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| 9/7/2013 2:00:00 AM

Las venas siguen abiertas en Chile

A pesar de que se cumplen cuatro décadas del golpe de Augusto Pinochet contra Salvador Allende, la herencia de la dictadura aún pesa.

Los aviones, las bombas y el Palacio de la Moneda. Cuarenta años después del golpe de Estado contra Salvador Allende, la toma de la sede presidencial todavía acecha a Chile. El 11 de septiembre de 1973 fue el primero de 6.025 días nefastos en los que el general Augusto Pinochet convirtió su país en un gran campo de concentración donde desapareció, asesinó, torturó y envió al exilio a miles de personas. 

El dictador no solo liquidó la izquierda sino que también refundó las bases del país. A pesar de que pasaron cuatro décadas, de que la democracia volvió hace 23 años y de que Pinochet murió hace siete, muchos sienten que el Chile de hoy aún está atado a las pautas económicas y políticas que impuso el general.

El modelo quedó fijado en la Constitución de 1980, impulsada por los militares y refrendada cuando la oposición había sido desaparecida a sangre y fuego. En 2005 se corrigieron los aspectos más polémicos, como los senadores vitalicios, pero el sistema promueve la permanencia del statu quo. Electoralmente favorece a los grandes partidos y excluye, de manera desproporcionada, a los movimientos minoritarios. En el Parlamento cualquier reforma profunda necesita el 60 por ciento de los votos, algo que bloquea cualquier intento de renovación. 

En lo económico Pinochet se rodeó de los Chicago boys, una generación de economistas partidarios del neoliberalismo extremo. Sometieron Chile a una ‘terapia de choque’ que privatizó las grandes empresas públicas, redujo el gasto público en un 20 por ciento, despidió al 30 por ciento de los funcionarios públicos y reformó el Código Laboral para facilitar los despidos y restarle poder a los sindicatos.
En 1990 regresó la democracia y la Concertación de centroizquierda asumió el poder con tres presidentes sucesivos que, a pesar de mejorar la redistribución, no abandonaron los rieles neoliberales. De hecho, el precio anual de la universidad es de 3.400 dólares mientras el ingreso promedio es de 9.240 dólares. 

Chile es el segundo país con la salud más cara del mundo. El costo de una hospitalización vale 1.552 dólares, casi el doble que en Suiza. Según un estudio de la Universidad de Chile, el 1 por ciento más rico del país acapara el 30 por ciento del ingreso, “en términos internacionales (…)  las más altas participaciones”.

Otra herencia de Pinochet, que nadie tocó, es la Ley Antiterrorismo, aplicada con firmeza en el conflicto con los indígenas mapuches. La ONU dijo en julio que el Estado discrimina a los aborígenes al aplicarles la legislación antiterrorista “de una manera confusa y arbitraria que termina generando una verdadera injusticia”.

Pero sobre todo el fantasma del golpe sigue vivo en la política. En noviembre, la derechista Evelyn Matthei y la expresidenta Michelle Bachelet se enfrentarán por la presidencia. Ambas son hijas de generales que tuvieron destinos opuestos  después de 1973. Mientras el padre de Matthei dirigía la Academia de Guerra Aérea, el de Bachelet era torturado en ese mismo lugar. 

Aunque ella dijo hace poco que “yo tenía 20 años cuando ocurrió el golpe, no tengo nada de qué pedir perdón”, cuando detuvieron a Pinochet en Londres salió a defenderlo en manifestaciones callejeras. Por el gobierno de Sebastián Piñera pasaron tres expinochetistas notorios: Pablo Longueira, Andrés Chadwick y Joaquín Lavín, actual jefe de debate de Matthei. Y en el Parlamento todavía hay un núcleo duro de defensores de la dictadura.

Sin embargo, las cosas cambian y la herencia de Pinochet se agrieta. No solo por los horrores que cometió, sino también porque se comprobó que se robó millones de dólares que escondió en cuentas en el extranjero. Un sondeo de la semana pasada mostró que el 55 por ciento de los chilenos consideró que los 17 años del gobierno militar fueron malos. 

Los movimientos sociales que sacuden a Chile desde 2011 son otra prueba de que, después de 40 años, en poco tiempo a Pinochet no le quedarán mucho más que las horrorosas cifras de crímenes. Pues como dijo Allende aquel 11 de septiembre: “Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. 
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