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| 4/14/2012 12:00:00 AM

La recta final en las presidenciales francesas

A pocos días de la primera vuelta presidencial, ni el conservador Sarkozy ni el socialista Hollande parecen capaces de vencer el escepticismo de los franceses frente a la campaña y el futuro del país. La desesperanza se traduciría en una tasa de abstención récord.

La sede de la campaña de Nicolas Sarkozy se encuentra en una zona residencial al sur de París que, según el candidato-presidente, representa el verdadero barrio francés. La fachada está decorada con la imagen de un presidente sonriente que mira confiado al horizonte, delante de un mar apacible. "La Francia fuerte" es la frase que acompaña la imagen. Pero basta echar un vistazo a los alrededores para contradecir el eslogan. En la calle de este "verdadero barrio" donde se halla la sede, rue de la Convention, no es raro ver mendigos al frente de las panaderías rogando por algunos céntimos o un pedazo de baguette. Algunos a veces duermen al lado del edificio, bajo la mirada optimista de Sarkozy. Las fábricas que cierran, las empresas que anuncian recortes, los arriendos elevados, los indigentes en las calles: los franceses no paran de repetir que el país, por ahora, no está fuerte.

Hasta ahora ningún candidato parece convencer a los ciudadanos de ser capaz de hacer que Francia vuelva a ser la gran república de la prosperidad. El 32 por ciento de la población, según una encuesta Ifop, no piensa participar el 22 de abril en la primera vuelta. Este porcentaje récord en unas presidenciales francesas se explica por un malestar con la clase política y un escepticismo frente a los aspirantes a ocupar el Elíseo. Por si fuera poco, la fecha coincide con las vacaciones escolares, cuando las familias salen de sus ciudades.Como el gran ganador de este primer round podría ser la abstención, buena parte de la estrategia de los candidatos consiste en llamar a participar a los desinteresados del juego político. Esa sería la única forma de cambiar el escenario electoral que parece estable desde hace una semana en las encuestas. Sarkozy puntea en la primera vuelta con 28 por ciento, seguido del candidato del Partido Socialista (PS) François Hollande con 27 por ciento, una diferencia insignificante. Los sondeos no son unánimes con respecto al tercer lugar. Se lo disputan alrededor del 15 por ciento Marine Le Pen, candidata del ultraderechista Frente Nacional, y Jean-Luc Mélenchon, del partido radical Frente de Izquierda.

El ascenso

Cualquiera que hubiera escuchado hace unos meses que Sarkozy ganaría las elecciones se habría burlado de semejante afirmación. Sin embargo, con el mitin organizado el 11 de marzo en Villepinte, municipio al norte de París, logró obtener la fuerza que necesitaba. 70.000 partidarios aclamaron fervorosamente su discurso, que fue ampliamente difundido y fue seguido de varias semanas de exitosas apariciones en los medios. Ahora que encabeza las encuestas de la primera vuelta, ha recuperado el optimismo. Del clamoroso "¡ayúdenme!", que gritaba al final de sus discursos, pasó a un "¡venceremos!".

Su estrategia de campaña ha consistido en posicionarse como el valeroso capitán que salvó al barco de la tempestad de la crisis y que en los próximos cinco años es el único capaz de construir una "Francia fuerte". El episodio de Toulouse hace unas semanas, cuando un islamista mató a siete personas, le dio la oportunidad de mostrarse como el presidente de la unidad, capaz de defender los valores de la república.

Asimismo, para deshacerse de su imagen de presidente bling-bling, se mostró arrepentido en la televisión por sus excesos, como celebrar su victoria de 2007 en el exclusivo restaurante Le Fouquet's. Del presidente ostentoso y elitista pasó al "candidato del pueblo", como él mismo se autodenominó. Su esposa, la cantante Carla Bruni, llegó a decir que ellos eran "gente modesta". Pero, como le dijo a esta revista Arnaud Mercier, especialista en comunicación política del Centro de investigación científica de París, aunque Sarkozy "ya no se muestra como el presidente de los ricos, su desafío no es conquistar a la izquierda, sino movilizar a su favor a aquellos que confiaron en él en 2007 y que se dicen decepcionados por sus promesas no cumplidas".

