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| 11/7/2009 12:00:00 AM

La Revolución Pacífica

Con las protestas de octubre de 1989, Leipzig fue uno de los lugares más decisivos para la caída del muro de Berlín. 20 años después, la ciudad recuerda la hazaña, al tiempo que disfruta de una transformación radical.

La tensión era evidente. En las calles de Leipzig, cerca de 8.000 policías antimotines sólo esperaban una orden para desatar un baño de sangre. Las clínicas —se rumoraba— habían contratado más personal para esa noche, los almacenes habían cerrado temprano y se recomendaba a las familias no descuidar a los niños. Era lunes, 9 de octubre de 1989, y miles de habitantes se preparaban para protestar contra la represión, la falta de libertades, la imposibilidad de viajar y el estancamiento económico de la República Democrática Alemana (RDA). En esa lucha del pueblo contra el gobierno, cualquier cosa podía pasar.
 
Pero lo ocurrido en esa noche de otoño superó cualquier predicción. Armadas sólo con velas y pancartas que rezaban “¡Somos el pueblo!” y “¡No a la violencia!”, 70.000 personas recorrieron el círculo vial que le da la vuelta al centro y consumaron la mayor protesta en la RDA desde los años 50. “Teníamos un miedo enorme”, explicó a SEMANA Martin Jankowski, uno de los organizadores y autor de un libro sobre ese día con un título diciente: El día que transformó a Alemania. “A pesar de eso salimos a las calles. Fue una valentía que nació del desespero”.
 
El movimiento opositor de Leipzig tomó impulso a comienzos de los años 80. Todos los lunes un grupo de habitantes se reunía para hacer oraciones por la paz en la Nikolaikirche, una iglesia de más de 800 años ubicada en el corazón de la ciudad. Para octubre de 1989, semanas antes de la caída del muro, este grupo se había transformado en un movimiento de dimensiones políticas, y ya se contaban por docenas quienes se congregaban para discutir y soñar con cambios democráticos. Tenían razones de sobra para hacerlo.
 
En el plano internacional, las propuestas de “Perestroika” y “Glasnost” formuladas por Mijaíl Gorbachov en años anteriores y el movimiento Solidarnosc de Lech Walesa, que había derrotado al régimen comunista en Polonia, habían llenado de esperanzas a los habitantes de la RDA. Además, la apertura de la frontera entre Austria y Hungría ya había abierto un primer hueco en el muro, que les facilitó a muchos alemanes orientales la fuga hacia Alemania Federal.
 
Rápidamente, el acontecer mundial se convirtió en un impulso para los habitantes de la RDA, que lograron forzar el reconteo de los votos de las elecciones municipales de mayo de 1989. Como siempre, el SED, el partido único, había ganado con una abultada mayoría. Pero esta vez los contradictores lograron comprobar que se había cometido fraude. Y las protestas no se hicieron esperar.
 
Pero mientras que las acusaciones al gobierno liderado por Erich Honecker se hacían más sonoras, la represión del régimen buscaba sofocar a los manifestantes cada vez más. Algunos políticos locales habían aplaudido la respuesta sangrienta del gobierno comunista chino a la revuelta en la plaza de Tian’anmen en Pekín. Y en las ciudades de Plauen y Dresde se habían producido enfrentamientos violentos entre las autoridades y la ciudadanía. Ya a nadie le resultaba descabellado considerar seriamente la posibilidad de una respuesta al ‘estilo chino’ durante las protestas en Leipzig.
 
Pero el 9 de octubre —sólo dos días antes había tenido lugar el pomposo aniversario 40 de la RDA— nada de eso ocurrió. Por el contrario, ni la Stasi (la policía secreta), ni el SED, ni mucho menos las autoridades de Leipzig sabían qué hacer ante las decenas de miles de ciudadanos que salieron a marchar en contra de la violencia al ritmo de las proclamas de los altoparlantes. “Nos habíamos preparado para todo. Para todo, menos para velas y oraciones”, diría años más tarde Horst Sindermann, del SED.
 
