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| 10/20/2012 12:00:00 AM

La tiranía de la sharia

Desde que los islamistas se tomaron al norte de Mali, este estratégico país africano preocupa a Occidente con una crisis que ha desplazado a 700.000 personas.

La plaza de la Independencia, en el centro de Tombuctú, se ha convertido en el infierno de Mali. La semana pasada, en ese lugar una niña de 15 años fue juzgada por hablar con un grupo de hombres en la calle. Su sentencia fue decidida y ejecutada rápidamente: 60 latigazos en la espalda. Dos meses antes habían condenado a una pareja por infidelidad. Para ellos la pena fue mucho más dura, pues los apedrearon hasta que murieron. A los que beben alcohol se les castiga con una veintena de latigazos, a los ladrones les cortan las manos y quienes salen a caminar por la noche son amarrados a árboles, arrodillados, hasta el amanecer. El deporte y la televisión también están prohibidos para los habitantes del norte de este país africano.

Así vive más de la mitad del pueblo de Mali desde marzo de este año. El golpe de Estado que derrocó al presidente Amadou Toumani creó un vacío de poder que permitió que varias sectas de rebeldes tuareg se tomaran el norte del país. La principal es Ansar Dine, cuyo nombre significa Defensores de la Fe, un grupo radical con vínculos a Al Qaeda del Magreb Islámico (Aqmi) que busca formar un Estado en el que rija el severo código islamista, o sharia.

Desde entonces los habitantes del que antes era el país más democrático de la región han visto sus vidas cambiadas violentamente. Muchos que no han podido o querido acostumbrarse al nuevo régimen han huido hacia el sur o hacia países vecinos. Según cifras de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur) al menos 700.000 personas se han convertido en desplazados en lo que va del año.

El Consejo de Seguridad de la ONU ha decidido actuar frente al veloz deterioro de la situación. El gobierno de Francia, en particular, hizo mucha presión para conseguir que se aprobara una intervención militar en Mali en los próximos 45 días. El ministro de Defensa francés, Jean-Yves Le Drian, argumentó que “la integridad de Mali garantiza la seguridad de Europa”. Las presiones de Francia también alzaron respuestas de los rebeldes, que publicaron un video dirigido al gobierno de François Hollande para reiterar su intención de convertir a Mali en un Estado islámico.

Los europeos ya aprendieron su lección con Afganistán, donde la acción tardía les ha costado más de 10 años de guerra, y la pregunta es si dejarán que suceda lo mismo en esta región de África tan cercana a sus fronteras. La amenaza para Europa no es solo la inestabilidad política y la violencia, sino que Tombuctú, junto a otras ciudades de Mali, ha pasado de ser un centro de intercambio de minerales preciosos al punto de entrada y salida de enormes cantidades de armas y drogas.

Aún con la soga casi al cuello, la ONU no está preparada para entrar en un nuevo conflicto y por eso ha dicho que no enviará soldados a Mali, sino que dará apoyo logístico y entrenamiento al ejército local. Mientras tanto, los malineses salen a la calle a protestar contra esa intervención, que ni siquiera es aceptada por las fuerzas armadas. El argumento de los opositores es lógico: es necesario hacer elecciones antes de cualquier intervención militar, pues solo un gobierno debidamente elegido en las urnas tendría la legitimidad suficiente para encabezar la reconquista del norte del país.

La intervención, de todos modos, parece inevitable. Pero por ahora será liderada y organizada por la Comunidad Económica de Estados de África Occidental, que agrupa a los países vecinos que más ansiedad sienten por la crisis de Mali pues han recibido a sus refugiados. Mientras tanto, los malineses sufren la violencia y tratan de sobrevivir a los miembros de Ansar Dine, que amenazan con destruir a la fascinante y milenaria Tombuctú, la ciudad más antigua de África, y siguen cumpliendo su interpretación del Corán: “Asesinen a los idólatras donde quiera que los encuentren. Arréstenlos, asédienlos y tiéndanles emboscadas en todas partes”.
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