Las dos izquierdas

"Vamos a darle una paliza", sentenció hace poco François Hollande -el llamado candidato blandengue-, cuando decidió endurecer el tono contra Sarkozy para contrarrestar su progreso. La supuesta valentía del socialista oculta el miedo de repetir la historia de las últimas tres elecciones: las derrotas de Lionel Jospin en 1995 y 2002 y de Ségolène Royal en 2007. Un fracaso de Hollande sería catastrófico para la izquierda moderada.

Hollande se ha posicionado como el candidato 'normal', diferente al Sarkozy de los excesos. Sin embargo, esta postura podría ser contraproducente, como señala Mercier: "Tiene el inconveniente de no suscitar una fuerte adhesión a sí mismo, sino a una oposición al contrincante, lo que podría evidenciarse en una baja tasa de participación".

El gran temor del PS es que un Mélenchon imparable logre seducir a los votantes más izquierdistas y le impida tener un buen 'marcador' a Hollande en la primera vuelta, lo que le quitaría legitimidad como candidato de la oposición. Por esta razón, Hollande se radicaliza al recordar constantemente que impondrá un impuesto de 75 por ciento sobre los ingresos anuales superiores a 1 millón de euros y que renegociará el tratado de austeridad firmado por los países conservadores europeos.

Pero sin duda alguna resulta difícil hacerle contrapeso en su terreno al populista candidato del Frente de Izquierda. Este extrotskista le ha puesto sabor a estos comicios calculados con su habilidad oratoria y su capacidad de movilizar las masas. Su popularidad de estrella de rock comenzó con la llamada "Retoma de la Bastilla", un mitin que organizó en la histórica plaza. La escena de 100.000 personas, muchas de ellas ondeando banderas rojas con el martillo y la hoz comunistas, conquistó al electorado más extremista francés. Mélenchon, que no pasaba del 8 por ciento en las encuestas, hoy se encuentra cerca del 15 por ciento.

Por ello, Hollande no aparece ahora como el candidato totalmente opuesto a Sarkozy. Finalmente, en el campo económico, los dos candidatos no son tan diferentes, pues sus recetas para solucionar las crisis se basan en un modelo de reducción del gasto público. Mélenchon, por su parte, no para de repetir que el país es más rico que nunca y puede aumentar el salario mínimo de 1.096 a 1.700 euros y reducir la edad de retiro a 60 años, lo que, para los economistas, provocaría una hecatombe.

La obsesión de Mélenchon no es vencer a Hollande sino arrasar a la xenófoba Marine Le Pen en la primera vuelta. Para él, derrotar a esta "semidemente" que "no sirve para nada", según sus palabras, parece un asunto de vida o muerte. De hecho, la candidata del Frente Nacional, que también propone un aumento del salario mínimo y soluciones proteccionistas a la crisis, ha visto cómo Mélenchon le quita poco a poco su lugar de candidata populista antisistema.

Sarkozy se frota las manos al ver el progreso de Mélenchon, pues debilita a Hollande y le deja el camino libre para llegar a la cabeza el 22 de abril como el único hombre fuerte. En la segunda vuelta del 6 de mayo la ecuación es mucho menos sencilla. Hollande aparece favorito con 54 por ciento de la intención de voto, pero el impacto del resultado de la primera vuelta es difícil de predecir. Mélenchon afirma que no duda en movilizar sus tropas para derrotar a Sarkozy y Le Pen, y que no llamará a votar por ninguno de los candidatos de la élite política.

El desafío en esta última semana es, sin duda alguna, encender la pasión de los electores. Los candidatos organizan manifestaciones multitudinarias y los militantes de todos los partidos se amontonan afuera de las estaciones del metro y de las paradas de buses, reparten folletos por doquier, estrechan las manos e intentan convencer a los indecisos de participar. En este primer encuentro electoral, si la derecha y la izquierda logran ganarle al desinterés y a la desilusión de los franceses, podrán darse por bien servidas.
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