Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2002/04/29 00:00

Las manos en la masa

Crecen las denuncias de participación de Estados Unidos en el intento de derrocamiento de Hugo Chávez.

Las manos en la masa

Viendolo bien, cuando se despejo el humo y Hugo Chávez regresó como presidente de Venezuela, en el camino quedó un damnificado inesperado: la credibilidad de la diplomacia del gobierno de George W. Bush ante Latinoamérica y su compromiso con la defensa de los valores democráticos en el subcontinente.

Lo cierto es que, a medida que pasan los días y Chávez se afianza de nuevo en el poder, crecen las versiones según las cuales miembros clave del gobierno de Estados Unidos no sólo sabían de las intenciones de los conjurados venezolanos sino que les habían dado su visto bueno, tácita o expresamente, e incluso habían participado en la planeación de las estrategias necesarias para sacar a Chávez del Palacio de Miraflores.

Diversos medios internacionales han denunciado que el Departamento de Estado y la embajada de Estados Unidos en Venezuela sostuvieron contactos con los responsables del complot en varias oportunidades antes y después del jueves en que Chávez parecía haber pasado a la historia. Entre otros, los diarios The Guardian, de Londres, The New York Times, El País, de Madrid, y la revista norteamericana Newsweek, han publicado informes en los que, con mayor o menor detalle, denuncian el papel de Estados Unidos. Y con ese telón del fondo varios congresistas de la oposición demócrata anuncian investigaciones acerca de lo que podría ser el primer gran revés diplomático del gobierno de George W. Bush.

Que los líderes de la oposición se reunieron con funcionarios norteamericanos era un hecho público en Venezuela desde que comenzaron esas aproximaciones hace varios meses. Y el periódico The New York Times reveló el 16 de abril que varios funcionarios del Departamento de Estado admitieron haber estado de acuerdo con los venezolanos en que Chávez debía irse, aunque negaron haber estimulado la solución de facto. Los entrevistados por el diario mostraron versiones contradictorias. Mientras algunos sostienen que les hicieron ver a los venezolanos las formas aceptables de sacar al presidente del poder, otros aceptan que dejaron un mensaje sutil de aprobación y en ningún momento advirtieron que Estados Unidos estaría contra el golpe. Ari Fleischer, portavoz de la Casa Blanca, tras afirmar que “dijimos expresamente que no apoyaríamos un golpe”, no negó que se hubieran podido dar señales de un respaldo tácito al intento.



Un oficial presente

También se habla de la presencia de un oficial norteamericano, el teniente coronel James Rodgers, quien habría permanecido en el quinto piso de la comandancia del ejército, en el Fuerte Tiuna, acompañando a los generales sublevados hasta su derrota. Esa presencia habría sido interpretada como un espaldarazo de Estados Unidos a las acciones del grupo antigobiernista. Y desde el principio de los hechos los medios hablaban de la presencia sospechosa de un avión norteamericano en el mismo fuerte.

Por otra parte, El País afirma que el embajador de Estados Unidos en Venezuela, Charles Shapiro, se reunió con el “presidente interino”, Pedro Carmona, acompañado por el embajador español, Manuel Viturro, aun después de que Carmona dictara su polémico decreto mediante el cual borró de un plumazo las instituciones y el imperio de la ley mientras se atribuía facultades legislativas omnímodas. Otto Reich, el subsecretario de Estado para asuntos hemisféricos, aceptó que durante el golpe habló varias veces con el magnate Gustavo Cisneros, pero que fue sólo para enterarse. Y dijo que llamó a Shapiro para que diera el mensaje de que si el gobierno iba a ser ‘extraconstitucional’, “no podríamos trabajar con ellos”.

Otra denuncia que ha dado de qué hablar fue la hecha el domingo por el diario caraqueño Ultimas Noticias, según la cual la prueba de que Estados Unidos no mantuvo las manos fuera del vecino país fue una llamada hecha por Phillip Chicola, el funcionario encargado del tema venezolano, al encargado de negocios de Caracas en Washington, Luis Herrera Marcano. Sin calcular las consecuencias ni las lealtades de Herrera, Chicola se apresuró a decirle al diplomático que Estados Unidos “entiende y simpatiza” con los cambios en Venezuela. Marcano, autor de la nota, explicó además que Chicola le dijo que Washington creía que era necesario que la Asamblea Nacional ratificara la renuncia de Chávez y que la Corte Suprema le diera su sello de aprobación.