El pueblo había triunfado. Según le dijo a esta revista Rainer Eckert, director del Zeitgeschichtliches Forum, un museo en el centro de Leipzig dedicado a la historia de la RDA: “Este es el punto decisivo; tan pronto como una dictadura pierde la fuerza para contener a los contradictores, se derrumba.” De inmediato, el movimiento pacífico se esparció por el resto de la RDA, y terminó por convirtirse en una seguidilla de protestas y demostraciones que se terminaría identificando bajo el nombre de “Revolución Pacífica”. Leipzig pasó a ser “una ciudad heroica”. Y por eso, hasta hoy muchos están convencidos de que el muro cayó primero en Leipzig que en Berlín.
 
El pasado 9 de octubre se cumplieron 20 años de esta hazaña. Para conmemorar ese histórico papel de Leipzig, 100.000 personas salieron a las calles para rendirle un homenaje a la valentía de sus héroes. Los asistentes trajeron velas y recorrieron el centro de la ciudad, ahora colmado de restaurantes y de almacenes de lujo, hasta la Augustusplatz, una de las plazas más grandes de Alemania. Allí, con la ayuda de sus velas, formaron en el suelo el aviso “Leipzig 89”. Tras la ceremonia, Eckert, que también ayudó a organizar las festividades, le recordó a SEMANA: “Fue un momento grandioso, no lo olvidaré por el resto de mi vida.”
También en la Nikolaikirche se reunió la gente. No para protestar, como hace 20 años; sino para asistir a un concierto de música clásica digno de una ciudad por la que pasaron Johann Sebastian Bach, Edvard Grieg y Felix Mendelssohn Bartholdy, y en que nació Richard Wagner. Esa fiesta musical y, en fin, toda la celebración ratificaron ese orgullo que hoy sienten los habitantes de Leipzig por la historia de su ciudad. Además, fue la muestra de lo mucho que ha cambiado.
 
Hace dos décadas, Leipzig era un lugar gris, lleno de casas a punto de derrumbarse y altamente contaminado a causa de la gran maquinaria industrial que la RDA había puesto en marcha. Martin Jankowski la describe como “un paisaje en ruinas, algo así como La Habana, pero con las consecuencias del invierno alemán”.
 
Pero hoy, mientras que el frío aún penetra los huesos, las ruinas han dado paso a las grúas, a andamios y a innumerables edificios en obra. En los últimos años se modernizó la estación central de trenes de Leipzig. La universidad, como parte de su aniversario 600, inauguró recientemente un nuevo campus. También fue construido un gigantesco centro de exposiciones, con el que la ciudad ahora busca volver a ser la gran feria que había sido en la Edad Media. Y también las grandes empresas han llegado: Porsche y BMW abrieron plantas de producción, DHL trasladó a Sajonia su centro de operaciones para Europa, y Amazon estrenó hace poco tiempo un punto de distribución. Además, Leipzig fue candidata para albergar los Juegos Olímpicos de 2012 y, gracias al Zentralstadion, cuya construcción terminó en 2003, se convirtió junto a Berlín en la única ciudad de la antigua Alemania Oriental en ser sede del Mundial de Fútbol del año 2006.
 
En 20 años, la cara de Leipzig ha cambiado de forma definitiva. No se puede olvidar que todavía tiene problemas como el desempleo, que afecta al 15 por ciento de la población, y que en varios aspectos, la ciudad, como la mayor parte de la antigua Alemania Oriental, sigue relegada. Pero más allá de eso, Leipzig se ha convertido en un ejemplo de desarrollo. Atrás quedó el paisaje adusto de los años 80 y atrás quedaron miles de historias de sufrimiento.
 
Estas no sólo se encuentran sepultadas bajo el peso de esa gran hazaña que fue la Revolución Pacífica. Hoy, la ciudad también brilla bajo la luz de un presente más venturoso y quiere afianzarse como un lugar cosmopolita y moderno. Tal vez en el fondo todavía resuenen en las mentes de sus habitantes las palabras de Goethe, otro más de sus residentes ilustres, quien la definió como París, pero en formato pequeño.
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