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| 12/21/2009 12:00:00 AM

La sociedad civil y el fiasco de Copenhague

Los políticos se mostraron incapaces de llegar a un acuerdo para frenar los cambios climáticos generados por el hombre. ¿Es la conciencia de la sociedad civil la última esperanza?

Muchos tenían la esperanza de que de la XV Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático celebrada en la capital danesa saliera un acuerdo vinculante, justo y transparente para ponerle coto a la influencia negativa de las actividades humanas sobre el medio ambiente y frenar las alteraciones meteorológicas globales que de ellas derivan.
 
Pero de la misma sólo queda la vaga promesa de que los políticos involucrados seguirán negociando en torno a este tema en los próximos meses y las atribuciones de culpa por el fracaso de Copenhague.

Klaus Töpfer, otrora jefe del programa ambiental de las Naciones Unidas, criticó a la Unión Europea por no asumir el liderazgo que le correspondía; Regine Günther, encargada de asuntos climáticos del Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, son sus siglas en inglés), señala al anfitrión de la cumbre, Lars Lokke Rasmussen, primer ministro de Dinamarca, de haberla conducido a un callejón sin salida; y el ministro británico del Ambiente, David Miliband, acusa al Gobierno de China de haber imposibilitado la firma del acuerdo sobre cambio climático. Y la lista de presuntos culpables no termina allí.
 
¿Dos pasos hacia atrás?

“Lo que hemos alcanzado en Copenhague no es el fin, sino el comienzo. El comienzo de una nueva era en las negociaciones internacionales”, dijo el presidente estadounidense, Barack Obama, en una conferencia de prensa previa a la sesión plenaria en la que se debía dar carácter oficial a los compromisos discutidos.
 
Sin embargo, la concordia brilló por su ausencia, generando la impresión de que, en lugar de haber dado un paso hacia delante en materia ambiental, se terminaron dando dos pasos hacia atrás: el Protocolo de Kyoto expira sin que los Estados del mundo hayan llegado a un acuerdo que lo sustituya.
 
“No podemos permitir que un grupo de países, por muy poderosos que sean, se apropien de un proceso de las Naciones Unidas. Eso implicaría la anulación del principio según el cual todos los países son iguales y todas sus voces cuentan, sólo porque cinco o seis naciones hacen una propuesta dando por sentado que los demás la aceptarán y que el resto del proceso será ignorado”, dice el director de Greenpeace, Kumi Naidoo.
 
Una sociedad civil global
 
El hecho de que varias delegaciones, sobre todo las latinoamericanas, hayan percibido el juego de poder tal y como lo describe Naidoo es uno de los factores que llevó al fracaso de la conferencia; al final, lo que de ella quedó fue un pedazo de papel que nadie estaba obligado a firmar.
 
Pero también es posible que en Copenhague se hayan encontrado potenciales aliados de manera inesperada: al contrario de los gobiernos del mundo, la sociedad civil internacional parece haber pasado la prueba de la globalización.
 
Numerosos representantes de las sociedades civiles de todo el planeta conformaron un frente sólido y demostraron estar de acuerdo en sus objetivos; no solamente entre ellos, sino también con las recomendaciones hechas por los científicos.
 
Ellos demostraron también que viajaron a Dinamarca bien informados, bien preparados y dispuestos a ejercer presión por el tiempo que sea necesario.
 
Intensificando el activismo
 
“El hecho de que la declaración final sea tan vaga tiene algo de bueno. Y es que no es vinculante para ningún país. Eso significa que cualquiera puede proponerse metas más ambiciosas en materia ambiental. Nada nos impide involucrar a más países en la continuación de este proceso para que asuman compromisos más ambiciosos”, sostiene por su parte Kim Carstensen, líder de la Iniciativa del Clima Global de WWF.
 
Algunos indicios apuntan a que los activistas de la agenda climática no se darán por vencidos tan fácilmente. “Yo creo que llegó el momento de decidir sobre la intensificación de nuestras actividades y la complementación de nuestras estrategias con acciones directas no violentas como los actos de desobediencia civil, por ejemplo”, señala Naidoo.
 
Y es que desde las bases se empiezan a exigir hechos en lugar de palabras.
 
Editor: Enrique Lopez Magallón
Cortesía: Deutsche Welle
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