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| 11/26/2011 12:00:00 AM

La revolución continúa

El pueblo egipcio demuestra que llegará hasta las últimas consecuencias para evitar que la junta militar le robe sus sueños de democracia.

Los gases lacrimógenos volvieron a flotar sobre la plaza Tahrir, el corazón de las revueltas egipcias en El Cairo. Regresaron los enfrentamientos a piedra, con bombas molotov y caucheras contra las brutales cargas de la Policía. De nuevo retumbaron por las principales ciudades de Egipto los gritos y la violencia. Se trata del renacer de la revuelta de febrero, cuando miles de manifestantes tumbaron al dictador Hosni Mubarak, enquistado en el poder desde hacía más de 30 años. Pero esta vez los miles de jóvenes ya no luchan contra un tirano, sino que prometen quitarles de una vez por todas el poder a los militares, que controlan el país hace más de 50 años.

En solo nueve meses, el Ejército pasó de héroe del pueblo a traidor a la causa. En febrero, cuando Mubarak empezaba a tambalear, los soldados se negaron a disparar sobre las masas y terminaron por tumbar el régimen. La gente los aclamó, cantando: “¡El pueblo, el Ejército, una sola mano!”. Para asegurar la transición a la democracia, el Consejo Superior de las Fuerzas Armadas (CSFA), encabezado por el mariscal Mohamed Tantaui, prometió el retorno de la seguridad y organizar prontamente las elecciones.

Ahora es claro que las celebraciones que se tomaron el país después de la renuncia de Mubarak fueron apresuradas, prematuras y tal vez ingenuas. Las consignas de la semana pasada en Tahrir, que pedían la cabeza del mariscal Tantaui, muestran que se acabó la credulidad. Es cada vez más evidente que los generales sacrificaron a Mubarak para conservar sus privilegios, pues la libertad sigue siendo igual de esquiva que en febrero.

La rabia venía acumulándose desde hacía varios meses. Regularmente miles de personas se tomaban las plazas pidiendo acelerar las reformas. Pero la semana pasada, la mano dura fue mucho más salvaje que de costumbre. Como le explicó a SEMANA, en medio de gritos y sirenas de ambulancia, Amal Sharaf, portavoz del Movimiento del 6 de Diciembre, “hay muchos, muchos heridos. La represión está terrible, las calles están muy peligrosas”. Al cierre de esta edición, los combates callejeros continuaban y habían dejado 40 muertos y por lo menos 2.000 heridos.

Las autoridades dispararon con balas reales, torturaron manifestantes, apuntaron con sus armas no letales a los ojos, lo que hizo que cientos de personas perdieran la vista, y decenas de mujeres denunciaron haber sido violadas. Esos abusos encendieron de nuevo el espíritu de febrero. La plaza Tahrir se volvió a llenar y se precipitó la caída del gobierno, un títere de los militares. Tantaui, en una actitud que recordó la de Mubarak, aseguró en la televisión que “el Ejército no quiere el poder” y que estaba “dispuesto a entregarlo si el pueblo lo desea”.

Pero ya nadie le cree, pues desde que gobierna, Tantaui se comporta como un dictador. Elizabeth Iskander, politóloga del London School of Economics, le dijo a SEMANA que “él no ha cumplido ninguna promesa hasta ahora. Dijo que no iba a arrestar a ningún manifestante, que iba a cancelar las leyes de emergencia, que solo se iba a quedar seis meses en el poder. Las caras cambiaron, pero el sistema Mubarak está intacto”.

Las primeras elecciones “libres”, organizadas por el CSFA para el 28 de noviembre, más que una ruta hacia la transición democrática son un sistema poco transparente, complejo y tortuoso. El pasado viernes, el ministro del Interior anunció que se cancelaban por el explosivo orden público y se creyó que había enterrado así esta farsa electoral, que parecía diseñada para legitimar el poder y no para cambiarlo. Pero más tarde los militares aseguraron que las mantendrían por encima de todo.

Los 50 millones de electores votarán en tres vueltas, programadas hasta enero próximo. Los 498 parlamentarios elegidos no se reunirán hasta marzo, para escoger una Asamblea Constitucional de 100 miembros. Seis meses después, someterá la nueva Carta a un referendo y solo entonces se elegirá presidente y poder legislativo definitivo. Un sistema digno de Kafka que les iba a dar todo el tiempo del mundo a los militares para dilatar, frenar o manipular el futuro del país.

El CSFA tiene además la opción de vetar cualquier artículo de la futura Constitución y de decidir, en secreto, su propio presupuesto. Pero la opaca transición democrática no es el único signo de las intenciones liberticidas del régimen. Un informe de Amnistía Internacional publicado la semana pasada denuncia que en el Egipto de Tantaui se están violando más los derechos humanos que en el de Mubarak. Los medios son censurados, más de 12.000 civiles han sido juzgados por tribunales militares por cargos como “violación del toque de queda” o “insultar al Ejército”, las torturas con choques eléctricos, las detenciones arbitrarias y los escabrosos “test de virginidad” siguen siendo métodos muy frecuentes en las fuerzas de seguridad. Es claro, como le dijo a SEMANA Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor de Estudios Árabes de la Universidad de Alicante: “La Junta Militar quiere que todo cambie para que todo siga igual. La ‘vieja guardia’ pretende mantener a toda costa sus privilegios y seguir conservando su papel de árbitro de la política egipcia”.

Y es que el Ejército está firmemente ligado al Egipto moderno. Desde la revolución de 1952, todos los presidentes fueron altos oficiales y, con los años, construyeron un sistema de privilegios, no solo políticos, sino económicos. Tienen supermercados, empresas, plantaciones y algunos calculan que controlan cerca del 25 por ciento del PIB. El presupuesto militar cuenta además con más de 3.000 millones de dólares anuales en ayudas de Estados Unidos. Según le dijo a SEMANA Emad Mekay, periodista egipcio e investigador de la Universidad de Standford: “Para comprar su lealtad, Mubarak les dio a los generales muchos beneficios. La mayoría de los gobernadores eran oficiales del Ejército o la Policía. El Estado les ofreció tierras a precios muy bajos. Por eso tienen tanto que perder bajo un gobierno democrático que opera con pesos y contrapesos”.

Sin embargo, los egipcios demostraron con creces que por más poderosos, despiadados e inflexibles que fueran sus oponentes, nada va a quebrar su voluntad de cambio. Pero se vienen días violentos, dramáticos e inciertos. Al fin y al cabo, ya no se trata de acabar con un déspota, sino de hacer la revolución.
 
Saleh, otro que cae
 
Mientras en Egipto los militares se estremecen, en Yemen, después de diez meses de aferrarse al poder y de poner a su país al borde de una guerra civil, el presidente Alí Abdalá Saleh firmó un acuerdo para entregar el gobierno en menos de 30 días. En teoría, tres meses después se celebrarán elecciones. El pacto fue auspiciado por los países del Consejo de Cooperación del Golfo Pérsico, después de que el 3 de junio pasado el mandatario casi perece en una explosión en su palacio presidencial en Sanaa. Después de ocho cirugías, se recuperó de milagro en Arabia Saudita, donde estuvo convaleciente tres meses. Tras volver a su país, aseguró varias veces que dimitiría, pero solo la semana pasada cumplió su palabra. Después de Ben Ali en Túnez, Mubarak en Egipto y Gadafi en Libia, Saleh es el cuarto dictador que cae desde que empezó la Primavera Árabe.
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