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| 6/21/2008 12:00:00 AM

Las dos caras

Alfredo de Angeli y Luis D'Elía encarnan la división que atraviesa a Argentina. El primero dirige las protestas agrarias y el segundo a los piqueteros que apoyan al gobierno.

Si fuera por la imagen que transmite el gobierno de Cristina Kirchner, cualquiera creería que los protagonistas de la mayor protesta social de la historia argentina reciente, los que llevan 100 días cerrando las carreteras con llantas quemadas y tractores, y tomando mate al costado de los caminos, son poderosos terratenientes.

Lo que desacomoda al matrimonio Kirchner es que esa imagen simplemente no existe. Los que están aguantando hace 100 días en los caminos son los pequeños y medianos productores, cuyo principal portavoz no viene de la derecha sino de la centro izquierda, no es militar ni tiene apellido aristocrático. Se llama Alfredo de Angeli, un hombre campechano, barrigón, de cara bronceada y manos cuarteadas, que no terminó la primaria, que arrastra las erres cuando habla, como si fuera una "chamarrita", esa típica tonada musical de su provincia, Entre Ríos; que no tiene tierras propias sino que alquila, que nunca se había subido a un avión hasta que las necesidades del conflicto lo obligaron. Y tiene un hermano mellizo llamado Atilio, por lo cual la gente cree que, además de carismático, tiene el don de la ubicuidad.

Alfredo de Angeli fue detenido cuando participaba en el corte de la estratégica Ruta 14 que une al Mercosur, justo en el kilómetro 53, punto neurálgico del conflicto agropecuario. De allí fue llevado a rastras por los gendarmes enviados por el gobierno que lo detuvieron el sábado 14 de junio, lo que desató una oleada nacional de indignación que provocó 400 "cortes de ruta" y logró su inmediata liberación. Del episodio salió, de hecho y de derecho, convertido en nuevo ídolo nacional argentino.

De Angeli es simple, transparente, con solo ver sus gestos ya se sabe lo que piensa de los impulsivos discursos de Cristina Kirchner, y arenga a sus compañeros de campo con otros recursos, más sencillos, pero más efectivos: "Yacaré (cocodrilo) que se duerme lo hacen cartera", les dice, para que no aflojen.

Los pequeños y los medianos productores agrarios argentinos no se parecen a los empobrecidos campesinos colombianos, bolivianos o brasileños, pero tampoco son oligarcas: son una clase media rural, inexistente en otros países latinoamericanos, ubicada en una de las tierras más fecundas del planeta, la Pampa Húmeda. Son los 'gringos de campo', por las comunidades de europeos que se establecieron en las provincias argentinas a comienzos del siglo XX.

Esta clase media casi desapareció por las consecuencias de las políticas neoliberales de los años 90, pero resurgió de las cenizas tras la devaluación y la pesificación de las deudas dispuesta por el gobierno de Eduardo Duhalde en 2002. Lo que pasó en estos últimos cinco años fue muy sencillo: como sus pequeñas producciones lecheras o ganaderas no les daban ganancia, los 'gringos' se prendieron en el auge de la soya aprovechando el alza de los precios internacionales.

Los pueblos del interior, antes destruidos, renacieron; los chacareros compraron tractores y carros nuevos, arreglaron la casa, construyeron la piscina, al punto de que a principios de año no se podía conseguir un electricista y los periódicos ponían avisos solicitando mano de obra en otras ciudades.

Ese círculo virtuoso se cortó con cuchillo el 11 de marzo, cuando, con el argumento de frenar la "soyización", el gobierno decidió aumentar por decreto la retención a las exportaciones de soya de un 35 por ciento a un 44 por ciento justo antes de empezar la cosecha. Ese nivel es insostenible para los pequeños y los medianos productores, cuyos costos en dólares suben a diario y, dicen ellos, los llevará a desaparecer en provecho de los gigantescos "'pools' de siembra" pertenecientes a fondos de inversión extranjeros propiedad de George Soros y de grandes millonarios de Estados Unidos y Australia.

