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| 3/26/1990 12:00:00 AM

LA VIDA SIGUE IGUAL

En Rumania nada cambia tras dos meses de la caída de Ceausescu.


Todo el mundo se imaginaba que después de la tempestad ocurrida el 21 y 22 de diciembre en Rumania, vendría la calma. Sin embargo, no ha sido así. La marea no ha bajado y dos meses después de la caída de Ceausescu se teme la llegada de una tempestad peor. Las constantes manifestaciones populares llegaron a su grado máximo de exaltación el pasado domingo 18 de febrero cuando un grupo de jóvenes asaltó la sede del gobierno provisional, en medio de las más airadas protestas contra el Frente de Salvación Nacional. Los manifestantes reclamaban, por enésima vez, la renuncia del presidente Ion Iliescu y del primer ministro Petre Román, tan sólo dos semanas después de la creación del Consejo Provisional de Unidad Nacional, que se había formado ante la crisis generada por la idea del FSN, anunciada a escasos 30 días de la revolución, de convertirse en partido político para participar en las elecciones.

La falta de cultura política, la falta de organización de los partidos de oposición y el empecinamiento de algunos viejos camaradas en mantenerse a toda costa en el poder, hacen que el proceso rumano transcurra continuamente al borde de la guerra civil. Los asaltantes de la sede de gobierno, que se presentaron como mineros, mostraban, por su aspecto y su relativa corta edad, que podría tratarse de jóvenes marginados y apolíticos que habrían actuado por simple vandalismo. Sin embargo, hacían también despertar graves sospechas de que se trataba de activistas instigados por alguien interesado en crear una escalada de tensión y desestabilización en la Rumania pos-Ceausescu.

Entre los gritos contra el comunismo, contra el FSN y contra la Securitate, los grupos de jóvenes rompian ventanales y puertas y demolían el mobiliario del edificio, ante la mirada impasible de un buen número de soldados que habían formado un cordón de seguridad. En medio de los cantos de "no te preocupes Ceausescu, has sido reemplazado por Iliescu", intentaron tomar como rehén al viceprimer ministro Gelu Voican, quien habló con ellos y aseguró que "no renunciaría por presiones de la multitud", y calificó el hecho como una tentativa de golpe de Estado. Las cosas no pasaron a mayores, gracias a la actitud que asumió el ejército y los asaltantes fueron desalojados pacificamente.

Nadie sabe a ciencia cierta con quién o contra quién está el ejército rumano. El ministro de Defensa, Nicolae Militaru, renunció el viernes anterior al asalto a la sede gubernamental, ante las protestas de grupos de militares que pedían su retiro por haber estado "implicado con el antiguo gobierno de Ceausescu". Sin embargo, muchos de los miembros de la temible Securitate lo consideran como su principal enemigo. De hecho, según lo declaró el general Stefan Costean, Militaru participó activamente en el frustrado complot contra el "conducator" rumano, en 1984.
Con esta acusación, que ha sido también denunciada por algunos medios de prensa franceses, se pretende demostrar que lo que está ocurriendo estaba preparado con antelación, como una forma de perpetuar el poder comunista en Rumania. En un programa de la televisión francesa, en la cadena FR-3, se recoge una frase del dimitente ministro de Defensa, Nicolae Militaru, en la que al preguntársele, dos días después de la caída del dictador sobre el nombre del nuevo gobierno, dijo: "¿cómo vamos a llamarlo? Pues démosle simplemente el nombre que tiene desde hace seis meses: Frente de Salvación Nacional". Esto, que generó inicialmente especulaciones en Europa alrededor del verdadero trasfondo de la revolución rumana, se ha convertido en la piedra de toque entre quienes tienen el poder actualmente y quienes consideran que se trata de los "herederos de Ceausescu".

El hecho es que las autoridades rumanas han anunciado mano dura "contra los agitadores" y, por ahora, tienen la sartén por el mango los "duros", como ya comienzan a llamárseles a quienes, como el presidente Ion Iliescu, ostentan el poder después de haber sido los hombres fuertes del antiguo régimen. Iliescu fue el hombre que dirigió el aparato de propaganda durante 15 años y fue designado miembro del Comité Central del PC rumano por el propio Ceausescu. Pero las renuncias como la del ideólogo del FSN, Silvio Brucan, comienzan a mostrar que en Rumania se hizo una revolución, pero que el poder quedó en manos de los que representan el poder derrocado. Y las manifestaciones de querer perpetuarse en el poder después de las elecciones mostradas por la dirigencia del FSN, han dado lugar a que se les empiece a calificar de "sandinizadores" de las expectativas democráticas del pueblo rumano. Y algunos comienzan a preguntarse si la herencia del "conducator" rumano no fue la de haber dejado en cada uno de ellos una gran dosis de "ceausesquismo".--
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