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| 4/2/2010 12:00:00 AM

Las viudas negras

Los atentados de Moscú y Daguestán demostraron que el antiguo conflicto del Cáucaso está lejos de resolverse.

El terror regresó a Moscú. En más de una ocasión, el Kremlin ha cantado victoria en el conflicto del Cáucaso que provocó, primero, dos guerras convencionales en Chechenia y después, la amenaza terrorista de distintos movimientos independentistas e islamistas. Pero los atentados de la semana pasada recordaron que los insurgentes que plagan esa conflictiva región son capaces de golpear incluso en la capital del país.

El lunes, en plena hora pico de la mañana, las 'viudas negras' atacaron otra vez Moscú y dejaron al menos 39 muertos en dos atentados suicidas en el metro, uno de ellos, en la emblemática estación de Lubianka, frente a la temida sede del espionaje ruso, muy cerca del Kremlin.

Y el miércoles ocurrieron otros dos atentados que dejaron 11 muertos en la ciudad de Kizliar, en la república norcaucásica de Daguestán. Primero fue un carro bomba estacionado frente al edificio del Ministerio del Interior que estalló al paso de una patrulla. Y cuando los policías acudían al sitio, un terrorista suicida vestido de agente accionó otra bomba. Las autoridades calificaron las explosiones en ambas ciudades como eslabones de la misma cadena.

Moscú teme que haya decenas de mujeres suicidas listas para perpetrar nuevos ataques. Las 'viudas negras' son una tradición del terrorismo proveniente del Cáucaso. La primera fue una joven llamada Luiza Gazuyeva, que mató a un general en noviembre de 2001, porque este era responsable del asesinato de su marido. Después, vino una serie de actos suicidas contra teatros, en conciertos de rock, frente a hoteles, en aviones y en estaciones de metro. Tras una tregua de varios años, los atentados volvieron a la capital rusa de la mano de estas mujeres, emisarias de la muerte, que vengan a sus hijos y esposos asesinados.


No hay paz en el Cáucaso
En su último discurso sobre el estado de la nación, el presidente Dimitri Medvedev definió el conflicto en el Cáucaso como el problema "más serio" de la política interior. Rusificada a la fuerza por los zares en el siglo XIX, esta región de paso entre el Asia y Europa, habitada por musulmanes y decenas de etnias no rusas, ha sido un dolor de cabeza desde el estallido de la Unión Soviética en 1991.

Chechenia proclamó su independencia de Rusia en 1993 y desató la furiosa respuesta del gobierno de Boris Yeltsin, que mandó al ejército para dominar a la pequeña república. Pero el segundo ejército del mundo fue humillantemente derrotado, lo cual desembocó en una independencia de facto de Chechenia, que se convirtió en refugio de las corrientes fundamentalistas islámicas más radicales, vinculadas con Afganistán.

En 1999, tras los atentados terroristas que se produjeron en Moscú y otras ciudades, el entonces primer ministro Vladimir Putin puso fin a esta situación al reconquistar la pequeña república a sangre y fuego y luego al controlarla con fuerza. Gracias a su mano dura, Putin se ganó el respaldo de la población rusa, que lo eligió presidente en dos oportunidades. La política de aplastar sin piedad la resistencia chechena continuó bajo la presidencia de Medvedev.

Sin embargo, cada vez que el Kremlin quiere dar por terminado el tema, el conflicto revive de entre las cenizas. En abril de 2009, Rusia declaró oficialmente terminadas sus operaciones antiterroristas en Chechenia. Cuando la sensación general era que el conflicto había terminado, sucedía lo contrario: la inestabilidad se extendió a las repúblicas vecinas de Inguchia y Daguestán, y toda la región se fue convirtiendo en un nido de corrupción, pobreza, arbitrariedad, ejecuciones extrajudiciales, terror y violaciones a los derechos humanos, que alimentan todos los días el odio y los sentimientos antirrusos de una nueva generación de militantes.

En 2007, Doku Umarov proclamó el Emirato del Cáucaso y se nombró a sí mismo emir. Hace poco, Umarov anunció la reactivación del batallón de suicidas, Riyad us-Saliheyn, que realizó una serie de ataques locales, algunos de resonancia, como el atentado contra el presidente de Inguchia, y contra el de Chechenia, Ramzan Kadirov.

"Mientras que el régimen de Putin se apoye en bandidos corruptos de las repúblicas del Cáucaso, las filas de los terroristas seguirán llenándose, y nos vamos a sentir permanentemente inseguros", declaró el político opositor Boris Nemtsov.


¿El fracaso de los 'siloviki'?
Paradójicamente, cuando el timón del país está en manos de un ex espía y de los 'silovikis' (los ex miembros de organismos de seguridad), Rusia se ha convertido en una de las plazas predilectas del terrorismo internacional. Bajo la bandera de la lucha contra el terrorismo, Putin censuró la prensa, eliminó las elecciones de gobernadores, introdujo legislación que agrava las penas y elimina las garantías procesales, pero eso no bastó. Los atentados no sólo cuestionan la eficacia de esta política, sino que exponen los problemas internos en los servicios de seguridad, sometidos a una audaz reforma y reducción, en medio de denuncias de corrupción rampante y de feroces batallas entre ellos. Alexsei Malashenko, del Centro Carnegie de Moscú, dijo a SEMANA que las autoridades han debido estar preparadas para este acto terrorista. "Doku Umarov varias veces advirtió que la 'jihad' se desparramará por toda Rusia, y para eso era necesario estar listo. Los atentados demuestran que los terroristas son suficientemente fuertes, que pueden realizar tales acciones como y cuando quieren, y que el gobierno no los ha tocado".

Los medios de comunicación han comenzado a cuestionar el grado de seguridad del metro de Moscú, arteria central de la ciudad, pues desde hacía varios días se había aumentado el pie de fuerza en las estaciones, en alerta por posibles atentados, tras el asesinato de varios rebeldes en el Cáucaso. Muchos se preguntan cómo pudieron entrar las 'viudas negras' y cómo se produjo otro atentado cuarenta minutos después del primero, sin que las estaciones fueran puestas en alerta.

La cuestión es si estos actos se repetirán. Para Malashenko, el problema fundamental es que los activistas antirrusos del Cáucaso son jóvenes que no tienen ninguna perspectiva. "Para erradicar el terrorismo hay que eliminar sus causas: económicas, sociales, políticas y religiosas".

Según varios observadores, los atentados llegaron en un momento en que la política rusa hacia el Cáucaso se debatía entre las medidas drásticas de la presidencia Putin y una línea más liberal que tímidamente estaba explorando Medvedev desde que llegó al poder. Nuevos ataques empujarían otra vez al gobierno hacia posiciones más radicales.

Por ahora, los políticos empiezan a temer un nuevo ajuste de tuerca de los 'siloviki' sobre la sociedad rusa. Como advierte el opositor Nemtsov, "bajo el argumento de luchar contra el terrorismo se puede fortalecer la presión sobre la oposición y el odio hacia las personas de origen musulmán".
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