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| 11/7/2009 12:00:00 AM

La Revolución Pacífica

Leipzig, en Alemania Oriental, fue uno de los lugares decisivos para la caída del muro de Berlín. La ciudad, 20 años después, es el ejemplo más exitoso de la integración del país. Por Thomas Sparrow Botero.

La tensión era evidente. En las calles de Leipzig, cerca de 8.000 policías antimotines sólo esperaban una orden para desatar un baño de sangre. Las clínicas –se rumoraba– habían contratado más personal, los almacenes habían cerrado temprano y se recomendaba no descuidar a los niños. Era lunes, 9 de octubre de 1989, y miles de habitantes se preparaban para protestar contra la represión, la falta de libertades, la imposibilidad de viajar y el estancamiento económico de la República Democrática Alemana (RDA).
Pero lo ocurrido en esa noche de otoño superó cualquier predicción. Armadas sólo con velas y pancartas que rezaban “¡Somos el pueblo!” y “¡No a la violencia!”, 70.000 personas recorrieron el círculo vial que le da la vuelta al centro y consumaron la mayor protesta en la RDA desde los años 50. “Teníamos un miedo enorme”, explicó a SEMANA Martin Jankowski, uno de los organizadores y autor del libro El día que transformó a Alemania. “A pesar de eso salimos a las calles. Fue una valentía que nació del desespero”.

El movimiento opositor de Leipzig tomó impulso a comienzos de los 80. Todos los lunes un grupo de habitantes se reunía para orar por la paz en la Nikolaikirche, una iglesia de más de 800 años en el corazón de la ciudad. Para octubre de 1989, este grupo se había transformado en un movimiento de dimensiones políticas. En el plano internacional, las propuestas formuladas por el líder soviético Mijaíl Gorbachov y el movimiento Solidarnosc de Lech Walesa, que había derrotado al régimen comunista en Polonia, habían llenado de esperanzas a los habitantes de la RDA.

Algunos políticos habían aplaudido la represión sangrienta del gobierno chino en la plaza de Tiananmen en Beijing. Y en Plauen y Dresde se habían producido enfrentamientos violentos con las autoridades. A nadie le resultaba descabellado considerar una respuesta al ‘estilo chino’ en Leipzig.

Pero el 9 de octubre nada de eso ocurrió. Ni la Stasi (la Policía secreta), ni el SED, ni las autoridades de Leipzig sabían qué hacer ante miles de pacíficos ciudadanos. “Nos habíamos preparado para todo. Para todo, menos para velas y oraciones”, diría años más tarde Horst Sindermann, del SED.

El pueblo había triunfado. Según le dijo a esta revista Rainer Eckert, director del Zeitgeschichtliches Forum, un museo dedicado a la historia de la RDA: “Este es el punto decisivo; tan pronto como una dictadura pierde la fuerza para contener a los contradictores, se derrumba”. Leipzig pasó a ser una ‘ciudad heroica’. Y por eso, hasta hoy muchos están convencidos de que el muro cayó primero en Leipzig que en Berlín.
Hace dos décadas, Leipzig era un lugar gris, de casas a punto de derrumbarse y altamente contaminado. Martin Jankowski la describe como “un paisaje en ruinas, algo así como La Habana, pero con las consecuencias del invierno alemán”. Pero hoy las ruinas han dado paso a grúas, a andamios y a innumerables edificios en obra. En los últimos años se modernizó la estación central de trenes. La universidad, como parte de su aniversario 600, inauguró un nuevo campus. También fue construido un gigantesco centro de exposiciones, con el que la ciudad ahora busca volver a ser la gran feria que había sido en la Edad Media. Y también las grandes empresas han llegado: Porsche y BMW abrieron plantas y DHL trasladó a Sajonia su centro de operaciones para Europa. Además, Leipzig fue candidata para los Juegos Olímpicos de 2012 y, gracias al Zentralstadion, cuya construcción terminó en 2003, se convirtió junto a Berlín en la única ciudad de Alemania Oriental en ser sede del Mundial de Fútbol de 2006.
En 20 años, la cara de Leipzig ha cambiado.
 
No se puede olvidar que todavía tiene problemas como el desempleo, que afecta al 15 por ciento de la población, y que en varios aspectos, la ciudad, como la mayor parte de la antigua Alemania Oriental, sigue relegada. Pero, más allá de eso, Leipzig se ha convertido en un ejemplo de desarrollo.
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