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| 5/12/2012 12:00:00 AM

La rebelión europea

La llegada del socialista François Hollande al gobierno francés encendió la chispa de rebeldía contra la política de austeridad.¿Logrará imponerse a los mercados y a la obstinación de la canciller alemana Angela Merkel?

Europa está cansada, roída por las deudas, sofocada por el desempleo, asaltada por la bancarrota. Desde hace casi dos años la receta para salir de la crisis ha sido la misma: recortar, privatizar, apretar y flexibilizar. Pero el crecimiento no llega y los ciudadanos no parecen aguantar mucho más. Si 2011 fue el año de los Indignados, en 2012 la cólera pasó a las urnas.

Eso quedó claro la semana pasada con la histórica elección de François Hollande, que acabó con 17 años de gobiernos conservadores en Francia y con los preocupantes resultados de las votaciones parlamentarias griegas, que dejaron un país ingobernable, asediado por el ascenso de los partidos extremistas. Como escribió el premio Nobel de Economía Paul Krugman: “Los franceses se están rebelando. Los griegos también. Y ya era tiempo”.

Ambos resultados son el signo del rechazo al dogma de la austeridad, impuesto por Berlín y Bruselas, la capital de la Unión Europea (UE). Y son los primeros pasos de una batalla que muchos quieren dar para buscar salidas a la crisis al impulsar el crecimiento, estimular el consumo y crear trabajo. Ese nuevo enfoque tiene en Hollande a su paladín, pero deberá imponerse a la obstinación de la canciller alemana Angela Merkel y de los mercados.

Por ahora la situación es preocupante. A una economía alicaída se añade una crisis política grave. Desde 2010 pocos gobiernos de izquierda o de derecha han logrado sobrevivir a las elecciones. Y lo peor de todo, como le dijo a SEMANA Jean-Luc Gaffard, economista del Observatorio Francés de Coyunturas Económicas (Ofce):“Las medidas de austeridad se están volviendo una amenaza para la democracia, pues no solo crean zozobra electoral y dificultades para gobernar, sino que estimulan el crecimiento de los extremos en las elecciones”.

Grecia es el peor ejemplo. El domingo pasado la política helénica estalló en mil pedazos. Por primera vez desde que volvió la democracia en 1974, ni los conservadores de Nueva Democracia, el más votado con 19 por ciento, ni los socialistas del Pasok consiguieron una mayoría suficiente. Los votos se esfumaron hacia partidos que rechazaron abiertamente los recortes. Syriza, una agrupación de extrema izquierda, es con 17 por ciento de los votos la segunda fuerza nacional. Exige cancelar parte de la deuda y negociar con Bruselas. Pero el engendro más preocupante es la llegada al parlamento de Aurora Dorada, un partido neonazi, abiertamente racista, cuyos violentos militantes hacen el saludo hitleriano y proponen “minar la frontera” para detener la inmigración. Nueva Democracia ya fracasó en su intento por formar gobierno y, como lo mismo le pasó a Syriza, lo más probable es que haya nuevas elecciones en junio.

El resto del continente no es mucho más estable. Hace diez días en el Reino Unido las elecciones municipales castigaron la coalición conservadora del primer ministro David Cameron, que lleva dos años en el poder. Sorprendió el 14 por ciento que obtuvo el Ukip, un partido independentista, de derecha y antieuropeo. En los Países Bajos, a finales de abril, el gobierno colapsó después de que Geert Wilders, líder de extrema derecha, rechazó un paquete de recortes. “No vamos a aceptar tener a nuestra gente sangrando a manos de los burócratas de Bruselas”, dijo el populista Wilders.

