Sábado, 25 de octubre de 2014

| 2013/05/11 05:00

Latinoamérica: democracia en retroceso

Muchos mandatarios buscan la ‘re-re’. Aunque la democracia parezca saludable,un periodo infinito la carcome.

Rafael Correa, Ecuador. Foto: AFP

“Yo me reelijo,

Tú te reeliges

Él se reelige

Nosotros nos reelegimos

Vosotros os reelegís

Ellos se reeligen”

Desde hace unos años esa parece ser la conjugación preferida de los políticos latinoamericanos. Pero pronto varios van a tener que añadirle una partícula: re-reelegir.

El último en usarlo fue Evo Morales, presidente de Bolivia desde 2006. Hace unos días, después de varios meses de incertidumbre, el Tribunal Constitucional Plurinacional lo autorizó a presentarse el año entrante. Había debate, pues en 2009 Evo cambió la Constitución, que limitó a dos el número de mandatos consecutivos y logró conquistar por segunda vez la Presidencia. La pregunta era si 2014 sería, después de ocho años de poder, el último de la era Evo. 

La respuesta resultó negativa. Con un talento para el malabarismo retórico que ha hecho carrera entre ciertos presidentes del subcontinente, el gobierno dijo que su primer periodo “no es computable debido a que tuvo lugar antes de la refundación del país”. Ahora buscará vencer por tercera vez para, según aseguró, seguir “derrotando al capitalismo y al imperialismo” hasta 2019. 

Hace solo tres meses el ecuatoriano Rafael Correa conquistó por tercera vez la Presidencia para mandar hasta 2017. En octubre el turno fue para Hugo Chávez. Si no se le hubiera atravesado la enfermedad, su plan era gobernar hasta 2030. Un año antes, en Argentina, la dinastía Kirchner logró perpetuarse cuatro años más. Lo propio hizo Daniel Ortega en Nicaragua, que terminará acumulando 14 años en el poder. 

Al salir de los años oscuros de las dictaduras en los años ochenta, el continente pasó por una verdadera transición democrática. Atrás habían quedado las guerras civiles, los militares en el poder, los desaparecidos y el comunismo, ese espantapájaros que justificó tantos horrores. En pocos años 12 países estrenaron Constitución, abrazaron el liberalismo económico y en casi todos los casos se prohibió la reelección, pues años de votaciones amañadas y de abusos, iniciados virtualmente desde la Independencia, habían dejado claro que esa era la herramienta para que los caudillos perpetuaran su poder. Los más optimistas incluso clamaron que al fin había llegado la primavera democrática. 

Dos décadas después, si bien no volvieron los déspotas, el horizonte está lleno de nubarrones. Varios mandatarios han manoseado, manipulado y acomodado la democracia y, lo peor, como escribió el politólogo argentino Héctor Ricardo Leis, “las amenazas que en tiempos anteriores provenían de afuera de sus fronteras, comenzaron a venir desde adentro”. 

Con desparpajo los gobernantes se dieron a la manía de cambiar las reglas para ellos, de acomodar herederos a como diera lugar y de aplastar las minorías a punta de su populismo. Cabalgando sobre delirios mesiánicos, lograron que muchos olvidaran sus clases de historia y legalizaron de nuevo la reelección en todos los rincones del continente. Por fuera de ese club solo quedaron Guatemala, Honduras, México y Paraguay. 

Y no les ha ido mal a aquellos que buscan la eternidad política. Desde 1985, 15 de 17 presidentes latinoamericanos que se postularon a la reelección la ganaron. Las dos excepciones, que se explican por crisis económicas, fueron Daniel Ortega en Nicaragua en 1990 e Hipólito Mejía en República Dominicana en el 2004. 


Manual del perpetuo poder

Para poder estirar sus mandatos, evocando a los viejos caudillos de antaño, aunque ahora revestidos de formas democráticas y contenidos populistas, los dirigentes de hoy siguen un libreto que se ha replicado a lo largo de todo el continente. 

El primer paso es decir con un tono que oscila entre la amenaza, la solemnidad del sacrificio y el chiste que piensan tal vez perpetuarse. Puede ser una frase que se cuela al final de un discurso o un guiño a algún periodista amigo. Hace unas semanas, poco después de conseguir su segunda reelección, el ecuatoriano Rafael Correa advirtió que “yo, después de cuatro años me retiro no solo de la Presidencia sino de la vida pública, excepto si siguen molestando estos mediocres de la partidocracia, si siguen molestando estos mala fe de los medios de comunicación y me les lanzo a la reelección; así que mejor callen”. 