Las torpezas

Como dijo a SEMANA Edgardo Lander, de la Universidad Central de Venezuela, “los detalles de la participación norteamericana se conocerán en unos 10 ó 15 años, cuando se levante el secreto sobre los documentos, como ha pasado antes. Pero nadie tiene dudas sobre la realidad de esa participación”.

Y es que es difícil tener dudas si se tiene en cuenta la reacción oficial del gobierno de Estados Unidos ante la aparente caída de Chávez. Fleischer, en su primera intervención, sugirió que el gobierno de George W. Bush estaba complacido con el resultado y le achacó la culpa de todo al gobierno de Chávez. Como dice Duncan Campbell en The Guardian, “uno se pregunta: si los zapatistas hubieran tumbado a Fox, ¿Bush habría respondido diciendo que esperaba que éste ‘aprendiera su lección?”.

Si la historia sirve como lección hay que decir que el gobierno de Estados Unidos no se sorprende de que se le acuse de intervenir para derrocar a un gobierno latinoamericano que considere incómodo. Al fin y al cabo en el último siglo Washington intervino en varias oportunidades para conseguir sus fines. Jacobo Arbenz en Guatemala y Salvador Allende en Chile son dos ejemplos de que el gobierno de Estados Unidos no tiene ese tipo de limitaciones a la hora de salir de sus enemigos.

Y Chávez ha hecho todo lo necesario para entrar a ese selecto grupo de gobernantes latinoamericanos odiados por Washington. Su actitud, consciente o inconsciente, ha sido hostil a Washington. Como dijo Lander a SEMANA, “en Estados Unidos ven a Chávez como a un monstruo por varias razones. Su actitud ante el Plan Colombia, la negativa a permitir los sobrevuelos antinarcotráfico, su percibida falta de apoyo a la guerra contra el terrorismo, su papel proactivo en la Opep en defensa de los precios del petróleo, las relaciones con Irak, Libia y Cuba, sus objeciones al modelo del Alca”.

Si a ello se suma el elenco que conforma el equipo de funcionarios que maneja el tema de América Latina en la administración Bush, y sus relaciones en Venezuela, es casi imposible negar la conclusión de que las manos de Estados Unidos estuvieron manejando los hilos.

Las denuncias de The Guardian sostienen que detrás de la operación está un grupo de personajes del gobierno de Ronald Reagan que muestran en sus hojas de vida su participación en las andanzas del coronel Oliver North en Centroamérica..

Todos ellos tienen sus expedientes (ver recuadros). Se trata de Elliot Abrams, el hombre señalado como clave, convicto por ocultar información al Congreso sobre el escándalo Irán-Contras. Otto Reich, un cubano-norteamericano conocido por su anticomunismo y sus manejos en Centroamérica, y John Negroponte, actual embajador ante la ONU y embajador de mano dura de Estados Unidos en Honduras en los cruciales años de 1981 a 1985.

Junto con ellos, en Venezuela, operaron en el antichavismo los generales Efraín Vásquez y Eddie Ramírez Poveda, ambos ex alumnos de la Escuela de las Américas, el centro de entrenamiento de los militares latinoamericanos, al cual se atribuye la teoría y la instrucción para la guerra sucia que atravesó al sur del continente durante el auge de las dictaduras castrenses. Y junto a ellos, en el centro, aparece el magnate de medios de comunicación Gustavo Cisneros, amigo y compañero de pesca de George Bush padre.

Hoy los comentaristas de la oposición aseguran que muchos asesores aconsejaron a George W. Bush no nombrar a ese equipo para Latinoamérica porque su presencia y sus oscuros antecedentes podrían afectar las delicadas relaciones de Estados Unidos con sus vecinos del sur. Pero en el ánimo del flamante mandatario pesó más la presión del poderoso lobby cubano-norteamericano de la Florida. Sobre todo en un momento en que su hermano, Jeb, está a punto de jugarse la reelección como gobernador allí.

Pero si las intenciones de la bancada demócrata de armarle un escándalo a Bush se confirman, el presidente habrá aprendido a las malas que los asuntos internacionales tienen una dimensión diferente.

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