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| 9/11/1995 12:00:00 AM

LAS DE CAL Y LAS DE ARENA

El establecimiento de relaciones de Estados Unidos con Vietnam produce una pregunta lógica: ¿y de Cuba, qué?

WARREN CHRISTOPHER SABIA QUE estaba haciendo historia. Nunca un secretario de Estado de su país había visitado Hanoi, la capital de Vietnam, y ninguno había pisado suelo vietnamita desde la visita de William Rogers a Ciudad Ho Chi Minh, hace 25 años, cuando la segunda urbe del país aún se llamaba Saigón y todavía era capital de la parte sur. La visita de Christopher tenía un mérito muy propio para pasar a los libros de historia, porque su objetivo era inaugurar la nueva embajada de su país, en la reanudación de las relaciones de Estados Unidos con el único Estado que ha logrado doblegar sus fuerzas militares. "Hace una generación -dijo Christopher- el trauma de la guerra unió la historia de nuestros dos países para siempre. Dejemos ahora descansar nuestro pasado de conflictos y dediquémonos a un futuro de cooperación productiva".
Esa cooperación se cifra, en principio, en un intercambio comercial perseguido en forma ávida por los empresarios estadounidenses, que estaban viendo cómo europeos y asiáticos se repartían un mercado que aspira a convertirse en un nuevo tigre asiático.
De parte y parte, el establecimiento de relaciones tiene una lógica irrebatible. Con la terminación de la guerra fría, ya no hay riesgo de que Vietnam arrastre en un efecto dominó a otros países a la órbita comunista. Por otro lado, ese país tiene todas las condiciones para dar el salto al desarrollo.
El ministro de Relaciones Exteriores de Vietnam, Nguyen Manh Cam, contestó a Christopher que la clave de las relaciones sería "la no interferencia de cada uno en los asuntos internos del otro". Eso significaría, en forma literal, que Vietnam tendría vía libre, o al menos la vista gorda de Estados Unidos para adelantar su proyecto de desarrollo según el modelo asiático, que consiste en dejar que las leyes del mercado traigan la prosperidad, a cambio de mínimas libertades políticas, tal como se usa tanto en la comunista China como en la capitalista Singapur.
Por eso, el reconocimiento del régimen de Hanoi por parte de Estados Unidos dejó sin piso la política de presión que ese país insiste en aplicar a su vecina, la isla de Cuba. Cualquier análisis llega a la conclusión de que, aunque la situación está lejos de ser la ideal en materia de libertades públicas y derechos humanos, el régimen de La Habana no es comparable con el de Hanoi. En Vietnam no hay elecciones de ninguna naturaleza, el disentimiento político es un delito grave y hasta la publicación de ensayos a favor de reformas políticas ha resultado en cárcel para los responsables, a tiempo que la actividad religiosa está controlada en este país de 72 millones de personas.
A lo largo de su viaje por Oriente, Christopher enfatizó en todos los tonos que la asociación de Estados Unidos con Vietnam es la forma más rápida de promover que ese país modifique su pésimo récord en materia de derechos humanos. Ese argumento es inexistente en el caso de Cuba, que sigue sometida al embargo comercial más prolongado de la historia a pesar de que el régimen comunista de Fidel Castro ha hecho esfuerzos por abrir la economía, ha decretado la libertad de movilización fuera del país y hasta ha realizado elecciones, si bien dentro del concepto de partido único. Por eso el problema es dilucidar qué hay detrás de ese contraste entre Vietnam y Cuba a los ojos de Washington.
Hace algunos meses el sociólogo mexicano Jorge Castañeda tituló su columna en el diario The Miami Herald: "Señor Clinton: pierda la Florida y gane al mundo", en alusión al levantamiento del embargo contra Cuba y la reacción adversa de la comunidad cubana de Miami. Pero ese argumento ha ido perdiendo fuerza. Un artículo posterior del mismo periódico demostró cómo el presidente Bill Clinton puede perfectamente arriesgar los votos cubanos con un daño marginal.
La explicación parece tener dos vertientes. Por un lado, Vietnam se ha convertido en pieza fundamental de la estrategia estadounidense frente a la próxima superpotencia, China, que ha desplegado una agresividad sin precedentes en el Lejano Oriente. O sea que para que Estados Unidos renuncie a su postura prodemocracia es necesaria una importancia estratégica que Cuba, claramente, no tiene.
La otra vertiente afirma que mientras Fidel Castro esté en el poder ningún presidente estadounidense, por liberal que sea, estará dispuesto a normalizar sus relaciones. Esa explicación sostiene que para el establecimiento en Washington es mucho más dolorosa la independencia de Cuba, en su propio patio trasero, que los 58.000 soldados que murieron en Vietnam, muchos de ellos en el fatídico Hanoi Hilton, un campo de concentración cercano al sitio donde hablaba Christopher, y que en ese mismo momento estaba siendo demolido para dar paso a un rascacielos de oficinas.
Para los parientes de los 58.000 soldados estadounidenses que perecieron en Vietnam hasta 1975, la sensación es de desconcierto. Muchos se preguntan dónde quedó el compromiso de Estados Unidos con la democracia y los valores occidentales por los que ellos dieron su vida. Una pregunta particularmente dolorosa, porque les lleva a pensar que sus seres queridos murieron en un conflicto que, a la larga, dio como resultado la suma cero.-
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