrificio fue enorme, cuando los sobrevivientes volvieron a sus países, nada había cambiado. Los veían como los peones de las batallas de París y Londres y los seguían tratando como ciudadanos de segunda. En la Commonwealth, confederación que reunía el Imperio Británico, los políticos locales reclamaron más autonomía después de 1918. El Reino Unido, de manera progresiva, otorgó la independencia a Canadá, Australia, Nueva Zelanda y Sudáfrica. En Irlanda una sangrienta guerra de guerrillas, liderada por excombatientes, logró la libertad de la isla en 1922.

5 El mundo multilateral

El Tratado de Versalles no solo puso fin a la guerra en 1918, sino que creó, bajo la tutela del presidente de Estados Unidos, Woodrow Wilson, la Sociedad de las Naciones con el objetivo de prevenir los conflictos a través de la diplomacia, el objetivo de la seguridad colectiva y el mejoramiento de la calidad de vida. Aunque el Congreso estadounidense no aprobó la adhesión, 42 países celebraron en 1920 el primer congreso de esa sociedad en Ginebra. Ahí se sentaron las bases de una comunidad que se comprometía a negociar en conjunto, a respetar el derecho internacional y a apoyar instituciones como la recién nacida Organización Internacional de Trabajo. Pero la sociedad tuvo serios problemas de legitimidad y se mostró incapaz de evitar la guerra civil española y la Segunda Guerra Mundial. Como dijo, burlón, Mussolini: “Son muy eficaces cuando los gorriones gritan, pero son un fracaso cuando las águilas atacan”. Más allá de las críticas y los fracasos, allí, en la Sociedad de las Naciones nació la idea de un mundo multilateral donde el derecho prima. Sin ella, las Naciones Unidas serían hoy inimaginables.

6 ¡Qué viva Estados Unidos!

Antes de 1914, Alemania y el Reino Unido eran las más grandes potencias económicas, militares y políticas del mundo. Pero la guerra arruinó a Berlín, que perdió su peso internacional, y condujo a Londres a una profunda crisis económica, y a sus colonias, a encender la mecha de los estallidos nacionalistas. Al mismo tiempo, Estados Unidos tomaba vuelo bajo la imagen de una potencia refrescante, democrática, altruista y, sobre todo, salvadora. Su providencial intervención en la guerra en 1917 había determinado el rumbo del conflicto. Su presidente, Woodrow Wilson, pudo coronarse como el gran ganador de la guerra e impuso los famosos 14 puntos que definieron la denominada Pax americana: libre mercado, abolición de la diplomacia secreta, libre acceso al mar, derecho a la autodeterminación de los pueblos, desarme de Alemania y creación de la Sociedad de las Naciones. No todos los ideales de Wilson se hicieron realidad, pero cambiaron el mundo y fijaron a Estados Unidos en el trono global.
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