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| 3/10/1986 12:00:00 AM

LAS HUELLAS DEL DESASTRE

Aunque todavía no se ha dicho la última palabra, las primeras conclusiones sobre la explosión del Challenger apuntan a responsabilizar a la NASA y a sus contratistas

Una vez decantado el impacto inmediato del accidente del Challenger tanto en la opinion pública como en los círculos oficiales y científicos, Estados Unidos se prepara ahora para realizar una de las más minuciosas labores de investigación de todos los tiempos, solamente comparable hasta el momento a la efectuada por la comisión Warren sobre el asesinato del presidente Kennedy.
Para empezar, el mismo día del accidente Jesse Moore, administrador de vuelos de la NASA, anunció la formación de un comité interino que iniciaría inmediatamente el proceso de recolección de datos y recuperación de escombros.
Desde entonces, expertos equipados con los más modernos aparatos de radar y fotografía se han dedicado a explorar cuidadosamente por tierra, mar y aire un área de casi 50 mil kilómetros cuadrados, en busca de los restos de la nave espacial, en una labor de rescate cuyos resultados son aún precarios debido al amplio radio en el cual podrían haberse dispersado.
La responsabilidad directa del arduo proceso de investigación recayó, sin embargo, sobre un panel de 13 miembros, nombrados por el propio presidente Ronald Reagan el lunes de la semana anterior. Como cabezas de la comisión, integrada por políticos, científicos, astronautas, pilotos y hombres de negocios, fueron designados William T. Rogers, quien fuera secretario de Estado de la presidencia de Nixon, y el quizá mas conocido pionero del espacio: Neil Armstrong, el primer hombre en pisar la luna, hace ya cerca de 17 años.
El objetivo de la comisión es "revisar las circunstancias que rodearon el accidente, determinar la probable causa o causas que lo originaron y desarrollar recomendaciones para una acción correctiva", tal como lo indicó Reagan al anunciar su conformación.
SINTOMA DE DESCONFIANZA
La constitución de esta comisión, independientemente de quienes la integren, ha sido vista, sin embargo, como un síntoma de desconfianza del gobierno en la NASA, hasta ahora considerada como el máximo símbolo de la tecnología norteamericana.
A diferencia de otras agencias gubernamentales, como el Pentágono o la CIA, acostumbradas a recibir continuamente todo tipo de críticas, la NASA había logrado proyectar una imagen de integridad, eficiencia e infalibilidad que parecía haberla colocado más allá de todo mal y pecado.
Las diversas teorías sobre las causas del accidente (ver gráfico), basadas ante todo en las fotografias e imágenes de video del momento de la explosión y suministradas por la NASA, implican necesariamente su responsabilidad directa o indirecta.
En ellas, ha llamado especial atención una especie de "pluma" de tonos naranja que surge del cohete de propulsión derecho, segundos antes de la explosión. Aunque la NASA se ha rehusado a especular acerca del significado de la pluma, fuentes cercanas a la agencia espacial y expertos independientes han coincidido en identificarla como una llama procedente del cohete propulsor, que habría ocasionado la explosión del tanque externo del combustible. La investigación, centrada por ahora en los cohetes, ha revelado detalles sobre el transbordador espacial, antes sólo conocidos por la NASA.
En efecto, existe una aparente fragilidad de las paredes de los cohetes, los cuales, según su fabricante, no fueron diseñados para ser empleados en temperaturas inferiores a 4 grados centígrados, en las cuales podrían agrietarse. Un análisis de la NASA registrado en 1984, también había detectado una tendencia anormal de los cohetes.
MANTENIMIENTO Y TEMPERATURAS
Por otra parte, una investigación de la misma agencia espacial adelantada en diciembre pasado y realizada a raíz de daños sufridos por el transbordador y uno de los cohetes en marzo y noviembre respectivamente, había revelado problemas en el servicio de mantenimiento del Challenger. Se dijo entonces que la compañía Loockheed, encargada de prestar este servicio, había violado varias normas de seguridad.
Teniendo en cuenta los comentarios de antiguos oficiales de la NASA, todo indica que, en contra de lo que se pudiera creer, la agencia no siempre aplica los más adecuados sistemas de seguridad. Sin acusarla de ser culpable del desastre, algunos expertos en riesgo y seguridad aérea aseguran que la NASA sólo emplea el Fault Tree Analysis, el más estricto método de análisis de riesgo, completamente computarizado, en un 5% de las casos. Mientras, en los restantes se acoge a métodos que comprenden una gran proporción de juicio humano.
Por otro lado, el 28 de enero, día del lanzamiento, se presentaron circunstancias completamente diferentes a las que habían rodeado los lanzamientos de los anteriores transbordadores espaciales. La primera de ellas, fue la temperatura excesivamente fría que antecedió al despegue de la nave (alrededor de 6 grados centígrados) la que originó la formación de bloques de hielo en la plataforma de despegue, utilizada además por primera vez.
De otro lado, la carga que transportaba la nave (cerca de 2.2 millones de kilogramos) era la más pesada llevada hasta ahora en un transbordador. La nave, sin embargo, era la más liviana lanzada hasta el momento. La teoría de que una o varias de las circunstancias especiales que rodearon el fatal accidente del 28 de enero, combinadas con algunos de esos antecedentes sólo hasta ahora revelados, podrían haber dado origen al desastre, es hasta el momento la más ampliamente aceptada.
Pero la palabra definitiva sobre las causas y la responsabilidad de la NASA y de sus contratistas, la tiene por encima de todo la comisión nombrada por el presidente Reagan, que deberá rendir su informe en un plazo no mayor a 120 días.
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