Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1997/02/17 00:00

LA SEPTIMA CIUDAD

Israel entega Hebrón, pero la confianza ente su gobierno y la OLP será dificil de restablecer.

LA SEPTIMA CIUDAD


PRIMERO FUE JENEIN, DESPUES VINO TURkam, luego Nablus y más tarde Qalqilya. Belén y Ramallah fueron las últimas porque al llegar el turno de Hebrón, la séptima ciudad, Israel se negó a entregarla. El párrafo anterior suena como un pasaje bloblico, pero es sólo el recuento de la actitud del gobierno israelí ante el desarrollo de los acuerdos celebrados a partir del histórico tratado firmado en la Casa Blanca el 13 de septiembre de 1993 y que, colectivamente, son llamados 'Acuerdos de Oslo', pues su negociación se llevó a cabo en esa ciudad noruega.
Hebrón hacía parte de las siete ciudades cuya entrega se acordó en 1995, pero por su condición de ciudad sagrada para judíos y árabes, y por la presencia en su seno de 450 colonos israelíes entre 160.000 palestinos, su devolución debería ser objeto de un pacto especial. Aunque la entrega debió haberse producido en marzo de 1996, varios hechos terroristas hicieron que el anterior gobierno israelí la suspendiera. Así las cosas, el nuevo gobierno de Benjamín Netanyahu, opuesto a los acuerdos, se venía negando a la entrega, pero esa actitud terminó la semana pasada cuando en el cruce fronterizo de Erez, entre Israel y la franja de Gaza, el primer ministro Netanyahu acordó con el presidente de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat, los términos del retiro parcial de esa ciudad bíblica ocupada por Israel tras la guerra de 1967.
Las señales de los líderes mundiales fueron tan luminosas como las bengalas que lanzaron los policías palestinos en señal de alegría. El presidente norteamericano Bill Clinton elogió el pacto como un paso importante "hacia una paz duradera en el Oriente Medio". El francés Jacques Chirac felicitó al gobierno israelí por la "valentía " en haber logrado su primer acuerdo con la OLP. Y el canciller alemán Helmut Kohl se dirigió a los líderes con un familiar "querido amigo".
Pero los protagonistas del drama nunca parecieron tan felices como los miembros del coro, porque en el fondo ninguno se salió con la suya. Arafat, porque el pacto le dará una cantidad de territorio incierta y casi seguramente inferior a la que había exigido. Netanyahu, porque el acuerdo le costó una revuelta derechista en el seno de su partido Likud, la salida de uno de sus ministros y un revés ideológico ante el rompimiento de su promesa de nunca entregar parte de la tierra bíblica de Israel a los palestinos.
En el balance es claro, sin embargo, que el que salió más afectado fue Netanyahu. Al fin y al cabo para Arafat casi cualquier paso es ganancia en su objetivo de lograr el Estado palestino y los retos de la organización fundamentalista Hamas no le inquietan tanto. Pero, para muchos israelíes, el acuerdo de la semana pasada es prácticamente el mismo que había firmado el gobierno laborista de Yitzhak Rabin en 1995. De tal modo que Netanyahu quedó mal con sus socios de la ultraderecha, pero tampoco satisfizo a los opositores pacifistas, quienes le culpan de haber dañado, quizás irreparablemente, los lazos con el mundo árabe que el gobierno de Rabin elaboró con tanto trabajo en los últimos años.
El acuerdo fue logrado gracias a la oportuna intervención del rey Hussein de Jordania, quien voló el domingo a auxiliar al mediador norteamericano Dennis Ross, quien ya tenía un pie en el avión para regresar a Washington. Con ese refuerzo, la presión del gobierno de Estados Unidos pareció ablandar por fin a Netanyahu. Pero es probable que éste ya supiera que se había metido en un callejón sin salida. Netanyahu no firmó porque hubiera renegado de sus convicciones políticas sino por el convencimiento de que la búsqueda de la coexistencia pacífica entre israelíes y palestinos ha adquirido ya un impulso histórico propio, al que ya no es posible dar reverso.
Netanyahu llegó al poder en junio pasado tras una campaña en la que ridiculizó a su antecesor, el interino Shimon Peres, por su cercanía negociadora con Arafat y en la que prometió una línea dura en todo contacto con los palestinos. Antes de un mes, en el que se negó a reunirse con Arafat sobre Hebrón, los árabes ya lo habían hecho en El Cairo para protestar por su actitud. En agosto el conflicto corrió por cuenta de los sirios. Por fin en septiembre Netanyahu aceptó reunirse con Arafat, pero los ánimos ya estaban demasiado encendidos y el día 28 estallaron los desórdenes de Jerusalén, donde los policías palestinos dispararon contra las fuerzas israelíes.
Ese fue el punto decisivo. Netanyahu comprendió entonces hasta qué punto jugaba con fuego al poner en tela de juicio los acuerdos de paz, y de ahí en adelante se convirtió en el más afanado en el tema de Hebrón. El asunto paralizó su gobierno, enfrió sus relaciones con Europa y le echó encima a la opinión pública de su propio país. Y, al final, lo que firmó para la retirada de Hebrón fue casi lo mismo que había firmado su odiado Rabin, salvo detalles a favor de la seguridad de los colonos israelíes, que seguirán viviendo en la ciudad, y la potestad de Israel de determinar la cantidad de tierras a entregar a los palestinos.
Esos detalles no serán suficientes para aplacar a los ultraderechistas de Israel, para quienes lo único aceptable a cambio de su voto en las elecciones era la terminación de los acuerdos de Oslo. Y también serán fuente de conflicto, porque el gobierno israelí determinará el tamaño de los territorios futuros que pasarán a manos palestinas en Cisjordania.
Pero a pesar de las dificultades que siguen, el pacto fue un paso que el mundo aplaudió como positivo hacia la convivencia. Los palestinos se comprometieron a terminar de borrar de su carta constitutiva la promesa de destruir a Israel, mientras los israelíes seguirán su proceso de liberación de los presos políticos palestinos. Son pasos que parecen ir en la dirección correcta, pero la volátil situación del Medio Oriente suele castigar a los excesivamente optimistas.

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