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| 11/20/2010 12:00:00 AM

Las cartas de Viktor Bout

El mercader de la muerte, extraditado a Estados Unidos, está en el centro de una disputa entre Washington y Moscú, en la que ambos pueden quedar mal.

Dicen los que vieron al ruso Viktor Bout cuando caminaba hacia el avión que lo llevaría extraditado de Bangkok a Nueva York que iba con un aire tan despreocupado, que no parecía un hombre expuesto a pasar el resto de sus días a la sombra en una cárcel norteamericana. Podría tratarse, por supuesto, de la frialdad esperable en alguien que ha pasado los últimos años de su vida haciéndose multimillonario al venderles armas de guerra a los grupos más peligrosos del planeta. Pero también era posible que su arrogancia se debiera a que tiene todavía un par de cartas ganadoras sin jugar.

Ambas hipótesis son posibles tratándose de ese personaje políglota que está en el centro de una disputa geopolítica que involucra nada menos que a los gobiernos de Washington y Moscú. El mismo que les ha suministrado armas a personajes sanguinarios que van desde los talibanes de Afganistán y el ejército sudanés hasta el dictador Charles Taylor, de Liberia, pasando por los rebeldes congoleses, el grupo Al Qaeda, los guerrilleros de Sierra Leone y, cómo no, las Farc. Un hombre que ha tejido a su alrededor una leyenda de tales dimensiones que su vida fue llevada a la pantalla en la película El señor de la guerra, protagonizada por Nicolas Cage. Porque ninguna actividad ilegal tiene la virtud de desestabilizar más la paz mundial que el tráfico ilegal de armas, un negocio que puede valer hasta 2.000 millones de dólares al año, y, en el tope de esa pirámide, Bout reinaba sin contendores.

La intensidad con la que el Departamento de Estado de Washington gestionó la extradición de Bout (pasando por encima de la de Colombia) y el similar desespero con el que el Kremlin trató de interponerse hablan de la importancia del traficante, la misma que podría convertirse en su tabla de salvación.

En efecto, para muchos observadores el juicio a Bout (quien ya se declaró inocente en la Corte neoyorquina) tiene mucho más de político que de jurídico.

En efecto, cuando se disolvió la Unión Soviética, los enormes arsenales del gigante caído quedaron a disposición de los funcionarios que tuvieron las agallas (y la inmoralidad) de aprovecharlos. En los años 80, Bout fue intérprete militar en los mismos países africanos en los que trabajó el hoy viceprimer ministro Igor Sechin (la mano derecha de Vladimir Putin), y aunque ambos hombres niegan haberse conocido, es casi imposible que no haya sucedido. Ser 'traductor militar' es un eufemismo ruso para 'agente secreto', y no hay que olvidar que el propio Putin proviene de la KGB, la policía política soviética.

Eso y el carácter mismo de la actividad, que requiere múltiples complicidades, hacen pensar a los observadores que los contactos de Bout para ofrecer las armas que vendía (que iban desde granadas hasta aviones y helicópteros de combate) podían llegar muy alto en las esferas de poder de Rusia. Si ello fuera así, como dijo a SEMANA Dimitri Abzalov, experto del Centro de Coyuntura Política de Rusia, "Estados Unidos querría a Bout por sus conocimientos en el flujo internacional de armamento y que le podrían proporcionar información de gran importancia sobre Al Qaeda, Talibán y algún secreto ruso". En ese sentido, entre los analistas hace carrera la idea de que Washington necesitaría a Bout como elemento de presión y para extender "su hegemonía" sobre Rusia, como una especie de chantaje geopolítico.

Pero el caso también ilustra la hipocresía que se maneja a este nivel, pues, como lo señala The Washington Post, el "mercader de la muerte" también podría guardar una que otra información capaz de avergonzar al gobierno norteamericano, pues las empresas de Bout fueron contratadas por el Pentágono, al menos entre los años 2003 y 2004, para transportar armas a Irak y Afganistán en su flota de aviones Antonov. Estos también movilizaron en varias ocasiones tropas de cascos azules de la ONU en territorios africanos a los que nadie estaba dispuesto a arriesgarse.

Bout, atrapado en Bangkok en 2008 por agentes norteamericanos disfrazados de miembros de las Farc, tiene frente a sí el mayor desafío de su existencia. Merece estar en la cárcel por sus delitos, pero nadie sabe cómo jugará la partida decisiva.
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