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| 9/11/2010 12:00:00 AM

Las lecciones de España

El anuncio del alto al fuego de ETA demuestra su debilidad estructural. La historia de cómo pudo Madrid acorralar al grupo separatista tiene importantes enseñanzas.

A estas alturas, pocos espa- ñoles creen en la seriedad de las treguas de la organización terrorista vasca ETA, que ya suman once. La de 1998 era "indefinida y total" y la de 2006, un alto al fuego "permanente". El domingo pasado, en un mensaje a la BBC, sus cabecillas hablaron de suspender las "acciones armadas ofensivas". En esta ocasión se podría calificar como retroactiva, pues también aclararon que la decisión se tomó hace meses. Pero más que celebraciones, hubo escepticismo. Todos los partidos calificaron de "insuficiente"el comunicado, el ministro del Interior aclaró que no cambiará "ni un ápice" la política antiterrorista del gobierno y el presidente, José Luis Rodríguez Zapatero, quien había entablado un diálogo frustrado a finales de 2006 por el atentado al aeropuerto de Barajas, dijo fuerte y claro que lo único que vale es "abandonar las armas para siempre".

Después de medio siglo de vida y 828 asesinatos, es posible que ETA no vuelva a matar. No porque no quiera, sino porque el anuncio llega en su momento de máxima debilidad por cuenta de los problemas internos y el sostenido acoso judicial, policial y político al que está sometida. Aunque lo ha intentado, la organización no concreta un ataque en España desde el 9 de agosto de 2009, y por eso llevaba meses en un "parón técnico" para reorganizarse. Y a pesar de que basta un puñado de terroristas irredentos para hacer daño, todo apunta a que se acerca el epílogo de una sangrienta historia que nació en la dictadura de Francisco Franco.

El franquismo fue especialmente represivo con el nacionalismo vasco y, durante la dictadura, ETA gozó de cierto reconocimiento. Ni la llegada de la democracia tras la muerte del caudillo ni la amplia autonomía que el País Vasco goza desde hace 30 años consiguieron acabar con ETA, pero el Estado está a punto de derrotarla.

La lucha antiterrorista española deja varias lecciones. La primera, que es un camino largo que hay que recorrer con paciencia y sin recurrir a atajos por fuera de la ley. Cuando España comenzó la transición a la democracia había atentados todos los días, y las autoridades no sabían qué hacer. "Las Fuerzas de Seguridad no estaban preparadas para hacer frente a esa amenaza y cometieron numerosos errores. Durante una primera etapa aplicaron una estrategia de detener masivamente solo para obtener inteligencia", dijo a SEMANA Florencio Domínguez, periodista de Vasco Press y uno de los mayores expertos sobre ETA. La policía no arrestaba a la gente para acusarla, sino para interrogarla, lo que provocó malestar en el País Vasco porque muchos detenidos no tenían vínculo alguno con ETA. Otro grave error de los 80 fue recurrir al uso del terrorismo contra ETA mediante grupos parapoliciales, los GAL, lo que ayudó a fortalecer sus bases sociales mientras contribuía al fin del gobierno del presidente Felipe González. A partir de 1988, el gobierno comenzó a arrestar solo a los sospechosos que podían llevar ante los jueces y de ese modo desapareció poco a poco parte de la solidaridad antirrepresiva a favor de ETA de años anteriores.

Un segundo factor determinante para ganar el pulso fue conseguir el apoyo de París. Durante décadas, Francia fue el santuario de ETA, donde los asesinos se resguardaban y a veces obtenían estatus de refugiados políticos. Desde los 60, a solo 20 minutos de San Sebastián, al otro lado de la frontera estaban sus cuarteles generales, sus arsenales y campos de entrenamiento. A partir de 1984, con la llegada del presidente François Mitterrand las cosas comenzaron a cambiar. Fue un proceso largo en el que las autoridades españolas tuvieron que educar a las francesas sobre los efectos del terrorismo, y acentuar otros aspectos de la colaboración bilateral. "Es una paradoja, pero en París seguían viendo a España como el franquismo. Luego hubo que desarrollar las actividades de cooperación económica, de manera que los intereses de Francia estuvieran vinculados a los de España -explica Domínguez-. Se llegó a decir que España conseguía cooperación a cambio de comprar trenes franceses. Era una caricatura, pero tenía un lado de verdad".

Sea como fuere, cuando los etarras comenzaron a ser perseguidos de manera sistemática en territorio francés, comenzó su desgracia. En 1992 toda la cúpula fue detenida en Bidart y ETA nunca superó del todo ese golpe, pues demostró que podían ser derrotados. Desde entonces, el movimiento ha sido decapitado en incontables ocasiones en los últimos años. Hoy, la cooperación es modelo y decenas de policías españoles realizan investigaciones en territorio francés con sus colegas galos.

Igualmente significativo fue el rechazo de la sociedad civil a la violencia de ETA. El punto de quiebre llegó en 1997, cuando la banda asesinó al concejal Miguel Ángel Blanco, lo que sacó a millones de manifestantes a la calle. "Nunca había habido una movilización de ese calibre. El respaldo ciudadano a las políticas contra ETA contribuyó a reforzar la moral de la propia sociedad -dice Domínguez-. Pero sobre todo permitió a los gobiernos adoptar políticas más agresivas que hasta entonces no habían tenido respaldo social. Así, por ejemplo, se pasó de perseguir exclusivamente a las células de ETA a hacerlo con su entorno político", que fue ilegalizado en 2002.

Precisamente ese entorno político le había pedido a ETA un alto al fuego hace cinco meses, para iniciar un proceso de paz a semejanza del de Irlanda del Norte. Varios observadores coinciden en que concretarlo les tomó todo ese tiempo porque, al estar contra las cuerdas, las decisiones son muy lentas. Con su comunicado, la organización terrorista intentó sacar réditos propagandísticos de su debilidad operativa, pero todo apunta a que la suerte ya está echada. La balanza se inclina del lado de las autoridades españolas.
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