Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1987/06/08 00:00

LAS HOJAS DE VIDA

Los ilegales actúan con prudencia frente a la nueva ley de inmigración de E.U.

LAS HOJAS DE VIDA

Recogen basura, limpian apartamentos, lavan platos o mueven carros en los parqueaderos. Otros más afortunados son obreros de línea, allí donde no necesitan el idioma inglés, son operarios de máquinas o meseros de cafetería. Muy pocos han logrado colocarse en oficinas. Y casi ninguno recibe el salario mínimo. Son los inmigrantes ilegales, cerca de 10 millones de personas que residen y trabajan en Estados Unidos, sin contar con la autorización para hacerlo.
A ellos está dirigida la nueva ley de inmigración, una iniciativa de los congresistas Alan Simpson y Romano Mazzoli que, después de varios meses de debate, fue aprobada en la última sesión del periodo número 99 del Congreso norteamericano, en noviembre del año pasado.
El martes de la semana pasada, la ley entró en vigencia, y miles y miles de inmigrantes se volcaron a las oficinas del Servicio de Inmigración, pero solo conformaron una inmensa minoría, pues el grueso de los ilegales optó por la prudencia: esperar, esconderse, seguir viviendo en el mundo de oscuridad en el que se encuentran desde hace tiempo.
La ley ofrece a aquellos que logren demostrar que entraron a Estados Unidos antes del 1° de enero de 1982, el otorgamiento de una licencia para residencia temporal de 18 meses, después de los cuales, el extranjero podrá, si así lo desea, obtener la residencia permanente.
¿Qué tan buena es la oferta? Para empezar, si lo es, solo lo es para aquellos que logren demostrar que viven allí desde hace más de cinco años y cuatro meses. Y esto no es fácil, ni siquiera para aquellos que efectivamente entraron a territorio norteamericano antes del 1° de enero del 82. El ilegal tiene como actividad principal el ocultarse y el ir borrando las huellas de su residencia a cada paso. ¿Cómo pues reconstruir lo destruido? El salario se ha recibido en efectivo, no se han guardado recibos de luz, teléfono o de renta, ni se ha entrado formalmente en una nómina. A veces ni siquiera se ha utilizado el verdadero nombre.
Se estima que en esta situación se encuentra el 80% de los ilegales, muchos de los cuales han optado por no presentarse a las autoridades, pues si su "hoja de vida" no es aceptada se exponen a una deportación inmediata, facilitada por el hecho de que habrán revelado su verdadero nombre, su dirección y todas sus señas, convirtiéndose en blanco fácil para los temidos agentes de Inmigración.
Como si fuera poco, este terror no es gratis. El aspirante debe pagar 185 dólares por la solicitud y un máximo de 420 dólares por su familia. Además de esto, los honorarios de su abogado oscilan entre los 300 y los 3 mil dólares y, en el mejor de los casos, si presenta su solicitud a través de los 600 centros cívicos católicos o comunales autorizados para recibir solicitudes y prestar asesoría al ilegal, paga de 100 a 300 dólares. Todo esto sin contar unos 150 dólares más para gastos como exámenes médicos y papelería.
Otro detalle que puede desalentar a muchos ilegales que en un principio pensaron en solicitar su postulación a residentes, es el hecho de que si el jefe de hogar logra demostrar los cinco años de residencia pero su esposa e hijos llegaron después, estos podrán ser deportados. Por todo lo anterior la única palabra para definir en estos días a los ilegales es temor. Años y años de ver en los agentes de Inmigración al enemigo, no pueden irse fácilmente a la basura.






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