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| 11/27/1995 12:00:00 AM

LAS ALTERNATIVAS DE CHIRAC

Una baja sin precedentes en la popularidad de Jacques Chirac subraya las dificultades del presidente francés.

EN FRANCIA, LA CAIDA VERtiginosa de la popularidad del presidente Jacques Chirac y del primer ministro Alain Juppé no tiene precedentes. Solo cinco meses después de las elecciones, apenas un 20 por ciento de los ciudadanos se muestra conforme con la acción del equipo que dirige el país (algunos sondeos apuntan un 14 por ciento y los más favorables llegan hasta un 28 por ciento).
El franco es atacado en los mercados cambiarios y la bolsa también se muestra floja. Y la intervención televisada del presidente Chirac el pasado jueves no fue muy adecuada para insuflar optimismo. La palabra clave fue 'Rigor'. Rigor, como el que tuvieron que imponerse Alemania o Gran Bretaña recientemente. Rigor, para que Francia consiga cumplir con las condiciones del Tratado de Maastrich y así participar en el proceso hacia la moneda única europea.
Aun los enemigos del Presidente le reconocen cierta franqueza, pues acepta haber subestimado las dificultades de su función y la amplitud de los déficits nacionales. Pero le será difícil corregir el rumbo porque se puede quedar sin base el tema bandera de su campaña: la lucha contra el desempleo.
La mala suerte también ha corrido en su contra, sobre todo por las bombas plantadas por los terroristas islámicos argelinos que importaron su guerra a Francia sin que realmente el Presidente pudiera impedirlo y sin que su política al respecto hubiera cambiado en comparación con la que había llevado a cabo el primer ministro Edouard Balladur bajo el mandato de Francois Mitterrand. Ante los atentados, el poder parece inoperante después de tres meses de ocurrido el más mortífero (siete muertos y más de 100 heridos en la estación Saint Michel). Chirac cuenta por el momento solo con la actitud de los franceses que no han cedido al pánico, que aceptan el examen de sus bolsos en grandes almacenes y la presencia inusual del Ejército junto a la Policía en aeropuertos, estaciones y también en los almacenes. Se trata de una actitud general que por el momento no se ha desviado hacia asimilar a los islamistas con terroristas potenciales, lo cual sería un verdadero desastre en un país que cuenta con ocho millones de musulmanes.
La mayor dosis de torpeza del presidente Chirac está en el campo internacional. Anunció las pruebas nucleares (desaprobadas por un 66 por ciento) en cuanto llegó a la presidencia, y por lo tanto regaló tres meses para que se organizara la resistencia mundial.
Después, el impulsivo Chirac se comprometió públicamente a entrevistarse con el presidente argelino Liamine Zerual durante las ceremonias del aniversario de la ONU en Nueva York. Así irritó, aún más (si hacía falta), a los fundamentalistas islámicos que justamente no cesan de reprocharle el respaldo francés al gobierno argelino cuando faltan tres semanas para las elecciones en ese país.
Anunciando que la entrevista se realizaría casi a escondidas y para darle lecciones de democracia a Zerual, Chirac consiguió lo imposible: reunir en una sola y violenta crítica a islamistas extremistas, moderados, y a todos los partidos argelinos, incluyendo al gobierno con la conocida fórmula: "Una injerencia de corte colonialista de parte de Francia". Y en consecuencia el propio presidente Zerual anuló la entrevista, lo que resultó una verdadera bofetada diplomática. Tan fuertes fueron los ecos del incidente que el excelente discurso de Chirac ante la ONU pasó casi a segundo plano.
Lo único que salva a Chirac es su exitosa política en Bosnia. Desde el recibimiento con honores al presidente bosnio Alija Izobegovich, la creación de la fuerza de intervención rápida, su influencia para que la Otan procediera a incursiones aéreas contra los serbios, su obsesión de desenclavar Sarajevo, todo ha hecho que Chirac haya recuperado para Francia un prestigio que el inmovilismo mitterrandiano había perdido.
Es una compensación que quizá pueda animar al Presidente francés en la difícil coyuntura interna para la cual reconoce que necesitará mucho valor. Aun así resultará complicado hacer tragar a los franceses la píldora de rigor envuelta en la bandera del patriotismo.
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