El segundo punto es que algún espontáneo, un grupo de admiradores, de empresarios comprometidos con la causa o aún mejor, “las fuerzas vivas de la patria”, le pidan al neocaudillo quedarse, pues solo su presencia en el trono presidencial asegura el porvenir del país. En Argentina, varios miembros de su bancada y ministros le pidieron a Cristina Fernández buscar un tercer periodo. Aunque ella dijo que “la re-re” no estaba en sus planes, el secretario Legal y Técnico de la Presidencia, Carlos Zannini dijo “no se preocupen, esto sigue”.

A continuación, en muchas ocasiones es necesario modificar la Constitución o en el mejor de los casos un “articulito”. Se trata de un paso difícil, pues no falta el opositor que diga que ese “sacrificio patriótico” socava el Estado de derecho. Pero casi todos los presidentes lo han logrado, y claro, siempre en beneficio propio, como Álvaro Uribe, quien lo logró una vez, antes de ser frenado por la solidez de las instituciones colombianas (ver recuadro). 

Si lo demás no funciona, siempre se podrá recurrir al plebiscito, un verdadero instrumento para conquistar votos a punto de horas de televisión, programas sociales y discursos apasionados. Así lo hizo Chávez, un verdadero maestro en la materia. Después de una Asamblea Constituyente, fue reelegido en 2000 y en 2006. En 2009, un referéndum aprobó abolir el límite de dos periodos presidenciales, y el líder bolivariano fue reelegido el año pasado, justo a tiempo para señalar un heredero.

A veces puede aparecer algún escollo legal o constitucional. Pero en general los parlamentos y los altos tribunales están en el bolsillo del primer mandatario, pues con la Presidencia eterna los poderes son cada vez menos independientes del Ejecutivo. En Nicaragua, Daniel Ortega, quien presidió el gobierno del Frente Sandinista de Liberación Nacional entre 1985 y 1990 tras la caída del dictador Anastasio Somoza, fue elegido presidente en 2006. En 2009 la Corte Suprema, en ausencia de los magistrados de la oposición, derogó los límites a las reelecciones presidenciales y Ortega fue reelegido en 2011.

Y si en últimas es muy complicado torcerle el cuello a la Constitución, siempre es posible designar a un heredero y poner toda la maquinaria del Estado a trabajar a su favor. En Argentina Néstor Kirchner ganó las elecciones de 2003, fue sucedido por su esposa Cristina en 2007, y tenía todas las intenciones de sucederla hasta que un infarto le quitó la vida. Cristina continuó la sucesión y fue reelegida en 2011. 

En Brasil el ejemplar Luiz Inácio Lula da Silva impulsó con fuerza a su protegida Dilma Roussef, a pesar de haber dicho que para la democracia la alternancia de poder es una conquista “de humanidad” que debe preservarse. Y ni hablar de Nicolás Maduro, que fue ungido en medio del cáncer de Chávez y basó toda su campaña electoral sobre esa filiación.

Los próximos años prometen ser más de lo mismo. En Colombia parece un hecho que Juan Manuel Santos busque otro mandato en 2014, aunque en el país la reelección indefinida no está en el horizonte, al menos por ahora. En Perú se sospecha que Ollanta Humala quiera ungir a su esposa Nadine Heredia para que lo reemplace en 2016. 

En Chile la expresidenta Michelle Bachelet es la favorita para volver al Palacio de la Moneda en las elecciones de septiembre de este año. Y en Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva dijo que Dilma Rousseff, tiene “amplias posibilidades” de ser reelegida en 2014, aunque en Brasil muchos juran que Lula quiere regresar. 

Ahora que se abrió esa caja de Pandora, es difícil ver que algún gobierno en ejercicio se le ocurra volver atrás. Por eso es urgente buscar mecanismos que limiten esos abusos constitucionales. Pues de lo contrario, estos mesías, estos candidatos-presidentes, estos excelentísimos señores, estos honorables mandatarios, estos grandes demócratas cuya historia se remonta al siglo XIX, condenarán el continente a inventarse una nueva y tenebrosa palabra: ‘re-re-re-re-reelección’. 

Un desastre institucional


Estos son los principales problemas de las reelecciones. 