"Que vuelvan a hacer rentables las otras producciones y nosotros dejamos de sembrar soya", repite De Angeli como dirigente de la Federación Agraria Argentina (FAA), la entidad que conduce la protesta. La FAA, desde su nacimiento en 1912, se alineó tradicionalmente con los gobiernos de centro izquierda o "progresistas", fue enemiga de los golpes militares, tuvo varios desaparecidos y hasta hace poco era cercana al gobierno de Néstor Kirchner.

La analista Graciela Römer explicó a SEMANA que "De Angeli se ha convertido en un líder carismático porque expresa demandas de la población que trascienden el tema del campo", "porque hay un fuerte proceso de identificación con un sector que hoy le está reclamando al gobierno, en el marco de un clima de enorme preocupación general por el tema inflacionario y de inseguridad".

"De Angeli es la contracara de lo que el gobierno intentó utilizar como estereotipo de la oligarquía terrateniente de la Sociedad Rural, lo cual facilita que la gente se identifique con el conflicto, porque ve un empresario pequeño de clase media que no expresa para nada el sector de grandes terratenientes, sino todo lo contrario, continúa Römer. Por eso el gobierno no logra su objetivo, que es polarizar en términos de oligarquía versus sectores populares".

D'Elía, el piquetero K

Del otro lado de la barricada, el dirigente piquetero Luis D'Elía agita las huestes oficialistas del peronismo de izquierda. "Esta es una guerra total y los vamos a buscar en todo el país", declaró al convocar al acto que se realizó el miércoles pasado en la Plaza de Mayo para frenar la enorme caída de la popularidad de Cristina Kirchner que, según distintas encuestas, rondaría apenas el 20 por ciento. Y para que no quedaran dudas, D'Elía agregó: "Reivindicamos como propio el derecho a armarnos en defensa de las instituciones de la democracia".

La población urbana, que se había mantenido al margen, pero que está hastiada de la crisis, decidió reaccionar contra el gobierno, pues creyó escuchar en las palabras de D'Elía un mensaje de Néstor Kirchner. Esa misma noche, el temible ruido de las cucharas y las cacerolas, particular forma de protesta inaugurada en 2001, se extendió por todo el país y llegó hasta los dormitorios de la quinta presidencial de Olivos.

Años atrás, D'Elía y la Federación Agraria compartían luchas y protestas. El líder de los piqueteros (los desempleados que protestan contra la miseria y el desempleo) dirige la Federación Tierra y Vivienda de La Matanza, el más pobre distrito del Gran Buenos Aires, y es uno de los referentes de Hugo Chávez en Argentina. Al llegar Kirchner a la Presidencia, lo nombró Subsecretario de Tierras para el Hábitat Social, pero sus polémicas acciones, en particular su postura a favor de Irán contra la opinión de Kirchner, lo llevaron a renunciar, aunque nunca se distanció del gobierno. "D'Elía expresa la parte del perfil del gobierno que la gente rechaza", explica Römer. "Lo que movilizó el cacerolazo es que el gobierno de Cristina tenga cerca un personaje como él".

Semejante polarización ha causado un grave daño a la imagen de la Presidenta. Su decisión de enviar al Congreso el aumento de las retenciones es un primer paso atrás, y pareció descomprimir la situación, pero un día después, desde Plaza de Mayo, Cristina acusó a los cuatro dirigentes de las entidades agrarias de antidemocráticos, con lo que sólo consiguió que el paro se prolongara.

Lo cierto es que, a pesar del paro decretado por la central sindical peronista para facilitar la asistencia al acto presidencial, la movilización fue varias veces menor a la marcha de 300.000 personas protagonizada un mes antes por los cuatro dirigentes del campo en Rosario. La salida a este desastre político, cuya resolución pasó ahora al Congreso, va a ser muy costosa.
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