25 febrero 2012

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La recaída

VENEZUELAEl incierto estado de salud de Hugo Chávez no es solo un problema médico. También enferma gravemente el futuro de la Revolución bolivariana.

La recaída. En una visita a una fábrica de tractores, Chávez anunció que  tendrían que volver a operarlo.

En una visita a una fábrica de tractores, Chávez anunció que tendrían que volver a operarlo.

Duda. Desde que Hugo Chávez anunció la semana pasada que le encontraron una “lesión en el mismo sitio donde fue detectado el tumor hace un año” y que “hay altas probabilidades de que esta sea maligna”, la duda asalta a todos los venezolanos. Lo único que se sabe a ciencia cierta, después de la primi
cia del periodista Nelson Bocarandas, es que estuvo en Cuba para hacerse unos exámenes y que volvió a la isla a someterse a una operación. El resto es confuso.

Hay incertidumbre sobre el estado de salud del presidente y todo el mundo se pregunta lo que le pueda pasar en los próximos meses. No se sabe si estará en condiciones para enfrentar la campaña electoral. Y el chavismo se inquieta con la necesidad de encontrarle un reemplazo. El presidente insistió en que todo iba bien y que él estaba “en condiciones de enfrentar esta nueva batalla”. Pero eso no es suficiente para contestar tantos interrogantes que tienen al país nervioso y angustiado.

Como desde el comienzo no ha habido un parte médico oficial, y el gobierno ha tratado el tema de la salud del presidente como un secreto de Estado, no se sabe casi nada. En junio pasado, después de tres semanas en un hospital en La Habana, un Chávez flaco, demacrado y con voz tenue salió a decir que le sacaron un “tumor abscesado con presencia de células cancerígenas del tamaño de una pelota de beisbol en la región pélvica”. En agosto empezó una quimioterapia en La Habana y en octubre afirmó que ya “no hay células malignas en mi cuerpo”.

Desde entonces, Chávez insistió cada vez que pudo que “estaba libre de enfermedad”. Volvió al combate, con discursos de nueve horas, al frente de su programa dominical Aló Presidente y con su gobierno hiperactivo. Era, o parecía ser, el Chávez de siempre.

Pero las especulaciones, que no han parado en los últimos siete meses, resultaron difíciles de derrotar. En noviembre, el diario The Wall Street Journal afirmó que sufre un cáncer de próstata y de colon, con metástasis en la médula ósea. Al poco tiempo Salvador Navarrete, uno de los médicos del presidente, dijo que lo ataca un sarcoma, un “agresivo tumor de la pelvis”. En enero, el diario español ABC insistió en que el cáncer hizo metástasis en los huesos. La semana pasada un reportero brasilero del periódico O Globo escribió que la enfermedad se extendió hacia el hígado, con lo que dejó poco margen de recuperación. Y se rumora que se mantiene activo a punta de esteroides, lo que sus médicos cubanos y brasileños ya le habrían prohibido.

Algunos le dan dos meses de vida, otros seis y unos hasta un año. Pero la verdad, nadie sabe. Según varios oncólogos consultados por SEMANA, es probable que la quimioterapia haya fallado. Según sus propias palabras, Chávez tiene una recaída y los síntomas no son buenos. Y lo peor es que, para recuperarse, en el mejor de los casos, tendría que guardar reposo absoluto, algo imposible para el “paciente impaciente”, como lo llaman algunos venezolanos.

No se sabe cuánto se va a alejar del poder, pero la Asamblea Nacional ya lo autorizó a ausentarse por tiempo indefinido. Quiéranlo o no, los chavistas tienen que pensar en un reemplazo, y eso puede resultar en graves divisiones internas, pues la Revolución bolivariana ha sido tan personalista que no hay heredero destacado. Se habló del canciller Nicolás Maduro, del vicepresidente Elías Jaua o del ‘primer hermano’, Adán Chávez. Ahora Diosdado Cabello es el ungido. Exmilitar, acompaña al presidente desde el golpe de 1992, llegó a la cabeza de la Asamblea Nacional en enero y dirige el Partido Socialista Unido de Venezuela (PSUV). Con esas movidas, Chávez pareció interesado en reforzar el ala militar del chavismo de cara a las elecciones de octubre.

Con una inflación disparada, inseguridad creciente y el éxito de Henrique Capriles en las primarias opositoras, Chávez ya se enfrentaba a una campaña complicada. Necesitaba mostrarse fuerte, omnipresente, decidido, algo que va a ser casi imposible con su estado de salud. Ya dijo: “No voy a poder seguir con el ritmo que venía, estoy obligado a repensar mi agenda”. Ahora hay que ver si su popularidad, que saltó diez puntos cuando anunció por primera vez que tenía cáncer, aguante este nuevo obstáculo.

El drama de Chávez es que sabe que solo si se aparta de todo tiene esperanzas de vencer la enfermedad, lo que difícilmente va a aceptar, pues su popularidad no le da tanto como para ganar las elecciones sin hacer campaña y desde un lecho de enfermo. Podrá decir que “independientemente de mi destino, la revolución ya tiene su impulso y nada ni nadie podrá detenerla”. Pero su futuro, y el de su proyecto, ya no es claro.
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