1. Personalización del poder: La reelección es un círculo vicioso que refuerza el poder del presidente, lo vuelve omnipresente e imprescindible y en vez de instituciones hay un apellido. Es el caso del chavismo. Refuerza la erosión de los partidos, pues ya no hay ideologías sino movimientos que se aglutinan alrededor de un jefe. 


2. Dictadura de las mayorías: Para mantenerse es necesario tener una mayoría, así sea pasajera. Para ello, muchas veces se recurre a la polarización como en Argentina donde hay una guerra abierta entre Cristina y la prensa. Esa búsqueda olvida que uno de los pilares de la democracia es el respeto de las minorías. Para Mario Serrafero, abogado y profesor de Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires, en la versión populista de la reelección, “las instituciones son una fachada. En la práctica buscan eliminar los controles de la oposición y gobernar sin limitaciones”.


3. Presidencialismo y desequilibrio de poder: En la América Latina presidencialista ninguna democracia aguanta varios periodos con el mismo mandatario. Con su poder, su maquinaria, sus medios de comunicación poco a poco copan las ramas del gobierno hasta tomárselas por completo. La falta de equilibrio es la puerta abierta a todo tipo de abusos. Serrafero le dijo a SEMANA que la reelección indefinida “conlleva el riesgo de un deslizamiento hacia un régimen cada vez menos republicano”.


4. ¿Si no soy yo, quién?: Los presidentes eternos anulan la posibilidad de cualquier relevo generacional, ya sea entre las fuerzas propias o en la oposición. Daniel Ortega lleva décadas marcando la vida política de Nicaragua.

Los derrotados

Aunque es la excepción, varios presidentes no lograron modificar las normas sobre la reelección, casi siempre después de una profundo crisis política donde las instituciones se pusieron a prueba y salieron maltrechas. 

El presidente Manuel Zelaya fue destituido en 2009 cuando se proponía realizar un referéndum para eliminar la prohibición de reelegirse, aunque la norma es inmodificable. Según las instituciones hondureñas la destitución se ciñó a la ley, pero fue torpe pues el Ejército le dio tintes de golpe de Estado. En las calles se vivieron momentos de tensión, la comunidad internacional no reconoció el nuevo gobierno y expulsaron el país de la OEA.

En 2011 en Paraguay le pasó algo similar al presidente Fernando Lugo. En medio de rumores de que buscaba reformar la Carta para reelegirse, el Congreso lo sometió a un juicio exprés y lo destituyó sin darle tiempo para defenderse, aunque formalmente el proceso fue legal. Paraguay aún está excluido del Mercosur y de la Unasur.

Y en Colombia, después de haber cambiado la Constitución para lograr una primera reelección en 2006, Álvaro Uribe buscó un tercer periodo. Por irregularidades la Corte Constitucional le puso freno al proyecto, pero el expresidente puso los equilibrios de poder a tambalear y se enfrentó duramente con la rama judicial. Al final Uribe quiso prolongar su dominio por medio de Juan Manuel Santos, pero la jugada le salió mal.


De caudillos y otros demonios

En el continente reelegirse, perpetuarse, reformar en beneficio propio es una vieja tradicion.

América Latina ha sido un terreno fértil de caudillos y dictadores desde la Independencia. Uno de los ejemplos fue Porfirio Díaz en México, quien ocupó la Presidencia nueve veces y gobernó 27 años, lo cual desembocó en la Revolución mexicana de 1910. En Paraguay, Alfredo Stroessner gobernó 35 años y fue reelegido siete veces. Joaquín Balaguer gobernó 24 años con algunas alternancias en República Dominicana.

Pero si los viejos caudillos mantenían remedos de elecciones, en los años sesenta y setenta del siglo XX se impusieron las dictaduras militares y las elecciones desaparecieron. América Latina era un cono de sombra, desde Centroamérica hasta la Patagonia. Augusto Pinochet en Chile se perpetuó 17 años en el poder, los militares brasileños 21, los bolivianos 18, los uruguayos 12 y los argentinos seis. 

El estallido democrático de los años ochenta borró a los dictadores, por todo el continente se impusieron los procesos electorales. Pero en los años noventa la reelección reapareció, de la mano de los gobiernos que impulsaron las privatizaciones y las políticas neoliberales. En Perú, Alberto Fujimori cambió la Constitución, se reeligió en 1995, e intentó un ilegal tercer mandato. Su ejemplo fue seguido en 1994 por el presidente argentino Carlos Menem quien fue reelegido tras cambiar la Constitución y por el brasileño Fernando Henrique Cardoso en 1998.

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