Por eso muchos gobiernos estuvieron de acuerdo con las palabras de Hollande la noche de su elección: “Sé que Europa nos mira y sé que en muchos países sienten un alivio, la esperanza de que la austeridad ya no sea una fatalidad”. Mario Monti, el primer ministro italiano, tecnócrata, banquero y no precisamente de izquierda, dijo que los resultados en Francia y Grecia “imponen una reflexión sobre la política europea. Es fundamental que se adopten políticas concretas para el crecimiento”. El británico Cameron afirmó que “el programa de Hollande está en muchos aspectos en el mismo camino que el nuestro”.
En su campaña el socialista francés prometió renegociar el pacto que aprobaron los países de la UE en enero. El texto, impulsado por Merkel y Nicolas Sarkozy, obliga a no sobrepasar un déficit anual de 3 por ciento y prevé castigos legales y económicos a quien no lo logre. El objetivo es controlar las deudas públicas y convencer a los mercados de que el desastre griego no se va a repetir.

La promesa de Hollande es renegociar el tratado, “privilegiando el crecimiento y el empleo y reorientando el Banco Central Europeo en esta dirección”. Para él, “la economía de la oferta (que favorece la austeridad) no puede ser separada de la estimulación más directa de la demanda (invertir para estimular el consumo)” y hay que usar el Banco Europeo de Inversiones como palanca para financiar grandes proyectos de infraestructura. Propuestas inspiradas en John Maynard Keynes, gran defensor de la intervención pública para impulsar las economías en crisis.

Pero el nuevo presidente francés no la tiene fácil. El domingo pasado, apenas empezaba a celebrar su triunfo, entró una llamada a su teléfono. Era Merkel, que lo felicitó y lo invitó a Berlín. Unas palabras protocolarias que al día siguiente fueron completadas con una advertencia: “El pacto fiscal no es negociable. No se puede reabrir un pacto cada vez que hay elecciones”. Un nein rotundo. Los mercados también rechazaron la elección del socialista con la cotización más baja del euro en tres meses.

Y Hollande aún está a la espera de las elecciones legislativas del 10 de junio. Como dijo a SEMANA Bruno Cautrès, del Instituto de Estudios Políticos de París: “En este momento Hollande no tiene mucho margen. Si hay una victoria nítida de la izquierda, va a salir reforzado. Mientras tanto, entre Merkel y Hollande hay una guerra de posiciones, hicieron algunos tiros al aire para ver qué pasaba, pero por ahora se están observando”.

Por su parte, el profesor francés de Economía Jacques Le Cacheux le dijo a SEMANA que “Hollande puede negociar un compromiso europeo, pues no está aislado. Alemania no quiere ceder, pero se va a dar cuenta que está sola y tendrá que hacer concesiones”.
Y eso es lo que piensan muchos europeos. Varias voces en Alemania empiezan a pedir un nuevo enfoque y, aunque Merkel es muy popular, su coalición no es tan sólida. La semana pasada sufrió un revés en las elecciones en el estado de Schleswig-Holstein. Y el domingo (al cierre de la edición aún no se conocían los resultados), Merkel iba a medir sus fuerzas en Renania del Norte-Westfalia, el estado más poblado e industrializado, y los sondeos no la favorecían. Como dijo Cautrès, “la derrota de Sarkozy es una grave advertencia para Merkel”. Por eso a ella no le sirve empecinarse en una posición criticada, pues hay una ventana para la negociación.

Pero sería un error pensar que las cosas van a cambiar pronto. La burocracia europea no solo es lenta, sino que los efectos de las políticas de austeridad o de las de crecimiento no son inmediatos. Los tiempos largos de la economía no son los tiempos cortos de la política.

Sin embargo, el cambio de enfoque sí necesita celeridad. La austeridad no solo está amenazando gobiernos y economías, también ataca a Europa. Como explica Cautrès, mucha gente ahora piensa que “más Europa es menos estado de bienestar”, pues culpan a las directivas de Bruselas y de Berlín de desmantelar sus derechos a la salud, la educación y los servicios públicos. Por eso el debate no es únicamente sobre deudas, macroeconomía y términos abstractos, sino también sobre el futuro de la UE, un sueño que inspiró al mundo.
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