Miércoles, 26 de noviembre de 2014

| 1990/03/05 00:00

LA SOMBRA DE CEAUSESCU

Nada garantiza que la democracia haya llegado al país.

LA SOMBRA DE CEAUSESCU

La primera renuncia al Frente de Salvación Nacional que se instauro después de la caída del dictador rumano Nicolai Ceausescu, (presentada por la profesora Doina Cornea), resultó lo suficientemente sintomática. Palabras más, palabras menos, afirmaba que "La revolución había caído en manos de los comunistas".
Este era el resultado del anuncio que hizo el FSN de convertirse en partido y de presentarse a las elecciones de mayo próximo, con lo cual contrariaba de plano lo que había prometido. El 22 de diciembre cuando tomó el poder. En un acto que recordó de inmediato las dolorosas escenas vividas en el pasado por el pueblo rumano, grandes multitudes reaccionaron contra lo que ya comienza a observarse como la herencia del "dictador".
El diario Romania Libera acusaba por primera vez, después de la caída del dictador, al nuevo gobierno de asumir posiciones, métodos y estructuras del antiguo régimen. Comenzaron a aparecer los primeros carteles murales contra la prohibición de las manifestaciones callejeras y a veces de los 28 partidos que hasta ahora se han inscrito dejaron escuchar sus protestas. Las noticias rayaban en lo anecdótico, como la del millonario Lon Rativa, de 72 años, que luego de 50 años en el exterior regresaba al pais y de inmediato ofrecía sus servicios como presidente de Rumania, o como la de que el propio hijo del dictador derrocado y fusilado, Nicu Ceausescu se proclamaba jefe de los prisioneros, mientras su tía Zola se quejaba de las incomodidades de la prisión al tiempo que se dedicaba a beber y fumar. Se anunciaban nuevas dimisiones al Frente de Salvación Nacional en las que se dejaba ver que en Rumania, al contrario de lo que se creía, la revolución aún está por hacerse.
El poeta Mircea Direscu, hablaba del "secuestro de la revolucion": su colega artística, Ana Blandlena, renunciaba con el argumento de que "la intolerancia, y la agresión y las ganas de poder del neocomunismo" eran incompatibles con lo que se habían propuesto las víctimas de las sangrientas jornadas de diciembre pasado. El director de la TV., Aurel Dragos Munteanu, abandonaba el cargo de portavoz del gobierno y criticaba la "perniciosa utilización de los medios por parte del nuevo poder dictatorial". Y el propio vicepresidente, Dimitri Mazilu, acusaba a la trinca conformada por Ion Iulescu, Silvio Brucan y Petre Roman, (el primer ministro) de "ejercer una dictadura sin Ceausescu".
Los nuevos gobernantes romanos intentaban apaciguar las reacciones de la creciente oposición, con una propaganda a veces excesiva al juicio contra los más cercanos colaboradores de Ceausescu, en donde se podían observar escenas en las que los cuatro miembros de la cúpula comunista, Tudor Postelnicu (ministro del Interior), Manea Manescu (vicepresidente del Consejo de Estado), Lon Dimca (responsable militar) y Emil Bobu (secretario general del antiguo PCR), se acusaban mutuamente de "asesinos" y calificaban a Ceausescu de "puerco" y "bestial", mientras reconocían en medio del llanto y de dramáticas "autocríticas" haber quemado cadáveres y haber besado la mano del dictador tan sólo unas horas antes de ser fusilado.
Sin embargo, nada pudo evitar que a principios de la semana pasada, cerca de 300 mil rumanos salieran a la calle a pedir la renuncia de los dirigentes del FSN en medio de una situación que tenía todas las características de prerrevolucionaria. Con consignas en las que se coreaba "recuerda Iulescu: no tenemos elegido, ni lo vamos a hacer" y pancartas en las que se leían "FSN = PCR", los manifestantes intentaron tomarse las instalaciones de la televisión para que le fueran leídas sus aspiraciones.
Pero tampoco hubo nada que pudiera evitar que la sombra de Ceausescu se hiciera presente en la respuesta gubernamental. Aparte de los carros de combate que salieron a la calle a hacer su demostración de fuerza, se hizo gala de un intacto aparato represivo de cerca de 20.000 personas que fueron movilizadas en buses fletados por el gobierno y por medio de "ceausesquianos" llamados a través de las emisoras radiales, en los que se instaba a defender a Rumania de los "promotores del caos".
En medio de consignas, agitadas en tono de militantes comunistas, gritaban a los organizadores de las marchas: "liberales a París" y "fuera partidos traidores", refiriendose a las tres agrupaciones más importantes de la oposición, el Partido Nacional Agrario, el Partido Nacional Liberal y el Socialdemócrata.
Las cosas terminaron al final de la semana pasada, con un llamado de todas las fuerzas a recuperar la calma. El Frente de Salvación Nacional anunció que se escindirá y que la oposición podría entrar a participar en el gobierno, antes de las elecciones. Pero todo el mundo, dentro y fuera de Rumania, quedó con un sabor amargo. El sabor de que los hombres adiestrados durante décadas en las más feroces prácticas estalinistas habían ganado el pulso a la oposición. Y tanto dentro como fuera de Rumania, ganaba terreno la idea de que allí aún falta mucho antes de que se vislumbre una salida demócratica.

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