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| 1/14/2012 12:00:00 AM

La tragedia interminable

Dos años después del terremoto, el panorama sigue siendo desolador. Medio millón de personas siguen en campamentos insalubres, el cólera sigue rampante y una generación de niños crece en total desamparo.

Pocas veces se ha visto una movilización internacional mayor a la que se desató a partir del 12 de enero de 2010, cuando un terremoto de 7 grados en la escala de Richter destruyó al país más pobre del hemisferio occidental. Las imágenes aterradoras de víctimas aplastadas, sobrevivientes malheridos y niños que deambulaban en estado de shock le dieron la vuelta al mundo y contribuyeron a que muchos países enviaran ayuda.

En efecto, casi al tiempo con el rescate de los sobrevivientes, centenares de voluntarios de diversas ONG comenzaron a construir campamentos, repartir comida y ofrecer asistencia médica. Muy pronto se creó la Comisión Interina para la Reconstrucción de Haití (CIRH), copresidida por Bill Clinton, y creció la esperanza de que el país caribeño empezaría a recuperarse rápidamente. Además, era una oportunidad para reformar y renovar la infraestructura, rediseñar los centros urbanos y tratar de descongestionar Puerto Príncipe, la capital, una de las ciudades más densamente pobladas del mundo.

Tristemente, pasados dos años, esa visión optimista se ha perdido principalmente por la corrupción y la ineficacia del Estado. El palacio presidencial sigue en ruinas; hasta ahora, poco más de la mitad de los escombros se han retirado; solo se ha desembolsado el 43 por ciento de las donaciones prometidas; se venció el mandato de la CIRH; más de 500.000 personas siguen en viviendas improvisadas y campamentos provisionales, que cada día parecen más permanentes, sin acceso a agua potable o electricidad; solo se ha construido una obra pública desde el terremoto: un campus universitario regalado por la vecina República Dominicana.

Aunque parezca absurdo, uno de los problemas es jurídico pues, aunque el gobierno ha otorgado subsidios a algunas familias para evacuar los campamentos y pagar un arriendo en otras zonas, la tenencia de la tierra continúa siendo un obstáculo gracias a que la mayoría de los predios no están amparados por títulos de propiedad. Eso no solo ha impedido la reconstrucción, sino que también ha resultado en batallas legales que no permiten que se concreten las obras.

La pobreza, ya devastadora antes de la catástrofe, empeora con cada día que pasa. Miles de niños quedaron en la calle a merced de la violencia porque sus padres murieron, perdieron lo poco que tenían y los abandonaron. Incluso niñas de muy corta edad se prostituyen para conseguir techo y alimento.

La insalubridad generalizada dio paso a un nuevo capítulo de horror plenamente previsible: el cólera. Los expertos afirman que en la isla no se había presentado un caso de esa enfermedad desde hacía más de cien años, pero, como si quisiera recuperar el tiempo perdido, la epidemia de 2010 infectó a más de medio millar de personas, de las cuales 7000 fueron víctimas fatales. Para empeorar las cosas, los haitianos acusan de ese brote a los voluntarios de la ONU, lo cual ha minado su confianza en la organización multilateral.

En 2011 Haití estrenó presidente, el cantante Michel Martelly, quien llegó cargado con nuevas estrategias para recuperar la infraestructura y devolver a sus habitantes un sentido de comunidad y de pertenencia. Sin embargo, la mayoría de los haitianos ha perdido la fe en su gobierno y, por su parte, la comunidad internacional, alguna vez muy involucrada, está cada vez más desinteresada. Por todo esto, la tragedia de los haitianos no parece tener fin.
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